- Literatura Muere Paul Auster, creador de laberintos literarios, por un cáncer a los 77 años
- Obituario Paul Auster, mago de lo imprevisto y del azar
- Geografía de un escritor Paul Auster y Nueva York: de la locura de Ciudad de cristal a la bondad secreta de Smoke
- Cine Paul Auster y el cine, el peso del humo
- Reacciones El mundo de las letras llora la muerte de Paul Auster: "Cuando muere un escritor, se nos muere el amor a la vida"
Hay una calle de Nueva York que se llama Varick, que es la continuación de la Séptima Avenida cuando penetra en la parte baja de Manhattan, que acaba por cruzarse con Broadway en su extremo sur y que está en la mitología de Paul Auster porque fue el lugar de la epifanía. En el número seis de Varick, en la planta 10, en 1979, Paul Auster vivía con tres sillas, unos libros, un saco de dormir, una mesa, un lavabo y un cuaderno. No tenía cama ni cocina, no salía casi a la calle porque el ascensor estaba roto y el mundo era hostil. Estaba separado y tenía un hijo que vivía en Brooklyn con su madre. Sabía que su padre acababa de morir y que pronto iba a recibir alguna herencia. Esa noticia, en parte trauma y en parte alivio, desbloqueó algún mecanismo roto. Auster empezó a escribir y lo que era caos adquirió sentido. Varick Street se convirtió en un paisaje evocador y propicio, retratado en El cuaderno rojo: Historias verdaderas.
Una década después, en noviembre de 1990, Paul Auster ya era Paul Auster, el novelista. The New York Times se dirigió a él para que publicase en sus páginas un cuento de navidad, la primera pieza de ficción en la historia del diario. Auster aceptó el encargo halagado pero los días pasaron sin que encontrara ninguna idea para el encargo. Estuvo pensando incluso en llamar a la redacción y decir que buscasen a otro. Para calmar la mala conciencia, empezó a fumar uno tras otro unos puritos importados de Países Bajos. El tabaco lo llevó a pensar en el vendedor que se lo proveía, un hombre malhumorado que, sin embargo, construía relaciones secretamente amistosas y cálidas con sus clientes. Aquella, según Auster, era la esencia de la ciudad en la que vivía: un invisible flujo de solidaridad y afecto entre los desconocidos, escondido, a menudo, en forma de aspereza. Hoy, todos identificamos a aquel vendedor de tabaco como a Harvey Keitel en Smoke y hasta podemos buscar la dirección de su tienda de cigarros, en la esquina de la calle 16 y Prospect Park West, en Brooklyn.
Paul Auster ha muerto y cualquier lector que esta mañana, melancólico, abra sus libros, se encontrará con decenas de topónimos neoyorquinos: calle 109 Oeste, Riverside Drive, calle 145 West Broadway, Sunset Park... Es curioso que sus libros inviten ahora a hablar de un lugar más que del tiempo, si se tiene en cuenta que Auster, en sus novelas más ambiciosas, trató del tiempo, retrató a personajes que se encaminaban hacia la esquizofrenia porque se les derrumbaba la conciencia del antes/ahora/después.
El tiempo y la locura, en el fondo, son dos temas que remiten a París y a la filosofía del 68, el otro lugar importante en la vida de Auster. "He wondered what the map would look like of all the steps he had taken in his life and what word it would spell"... Se preguntaba cómo sería el mapa si recogiera todos los pasos que dio en su vida, qué palabra dibujarían, escribió Auster en Trilogía de Nueva York y la frase no podría sonar más situacionista ni más flâneur.
El autor de Ciudad de cristal había crecido en Newark, la misma ciudad de Philip Roth, en un suburbio de clase media perfectamente convencional, a 30 kilómetros de Manhattan, aunque su infancia fuese infeliz y estuviese llena de presagios de inestabilidad mental. Auster llegó a Nueva York para estudiar en Columbia y descubrió en las aulas la fascinación por los idiomas y la literatura francesa. Cuando acabó la carrera, viajó por España, Italia, Francia e Irlanda y se instaló en París, donde vivió cuatro años sombríos y de pobreza. Su trabajo más destacado consistió en traducir la Constitución de Corea del Norte. En 1974 se radicó de vuelta en Brooklyn.
En el fondo, a Paul Auster lo relacionamos felizmente con Nueva York porque sus libros son una guía que lleva desde la ciudad violenta y autodestructiva de ese 1974 hasta el escenario encantador de los brownstones restaurados y felizmente habitados por gente alta y culta como Siri Hustvedt y Sophie Auster. A menudo, los personajes de Auster se enclaustran y luego les pasa algo, salen a la calle y se reconcilian con la vida. El detective de Ciudad de cristal hace la primera parte de ese viaje en la parte baja de Manhattan, enloquece. En cambio, el niño de El Palacio de la Luna llega a Central Park como un vagabundo y sale de allí como un sabio. Al narrador de Smoke en Brooklyn lo salvan de la melancolía un emigrante indio un poco absurdo pero lleno de vitalidad, consciente de que vivir en Nueva York es un sueño para cualquier habitante del planeta. El tendero, mientras, toma fotos de los desconocidos al estilo de Sophie Call porque conoce el secreto de la ciudad: la gente es buena. Y en Leviathan, el escritor terrorista hace el camino inverso, pasa de la alegría del Village de los 60 a la soledad del desierto y el fanatismo... Pero su amigo, el hombre que relata su historia, lo libera con su narración. Para todos ellos, salir del mapa y bajar al territorio es una manera de esquivar la locura.
En Brooklyn follies escribió estas líneas: "Desde un punto de vista estrictamente antropológico, descubrí que los habitantes de Brooklyn son menos reacios a hablar con desconocidos que cualquier otra tribu con que me haya tropezado antes. Se inmiscuyen en los asuntos ajenos cuando les viene en gana, se disputan un aparcamiento con la rabia de niños de cuatro años, sueltan réplicas deslumbrantes como quien no quiere la cosa". Con el tiempo, Auster perdió su ímpetu experimental y derivó en un novelista más o menos convencional, más o menos memorialista. Su Nueva York dejó de ser entonces un escenario metafísico y se volvió un medio para expresar la nostalgia de un mundo de clases medias optimistas y generosas, menos violento y opresivo que el de Vivian Gornick, por ejemplo. Auster debía de sentirse ajeno a la ciudad que, de tan bonita y amistosa que se había vuelto, parecía sitiar a sus habitantes. América votaba a Trump y a Auster le quedaban su brownstone y sus recuerdos.
La tentación irresistible es terminar con los topónimos neoyorquinos de Auster: Park Slow, Abingdon Square, Park Slope...




