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Desde que le alcanza la memoria, Sir Richard Branson viene rumiando dos obsesiones que han agitado todos sus desvelos. La primera, viajar al espacio como punta de lanza de ese turismo que busca conquistar el infinito sideral, tal vez fuera más accesible que la segunda: hacerse con una magnífica finca de 520 hectáreas en las fauces mismas de la Sierra de Tramontana, si acaso el paraíso mallorquín con la venia de sus playas despampanantes. Ya desde niño, antes de levantar un imperio que le ha catapultado como una de las grandes fortunas mundiales y le ha metido directamente en el top 15 de los midas más ricos de Reino Unido, este empresario que hoy amasa más de 400 empresas se enamoró de Menorca durante aquellos interminables veranos con sus padres.
Mucho tiempo después, esa fiebre isleña cristalizó en Mallorca, cuando adquirió unos terrenos varados en las estribaciones del Mediterráneo con la intención de construir un hotel de lujo. O superlujo. Sin embargo, Branson no contaba entonces con las zancadillas de la tediosa burocracia —la Sierra de Tramontana es un espacio protegido declarado Patrimonio de la Humanidad—, y las autoridades mallorquinas le negaron los permisos para levantar allí su pequeño gran capricho hotelero.
Tras perder esa primera batalla (que no la guerra), el dueño de Virgin vendió la finca. Pero los caprichos están para perseguirlos, y algunos años más tarde volvió a hacerse con ella y entonces, ya sí, dio cuerpo y forma a Son Bunyola. Inaugurado hace menos de un año, este establecimiento es ya una de las joyas de la corona de Virgin Limited Edition, una colección de hoteles, islas y retiros únicos salpicados por todo el planeta.
Sus 27 habitaciones (a partir de 600 euros en temporada baja) y sus tres villas (desde 2.200 la más pequeña en los meses de menor trasiego) son la punta de lanza de esta finca histórica cuyos orígenes se remontan al siglo XVI. Y así se refleja en cada detalle del proyecto de reforma, comandada por GRAS Arquitectos y con la decoración de Rialto Living, que entrevera los vestigios de los usos del pasado —el viejo torreón, una antigua almazara, el patio fresquísimo— con el diseño del más alto standing.
Escoltado por olivos (este año producirán su primera cosecha de aceite), almendros, cítricos y viñedos, Son Bunyola se abre a los huéspedes como la puerta de entrada a la Mallorca más desconocida: el fabuloso interior de la isla, mucho más auténtico y alejado del bullicio mainstream de sus playas. Y, sin embargo, puesto que la sierra enfila sus montañas prácticamente hasta llegar al Mediterráneo, un inmenso mar de postal es visible desde el hotel.
Pero, sin duda, la gran apuesta de Son Bunyola es la de la montaña. A saber: trekking, bicicleta, paseos para entender la esencia más escarpada de la isla. Y para completar la estancia, además de una gastronomía de infarto donde se fusiona la vanguardia en los fogones con los sabores tradicionales, el hotel ofrece múltiples experiencias que ayudan, aún más, a conectar con el entorno: excursiones guiadas en bicicleta, un día en una embarcación, yoga y pilates al alba, talleres de pintura, cerámica e incluso perfumería aprovechando la flora del entorno o catas de vino. Ya lo ven: el encanto de lo sencillo, pero exclusivo.
| Son Bunyola Hotel & Villas. A escasos minutos del mar, el establecimiento es también un escaparate perfecto de la Sierra de Tramontana. www.virginlimitededition.com/son-bunyola
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