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El 8 de noviembre de 2022, en la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados, el entonces ministro del ramo, Miquel Iceta, articuló una pregunta sencilla, en cinco palabras, de las que pueden provocar un derrumbe. Dijo esto: "¿Cómo se descoloniza un museo?". La repitió otra vez más. Y entonces cundió el silencio, naturalmente. Nadie sabía en la sala cómo se hace eso. Aunque en el Museo de África en Bruselas (Bélgica), con seriedad, lo están haciendo ahora mismo. ¡Cómo! ¡Cómo! Pues se les ha ocurrido el marco teórico más eficaz: hacer algo. Es decir, investigar el origen de sus fondos y, una vez aclarada la procedencia y la manera en que fueron a parar a Bruselas, devolver aquellos que fueron arrancados, saqueados, expoliados. Es una opción.
El asunto vuelve a tener su lugar en el Ministerio de Cultura español por iniciativa del titular de ahora: Ernest Urtasun. En la comparecencia de este lunes en el Congreso plantea resolver la incógnita elevada por su antecesor un día de noviembre de 2022 en que hizo sol: "Promoveremos un proceso de revisión de las colecciones que permitan superar un marco colonial o anclado en inercias de género o etnocéntricas que han lastrado, en muchas ocasiones, la visión del patrimonio, de la historia y del legado artístico... Se trata de establecer espacios de diálogo e intercambio que nos permitan superar este marco colonial". Por lo que sea, no hay demasiado de eso en la mayor parte de los museos nacionales, aunque algún rastro queda. Pero sí hay un problema que se abre en mariposa: qué hacer con algunas partes del Museo de América o del Museo de Antropología (ambos en Madrid). El poeta Juan Larrea dispensó al primero buena cobertura de fondos en los años 80, pero el origen de muchas piezas no siempre está claro. Y ahora qué. La solución es fácil y difícil a la vez. Devolvamos. Pero tampoco truquemos hasta llegar a la historia de Heidi en las Américas.
El inconveniente, sin embargo, no es devolver lo que se esquilmó a terceros. Tampoco tanto. Además, esa tensión es soportable. No tenemos que defender la apropiación indebida del Partenón (Londres) ni del busto de Nefertiti (Berlín). Un tesoro así, deslocalizado, no sale de una conversación justa, de igual a igual. El problema que asoma ahora es el de rearticular colecciones en favor de un discurso de buen fondo, pero delicado por el samaritanismo que incuba. Cada vez que revisamos hay que eliminar. Y devolver a los almacenes algo que (quizá) merecía la pena. Visibilizar es esencial, pero a costa de qué. O de cuánto. Es operación de alto riesgo asestarle a la historia del arte valores morales de última hora. Bien por la redefinición de los marcos narrativos, pero mal por la ocultación de lo que no nos gusta o no conviene en cada momento. La colonización fue, en tantos casos, bestialismo y usurpación. Pero la redefinición del discurso no puede ser inquisitiva contra lo otro: incluso la oscuridad merece estar a la vista. El marco colonial se supera, claro. El problema es que restituir se convierta en otra modalidad (suave y perlán) de esconder. Ahí está el jaleo.

