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María Belón, superviviente del tsunami del Índico: "¿Por qué nosotros? Mi hijo pequeño me dijo que dejara de preguntarme lo que no tenía respuesta"

El 26 de diciembre de 2004, la tragedia natural sucedida en el sudeste asiático provocó la muerte de 220.000 personas. Belón, su marido y sus tres hijos lograron sobrevivir.

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María Belón, autora de 'Kokoro y el mar'.
María Belón, autora de 'Kokoro y el mar'.Javier Barbancho

Cuando Juan Antonio Bayona, en pleno proceso de escritura del guion de 'Lo imposible', me preguntó qué había aprendido de la experiencia que había vivido no sabía ni por dónde empezar. En aquel momento estaba inmersa en ese aprendizaje. Es más, todavía hoy, lo sigo estando", relata María Belón, superviviente junto a su marido y sus tres hijos al devastador tsunami del sudeste asiático de 2004.

En ese preciso momento, como respuesta a la pregunta de Bayona, en la mente de esta madriñena de sonrisa cálida y energía inagotable emergió desde el fondo del océano la diminuta figura de la que hoy protagoniza la historia de superación y de esperanza que acaba de publicar en colaboración con la ilustradora Sol Ruiz: 'Kokoro y el Mar', cuyos beneficios irán destinados íntegramente a Médicos sin Fronteras.

"Kokoro anhela conocer el mar, del mismo azul profundo que sus ojos. Se prepara para el viaje día tras día. Pero, a veces, las cosas no salen como se planean. Un accidente precipita su partida en las condiciones más inesperadas. Sin embargo, tiene todo lo que necesita para enfrentarse a la inmensidad del mar y a la gran ola que la espera en su travesía", reza la sinopsis de un relato con una fuerte carga simbólica en el que se nos invita a confiar en nosotros mismos para superar las adversidades de la vida.

A veces, como bien refleja Belón en su libro, las cosas no salen como se planean. Porque, ¿en qué plan puede caber que, en una plácida mañana navideña, un devastador tsunami convierta el paraíso en un auténtico infierno en apenas unos segundos? "Kokoro es, sin duda, el mejor resumen de aquella vivencia", asegura la autora.

MBA por la escuela de negocios Esade y Psicoterapeuta Humanista Gestalt,María Belón recuerda como, antes de que aquella devastadora cambiará el curso de su vida, atravesaba un momento de crisis existencial. "Estaba muy enfadada con la religión y metí toda la espiritualidad en el mismo saco. Así que, como científica que soy, me instalé en un racionalismo absoluto que estuvo muy bien hasta que comencé a sentir un profundo vacío interior que intenté llenar sin conseguirlo. El tsunami lo cambió todo. Los médicos me dijeron que había estado más de dos minutos bajo el agua. Durante ese tiempo, tuve una experiencia espiritual súper potente. Fue 'mi regreso a casa'. En situaciones como la que yo vivé es donde entran en juego los misterios de la vida. Hay un montón de cosas que no tienen respuesta científica".

Aquella mañana del 26 de diciembre de 2004 perdieron la vida más de 220.000 personas en el sudeste asiático. Belón, su marido y sus tres hijos, que por aquel entonces tenían 10, ocho y cinco años, se salvaron. "Durante mucho tiempo, estuve muy confundida. Aceptar el 'privilegio' de haber sobrevivido fue durísimo y, una vez más, quiero subrayar que esto no es culpa del superviviente. No soporto ese concepto. Recuerdo que un psiquiatra al que fui me dijo 'claro, usted lo que tiene que hacer es trabajar la culpa del sobreviviente'. A lo que yo respondí: 'Es usted un gilipollas. Primero, pregúnteme qué es lo que estoy sintiendo y luego decida si es culpa o no. En realidad, yo lo que sentía era una reverencia brutal hacia la vida, un no entender qué tenía yo que no tuvieran las 100.000 madres a las que se había tragado el mar".

"'¿Por qué yo? ¿Por qué nosotros?", se preguntaba una y otra vez María Belón. "Aquella era una pregunta para la que no había una respuesta racional. No tenía solución, pero yo seguía empeñada en seguir cavando un pozo que no tenía fondo hasta que un buen día Simón, mi hijo pequeño, me sacó de ahí diciéndome: 'Mamá, deje de preguntarte lo que no tiene respuesta'".

Con el tiempo, prosigue, "me di cuenta de que lo que sí podía hacer era llenar de sentido la vida que nos había 'regalado' a mi marido, a mis hijos y a mí... ¿Cómo? Pues, a veces, diciendo que sí a proyectos que no me apetecían nada, como el de película de Jota. Ni a mi familia ni a mí nos apetecía hacerla. No le encontrábamos sentido. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué los cinco que sobrevivimos en una zona en la que murió un 70% de la gente? Bayona me dijo que quería hablar de la muerte y que, para eso, necesitaba la vida. Nos necesitaba a nosotros. Y, entonces, llegamos a la conclusión de que, quizás, la vida nos estaba pidiendo que hiciéramos esa película y que teníamos que decir que sí. Fue una decisión tomada desde la espiritualidad".

Hacer la película, asegura, "fue bello y complejo a la vez", pero el momento que más la agitó por dentro fue enfrentarse al visionado del primer montaje. "Yo iba muy de chulita. Pensaba que, como había estado implicada en todo el proceso, no me iba a revolver tanto. La productora nos cerró una sala de cine solo para mi marido, mis hijos y para mí y, cuando terminó la proyección, estuve 45 minutos llorando sin parar. En ese momento, derramé todas las lágrimas que no había sido capaz de soltar durante las horas posteriores al tsunami".

No hay lugar para el llanto cuando lo que está en juego es la vida. "Tras el tsunami, tardé mucho en llorar. Lo hice cuando ya estaba en el hospital cuando puse un CD que me trajo mi marido. Para ser más precisa, lloré al escuchar 'Solo bajé a buscar tabaco', una canción de Joan Bautista Humet en la que habla de la cobardía y que me hizo reconocer mi propia falta de coraje ante la vida. Esa fue la primera vez que lloré tras el tsunami. Ver el primer montaje de la película, la segunda. Luego tardé muchos años en volver a hacerlo. Los que necesité para gestionar el trauma y sanar mi cuerpo".

La vida, confiesa, "me trajo depresiones muy fuertes". Aquel fue otro tsunami que la enseñó a aceptar cualquier experiencia. "He aprendido a dejar de pelearme con la vida. Lo más fuerte que te puede pasar nunca está entre tus planes. Nunca es tu plan arruinarte. Nunca es tu plan enfermar o que te abandone tu pareja. Pero ese es el plan de la vida. Y es maravilloso, porque solo de cosas como estas se puede aprender. '¡Mamá, me duelen las rodillas y las muñecas!', nos dicen nuestros hijos cuando van a dar un estirón. Crecer siempre duele, pero hoy en día queremos anestesia para todo".