- Alberto Rey. El Cautivo es: ficción, ficción y una vez más ficción
- Nacho Vigalondo. La piscina honda
- La penúltima. Las columnas de cultura y alrededores de El Mundo
Raúl Cimas es la persona más graciosa del mundo y esto no admite discusión. Ni la admite ni se produce porque genera una unanimidad impropia de España. Sé que mis admirados Berto Romero, Andreu Buenafuente y David Broncano tienen haters, que algún motivo habrá para que esa catedral llamada Ilustres ignorantes no se estudie en los colegios, que Ernesto Sevilla, Henar Álvarez, Ignatius Farray y Quequé no son para todos los públicos y que mucha gente menosprecia a José Mota, Pablo Motos y Leo Harlem a pesar de su indiscutible éxito (o quizás por ello). Pero el puto Cimas aparece andando con pinta de recién levantado, da los buenos días y todo dios se parte de risa. Mi madre, el vecino, su cuñado y hasta Arturo Pérez-Reverte. Ni siquiera Trump podría cancelarle. Creo.
Hay una maravilla que sólo se produce cuando un cómico está en estado de gracia (perdón por el juego de palabras fácil) y es ver cómo se descomponen sus interlocutores. Hay que ser muy bueno para hacer llorar a otro humorista. El caso más célebre es More cowbell, el mítico sketch de Saturday Night Live en el que Will Ferrell y un cencerro rompen a Jimmy Fallon. Bien, pues Cimas se merienda compañeros como Paul Newman huevos duros en La leyenda del indomable. Uno tras otro.
Las historias del oso Baloo manchego tienen un millón de carcajadas y tres obras maestras: el mejor atardecer del mundo, la masacre en El hormiguero y, por supuesto, la ferretería de los franchutes. Las tres alcanzan otro nivel si, en vez de fijarte en él mientras las cuenta, miras a quien tiene enfrente. Buenafuente y Broncano apenas aguantan el tipo en los dos primeros, sufriendo especialmente Andreu al visualizar a ese hippie en pelotas y cangrejeras sentado sobre una roca con los cojones cayendo como relojes de Dalí, pero es especialmente delicioso ver cómo Cansado, Colubi y Coronas están a punto de morir mientras les habla de "tuegcas, agandelas y degstognilladogues de egstrella". Es memorable.
Les cuento todo esto porque me he ventilado en dos sentadas la segunda temporada de Poquita fe, en la que Cimas encuentra la horma de su zapato en una fabulosa Esperanza Pedreño. Y porque la enfermedad de Javier Cansado, mi gran héroe cómico mano a mano con Carlos Faemino, da menos miedo cuando sientas a Raúl a cuidarle (sólo eso) la silla hasta que vuelva. Como también colabora en Futuro imperfecto, me preocupan dos cosas: que un tipo célebre por querer trabajar lo menos posible se canse y se retire a beber cañas en el pueblo y que se le acabe la gracia de tanto usarla. Bueno, en realidad sólo me preocupa una. El talento se tiene o no se tiene, ni se compra ni se destruye.



