YODONA
Vida Saludable

El médico que pone al descubierto el negocio de hacernos creer que estamos enfermos

En su nuevo libro, Juan Toral Sánchez deja al descubierto las debilidades de una sociedad que cada vez tiende con más insistencia a resolver sus problemas, reales o creados, 'a pastillazo limpio'.

Actualizado
El doctor Juan Toral Sánchez.
El doctor Juan Toral Sánchez.

"Las industrias farmacéutica y alimentaria están jugando con nuestra salud". Esta es la descorazonadora e inquietante conclusión a la que ha llegado Juan Toral Sánchez tras una investigación de más de dos años que le ha permitido diseccionar la tupida red de intereses que, según él, vincula a las farmacéuticas, a la industria alimentaria, a las asociaciones médicas y a los medios que controlan la difusión del conocimiento científico. En 'El negocio de hacernos creer que estamos enfermos' (La Esfera de los libros), Toral Sanchez deja al descubierto las debilidades de una sociedad que cada vez tiende con más insistencia a resolver sus problemas, reales o creados, 'a pastillazo limpio'.

Sostienes que nos hacen creer que estamos enfermos para ganar dinero a costa de nuestra salud. ¿La realidad es tan cruda como la pintas?
Personalmente, creo que sí. La situación es tan grave que incluso los médicos, unos de los actores de la ecuación, no nos damos cuenta que en muchas ocasiones somos simples marionetas, prediseñados para medicar la gran mayoría de quejas que llegan a la consulta. Si nosotros, que creemos tener el dominio sobre el conocimiento, estamos tan vendidos, te puedes imaginar cómo lo está la persona de a pie, que se ve bombardeada por anuncios en televisión, publicaciones en redes sociales, estanterías de supermercados o escaparates de farmacias, que publican a los cuatro vientos que las soluciones para sus problemas se resuelven fácilmente con un comprimido cada 8 horas. La vida se ha quimicalizado de tal manera que estamos en un callejón sin salida, donde lejos de desprescribir, añadimos comprimidos al pastillero, con los riesgos de polimedicación, ingresos hospitalarios, insufiencia renal o una mayor tasa de accidentes en personas con un gran arsenal de medicamentos a sus espaldas.
En qué momento y por qué llegamos a ese 'tú me cuentas, yo te receto' que describes en tu libro como base de la relación habitual entre paciente y médico?
Aunque la culpa pueda parecer del médico, sinceramente creo que en parte también somos víctimas de este sistema que nos utiliza como los 'tontos útiles'. Durante la carrera, estudiamos mucho pero no nos hacen pensar. Las Universidades se han ido perfilando para preparar a los estudiantes para obtener unos buenos resultados en el examen MIR. Eso da prestigio, y en el mundo académico eso es muy importante. Luego empiezas a trabajar y descubres la medicina verdadera, la que no cuentan los libros...pero por desgracia, la carga asistencial es tan brutal que es imposible hacer un correcto abordaje a los pacientes. El sistema ha vendido que hay solución para todo, que las consultas médicas se han llenado de casos, en muchas ocasiones, no médicos, para los que se buscan soluciones farmacológicas. Cuando tienes pacientes citados cada 5 o 10 minutos y la sala de espera llena de gente, es prácticamente imposible hacer el abordaje que necesita cada persona. Así que, al final, la vía de escape para terminar la jornada a tiempo (jornada que se repite día tras día, un año detrás de otro) es intentar buscar el atajo en forma de "toma esta pastilla para la molestia que me cuentas", "o para mejorar el asterisco de tu analítica". Tampoco debemos ignorar que hay muchos cupos de pacientes sin un profesional asignado, y muchísimos médicos que encadenan contratos temporales incluso de días. Así es imposible tener una longitudinalidad y conocer a tus pacientes: por lo que sin una buena relación, al final la medicina se reduce a la prescripción. Y luego hay otro drama: el de la formación médica. Hay estudios que calculan que la formación médica depende en torno al 65% de los laboratorios, especialmente la formación continuada, que es clave para ladecidir que medicamentos recetas. Jornadas de residentes, congresos médicos, charlas, talleres...Todo prediseñado para que los médicos recetemos lo que a los laboratorios les interesa y les sea más rentable.Y ojo, que soy consciente que muchos de los avances médicos han venido de la mano de inversiones privadas y de este tipo de industrias, pero tampoco podemos ignorar que somos su brazo ejecutor. Que gran parte de la formación de los médicos depende de los laboratorios, no quiere decir exactamente que no pensemos por nosotros mismos, o que la formación que recibimos sea falsa. Pero lo cierto es que sí se elige lo que se investiga, lo que se enseña y lo que se omite. Cuando estás tan quemado con tus condiciones laborales, al final, el cerebro, como mecanismo de defensa, evade responsabilidades y se deja llevar.
Vitamina D, porque no nos da el sol... Omega3, porque no comemos el suficiente pescado... Pastilla contra el colesterol... ¿Realmente necesitamos tantas pastillas? Y, viendo el panorama, ¿cómo es posible que nuestros abuelos (en mi caso, abuelas), llegaran a los 90 sin tanta pastilla?
Y una pastilla para dormir, mientras nos vamos a la cama viendo el teléfono y con el chute de dopamina que da el ver vídeos de segundos de duración. O una inyección para perder peso mientras comemos fatal y apenas nos movemos. Y un suplemento de calcio para evitar la osteoporosis en la menopausia cuando no pisamos el gimnasio ni hacemos nada para evitar la pérdida ósea y muscular. O un suplemento vitamínico para "mejorar nuestras defensas" y pretender con ello resfriarnos menos... A tu pregunta de si realmente necesitamos tantas pastillas, la respuesta es clara: NO. De hecho, el exceso de medicación es un factor de riesgo que aumenta las papeletas de que una persona tenga un ingreso hospitalario o fallezca. La polimedicación, cuando una persona toma cinco o más medicamentos, está demostrada que es peligrosa. La sociedad y los médicos vemos normales tomar calmantes, la pastilla del colesterol, la de la tensión, la del azúcar, el ansiolítico, el protector... Lo habitual es salir de la consulta del médico o de Urgencias con algún nuevo medicamento. Recetar es muy fácil, pero desprescribir es muy complejo, porque además de armar un plan, sobre todo tienes que convencer al paciente, que por ejemplo, el conocido falsamente como protector de estómago no lo necesita porque no hay indicación alguna y además está asociado a riesgo de anemias o demencia. O que sus cifras de colesterol y glucosa mejorarían mejorando sus hábitos alimenticios. Nuestros abuelos quizás tenían menos acceso a la información, lo que suele asociarse con menos cultura, pero eran mucho más sabios que nosotros y, sobre, todo tenían sentido común. Hace años, era más fácil sortear la tiranía de la industria alimentaria, porque no existía el bombardeo actual de alimentos ultraprocesados. Sin embargo, desde hace unos décadas, hay que tener un concepto muy claro de vida saludable para no dejarse arrollar por este torrente depolimedicación, sedentarismo y comida basura. Vivimos tan cansados y frustrados con un trabajo que nos esclaviza y que no nos da para vivir con desahogo económico, que nos hemos resignados a buscar las falsas y peligrosas recompensas que nos venden los grandes lobbies.
Dices que tenemos 'motivos para desconfiar'... ¿De quién y por qué?
Desconfía de todo, hasta de tu sombra. La farmacéutica es la tercera industria que más dinero mueve en el mundo, tras el narcotráfico y el armamento. Las compañías alimenticias han abaratado las cadenas de producción y la durabilidad de sus productos a costa de usar ingredientes que literalmente nos están matando. Las farmacéuticas, la industria alimentación, las tabaqueras... Todas comparten patrones mentales de marketing para que sus productos se perciban como necesarios e incluso como saludables, como ocurre con las líneas de productos bajos en grasas o sin azúcar, que se venden como saludables cuando tienen poco de ello. El mundo de las publicaciones científicas es otro melón del que hay que hablar. Se ha prostituido tanto el nivel de las publicaciones y los criterios para publicar, basta con ver los ejemplos de falsos estudios que se colaron durante la COVID19, que al final, hay una toxicoinformación intencionada por parte de los laboratorios para colocar artículos de dudosa calidad científica para engañar a los médicos a la hora de prescribir determinados tratamientos.Y aunque algún compañero se cabreará conmigo, desconfía también de tu médico. No porque tenga malas intenciones, sino porque está desbordado. Hace no mucho leí un tweet que me resultó muy acertado: si tu médico no te pregunta por tu alimentación, tu calidad de sueño, si haces ejercicio, cuánta agua tomas o cómo manejas el estrés, no tienes un médico, sino un prescriptor de pruebas y medicamentos.
Hablando de negocios redondos... ¿Cómo es posible que hayamos dado por bueno que la obesidad, la longevidad y la menopausia se conviertan en las gallinas de los huevos de oro? ¿Cómo podemos distinguir entre la opción realmente saludable y la mercantilista?
Esto no es más que un giro de tuerca de las compañías farmacéuticas. Una vez que ya tienen copado el negocio de las patologías más prevalentes como la diabetes, la hipertensión o la dislipemia se las tienen que ingeniar para que sus cuentas de resultados crezcan cada año. Como investigar sobre enfermedades raras que son minoritarias y, por lo tanto, tienen pocos clientes, hace tiempo que decidieron apostar por medicar ya no la enfermedad, sino la salud, vendiendo una falsa prevención farmacológica. Si además nos fijamos que la pirámide poblacional ha virado y ahora la base está en la tercera edad, y no la juventud, han redoblado sus esfuerzos para vender suplementos y nutracéuticos para el día a día, con la promesa de que con una medicina elitista y ultrapersonalizada, podremos llegar a vivir 150 años próximamente, como si eso fuera un éxito para nuestra sociedad. Nos han metido tanto el miedo en el cuerpo en torno a nuestra salud, la enfermedad y hasta al simple hecho de no percibirnos con un nivel óptimo de vitalidad y energía que han creado en nosotros la necesidad de medicalizar nuestro día a día, cada vez, desde más jóvenes.
De pronto, todo el mundo habla de picos de glucosa y cada vez hay más personas con parches para medirlos. ¿Esto es sano tanto física como mentalmente?
La obsesión por las métricas puede ser contraproducente, pero lo es más el medir y no hacer caso. Porque si mides, conoces como responde tu cuerpo a ciertos alimentos y tomas conciencia y cartas en el asunto, decidiendo mejorar tu alimentación, chapó. El problema es que esta obsesión enfermiza para medir -que no hay que olvidar que se traduce en un gran negocio con la venta de estos dispositivos- suele ir más de cara a la galería o ser la coartada para que te receten un antidiabético oral o para vender un curso online. Porque ahora han proliferado los 'coachs' de salud que te hablan de cortisol, de picos y resistencia de la insulina, de zumos detox o de cualquier concepto con mucho tirón publicitario, que lo que pretende es generar negocio.
¿En serio no podemos catar el azúcar? ¿Cuánto azúcar es demasiado?
A nadie le amarga un dulce. Yo soy de la opinión de que a este mundo tampoco hemos venido a penar y no hay que ser más papistas que el Papa. Todo con moderación es válido. Pero el problema es que el azúcar no está solo como mucha gente piensa en chocolates o caramelos. El azúcar está oculto en infinidad de productos que parecen sanos, como el inofensivo pan de molde, por poner un ejemplo. Y el consumo excesivo de azúcar, instaurado desde la infancia, se asocia a las cifras disparatadas de obesidad infantil que son una pandemia planetaria. Se estima que la diabetes tipo 2 en jóvenes aumente un 673% en las próximas décadas y que en 2035, el 51% de la población sea obesa, con todo lo que ello implica para la salud. Hay estudios con ratones que han demostrado que el azúcar es más adictivo que la cocaína. Y de hecho, si el azúcar no existiera y se descubriera hoy, sería catalogado como una droga alimentaria. Nos han vendido que nuestro cerebro y nuestras neuronas necesitan azúcar, pero esto no es cierto, o al menos, no de forma tan básica ni en su forma de azúcar refinado, que lejos del chute inicial, predispone a bajones y estados depresivos que perpetúa el círculo vicioso de tener que consumir productos hiperazucarados.
En este escenario, ¿qué nos creemos de los productos ligth, enriquecidos con proteínas, etc?
La historia del 'boom' de los productos light o bajos en grasas refleja a la percepción como la industria a partir de un conflicto, redefine sus fórmulas para perpetuar su negocio. De esto hablo en el libro. Si le quitas grasa a un alimento, pierde su palatabilidad, lo que hace que su sabor resulte desagradable y también pierde textura y saciedad. ¿Qué hizo la industria? Añadir azúcar, harinas refinadas, edulcorantes, aditivos y potenciadores del sabor. En definitiva, productos con menos grasa pero con mayor impacto metabólico. El concepto light no significa saludable. Simplemente, que tiene menos cantidad de algo que su versión original. Hay que desterrar que light va de la mano con menos calorías, menos azúcar, menos impacto en la insulina o mejor para la salud. De hecho, muchos productos light elevan más la glucosa, favorecen el picoteo y dificultan el control del peso. El tema de la demonización de las grasas es interesantísimo; se tomaron decisiones en torno a un estudio mundial manipulado a merced de intereses económicos y gubernamentales. La industria convirtió el miedo en negocio y empezó a ofrecer productos en teoría más seguros. El resultado fue que se vendieron más unidades y, por lo tanto, ganaron más dinero. Al final, se genera un círculo vicioso: te quitan la grasa, no te sacias, comes más cantidad, el producto como parece 'saludable' lo compras sin sentimiento de culpa y, finalmente, vuelves a tener hambre antes, repitiéndose el ciclo y generando más ventas.
Nos debatimos entre la obsesión por comer sano y el bombardeo de la comida basura. ¿Qué hacemos para no enloquecer?
Creo que no tenemos que ser talibanes nutricionales: la vida no es blanco o negro. Y en el tema de la alimentación esto también se cumple. Al final, lo que importa es tener una rutina y unos estilos de vida saludables. Salirte un día del camino no es relevante siempre y cuando seas constante en tus hábitos alimenticios, de descanso y actividad física. Decántate por alimentos naturales, que no hayan tenido que elaborarse por la industria. Evita los ultraprocesados, no vayas al supermercado con hambre. Aprovecha productos de temporada. No seas monótono con tus menús. Juega y experimenta con los sabores pero siempre desde el sentido común. Cuidado con los alimentos que se venden como saludables y que tienen etiquetados que dan susto.
También nos movemos entre los defensores de la vuelta a las cavernas nutricionales y al empacho de carne roja y los que abogan por una dieta basada en los vegetales... ¿Con qué nos quedamos?
Vuelvo a decir lo mismo. Hay que quedarse con el sentido común. No podemos ignorar que el código postal y dónde vivimos influye en la composición de nuestro carro de la compra. La gente difícilmente llega a final de mes como, para encima, ser radicales con doctrinas nutricionales que se escapan de su alcance. Hay dos datos que se escapan de toda lógica. En Occidente, en 12 días comemos la carne roja que consume una persona en África en todo el año. Hay estudios que reflejan que la carne roja mata más que los accidentes de tráfico. Al final, todo suele reducirse a lo mismo: sentido común y coherencia.
¿Qué opinas de la nueva pirámide nutricional presentada por la Administración Trump?
La historia de la pirámide nutricional es muy interesante y también la detallo en el libro. Inicialmente, se encargó a una nutricionista sueca, pero finalmente, el gobierno americano se adueñó de ella, sin basarse simplemente en factores científicos. En la primera pirámide se demonizaron las grasas y se potenciaron los cereales refinados. ¿El motivo? Proteger a los agricultores y a la industria alimentaria que tenía gran carga en forma de impuestos. EEUU es uno de los mayores productores de trigo, maíz o soja y, por lo tanto, promovieron su consumo por encima de la salud metabólica a largo plazo. Tras décadas siguiendo este modelo, aumentó la obesidad, la diabetes tipo 2 o el consumo de ultraprocesados bajos en graso. Y esto no fue por comer más verduras, sino por consumir productos industriales basados en harinas.
Todo indica que, tras la obsesión por comer proteínas, llega la de la fibra... ¿es así?
El problema de las obsesiones es que se crea rumiación en la mente y eso da paso a un pensamiento dirigido hacia unos intereses muy concretos. Empiezas a leer literatura de tu interés, a consumir contenido en redes sociales y, al final, los algoritmos que han interpretado tus intereses, se entrenan para enseñarte lo que quieres ver, aumentando tu necesidad para introducir esas dietas restrictivas.
¿Qué hacemos con las grasas?
No criminalizarlas. Las grasas, entiéndanse, las grasas saludables, son necesarias para el correcto funcionamiento de nuestro cuerpo. De hecho, son un pilar esencial: aceite de oliva virgen extra, aguacate, frutos secos, pescado azul...El problema no es la grasa saturada aislada, sino el ultraprocesado. Las grasas son un pilar fundamental en la membrana de nuestras células; permiten la absorción de Vitaminas como la A, la D, la E o la K; regulan la liberación hormonal en nuestro organismo, siendo fundamentales en las hormonas sexuales, el cortisol o la insulina; son un buen protector para nuestro cerebro, sobre todo el Omega 3; y nos dan saciedad, por lo que, al retrasar el vaciado del estómago tras las comidas, reducen el picoteo y ayudan al control del peso. Hubo muchos intereses políticos detrás de la criminalización de las grasas; reducir todo al colesterol bueno y el malo es contraproducente. Se sabe que el supuesto colesterol malo no es tan malo en su totalidad. Lo que se ha conseguido en los últimos años es que las sociedades científicas cambien las escalas para medir el factor de riesgo cardiovascular, bajando los niveles de colesterol a cifras difícilmente conseguibles, lo que ha dado lugar a la mayoría de la población que ronda los 50 tomen una estatina para intentar tener sus valores en rangos. Estamos medicando en base a asteriscos, pero sin las evidencias científicas necesarias.
Nos alertan sobre el peligro de los ultraprocesados, pero cada vez ocupan más espacio en nuestros supermercados. ¿Cómo lidiamos con esto? ¿Con qué información nos debemos quedar de las etiquetas?
Sin duda, los ultraprocesados son el gran talón de Aquiles de nuestra alimentación y el gran responsable de esta pandemia de obesidad y enfermedad que nos azota. La producción de estos alimentos es barata, su caducidad es duradera y generan adicción, lo que hace un caldo de cultivo perfecto para que seamos adictos a este tipo de productos que nos están matando con la pasividad de los gobiernos y la industria alimenticia. En el libro reflejo el origen de estas grasas trans que son la base de los alimentos ultraprocesados. Su historia es muy curiosa, una concatenación de pequeñas casualidades que ha dado lugar a este drama actual. La mejor etiqueta es la que casi no existe. Cuanto más simple y reconocible es un alimento, menos necesitas leer. Si tienes que leer mucho o hay muchos componentes que no conoces, recela de ese alimento.La lista de ingredientes manda más que cualquier reclamo del envase. Sigue esta regla: los ingredientes están ordenados de mayor a menor cantidad. Por lo tanto, si azúcar, harinas refinadas o aceites vegetales aparecen entre los primeros tres ingredientes, no es un alimento saludable.Cuidado con el azúcar que puede aparecer camuflado con otros nombres como jarabe de glucosa, dextrosa, fructosa, sirope, maltodextrina o concentrado de zumo, por poner ejemplos. La sal es otro enemigo silencioso, muy usada para dar sabor. Y, por último, no te fíes de los colores del semáforo. Un producto puede salir "verde" y ser ultraprocesados, alto en aditivos o bajo en nutrientes. El semáforo de colores no evalúa la calidad, sino las cantidades.
Como médico y deportista de elite. ¿Qué espacio debe ocupar la actividad física en nuestra vida?
Estoy muy lejos de ser un deportista de élite. Más bien me defino como un fofisano saludable. La actividad física es el mejor medicamento y antidepresivo que podemos tomar. No debe ser considerado como complemento ni algo opcional: debe ocupar un espacio estructural y estable en nuestra vida diaria, al mismo nivel que comer o dormir. Debe ser un hábito diario, no un evento aislado. El mayor error que solemos cometer es pensar en el ejercicio como ir al gimnasio o hacer deporte intenso, lo que hace, que mentalmente desechemos la idea de hacerlo al no vernos capacitados. La actividad física es movimiento: caminar, subir escaleras, evitar estar sentado muchas horas seguidas, movernos durante el día. Y es que el sedentarismo es uno de nuestros principales enemigos, que puede estar presente incluso en personas que hacen deporte dos o tres días a la semana. La evidencia científica nos dice que debemos completar, al menos, 150-300 minutos a la semana de actividad aeróbica moderada, como caminar rápido, montar en bicicleta o nadar. Busca la actividad que mejor se adapte a tus gustos y, sobre todo, a tu estado físico y crea una rutina. Al principio, puede resultar poco apetecible, pero a los 21 días se genera una rutina y nuestro cerebro necesita la descarga de neutrotransmisores de la felicidad que consigue a través del ejercicio. Y una recomendación, sobre todo para las personas que ya van cumpliendo años, es que introduzcan ejercicios de fuerza un par de días a la semana. Hacer pesas y mantener una buena masa muscular es esencial para un envejecimiento saludable.
Y, para terminar, volvamos al principio. ¿Danos las claves para no perder la cordura ni enfermar en este mundo de sobre información y remedios a pastillazo limpio, por favor?
Cada persona tiene que hacer un ejercicio de introspección. Hablarse a si mismo con sinceridad. Basta de engañarnos, basta de buscar atajos o falsos remedios milagrosos. La constancia es la clave del éxito y el precio es disfrutar de una salud saludable y de una vida llena de vida. Escribir este libro me ha llevado más de dos años recabando y contrastando información. Ojalá que muchas de las personas que lo lean decidan ser ovejas negras y tomar las riendas de su salud.