Gabrielle (Gabby) Thomas, una de esas atletas tocadas por la gracia de la apostura física y el brillo intelectual (graduada en Harvard en neurobiología), rompió el sueño de Julien Alfred de coronarse reina de la velocidad. La atleta de Santa Lucía, vencedora de los 100 metros, accedió a la plata en los 200. Se rindió ante Thomas, esbelta perla mulata estadounidense de 27 años, ya bronce en Tokio.
No hubo incertidumbre en la victoria. Gabby salió muy destacada de la curva y sostuvo la zancada en la recta. Alfred se hallaba entonces fuera de toda lucha. Pero no estaba hundida: sólo dosificaba, quizás demasiado, sus fuerzas. Remontó hasta la segunda posición, aunque sus 22.08 no amenazaron en absoluto a Thomas (21.83), imperial en su elegante zancada. Detrás cuatro fieras derrotadas se jugaban entre ellas el bronce en cuatro imperceptibles centésimas para el ojo humano. Lo consiguió la segunda estadounidense, Brittany Brown (22.20), por delante de la pareja británica formada por Dina Asher-Smith (22.21) y Daryll Neita (22.23), y la nigeriana Favour Ofili (22.24)
La emoción, secundaria, estuvo en ese bronce. No fue una carrera particularmente rápida. La propia Thomas, líder del año con 21.78, no se mejoró cronométricamente a sí misma. Pero sí creció en todo lo demás. ¿Y Jamaica? Ni una camiseta de ese deslumbrante amarillo caribeño. Mientras la antaño invencible velocidad jamaicana masculina intenta, sobre todo en los 100 metros, regresar al primer plano con gente como Kishane Thompson y Oblique Seville, la femenina, igual de imbatible, rueda cuesta abajo. Olímpicamente, alcanzó el paroxismo apoteósico en los 100 de Tokio con el triplete de Elaine Thompson, que también ganó los 200, Shelly-Ann Fraser-Pryce y Shericka Jackson.
Tres años después, y sin ninguna medalla en los 100, ni siquiera había una jamaicana en la final de los 200. Niesha Burgher y Tava-Lanae Thomas, nombres que, al menos aún, no dicen mucho, habían caído en semifinales con marcas más cercanas a los 23 segundos que a los 22. Eso en Jamaica no se llama decepción, sino desastre.

