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El Danubio se regodea en un paisaje milenario a 100 kilómetros al oeste de Viena. Por las terrazas y los muros de piedra rebosan las viñas. Una torre barroca pintada de azul da la bienvenida a los barcos fluviales. Una abadía amarilla despunta en el horizonte. ¿Es ese el castillo donde estuvo preso Ricardo Corazón de León? ¿Apetece un dumpling de albaricoque?
Cerramos y abrimos los ojos, porque cabe la duda de si estamos despiertos o soñando. Pero todo es real. Así es el valle del Wachau, que suena a chino, pero es austriaco hasta la médula. Estaba cantado que fuera Patrimonio de la Humanidad. La Unesco aquí tampoco tuvo que hacer grandes cavilaciones cuando la admitió en su club, pero ya van 25 años y hay que celebrarlo. Todas son buenas excusas para explorar este tramo encantado del Danubio: 36 kilómetros entre las ciudades de Krems y Melk salpicados de pueblos medievales.
El otoño es época de vendimia y de catas. De días frescos y soleados. Estos huertos y viñedos son pequeños y familiares. La uva se recoge a mano. Como siempre. "Todas las uvas provienen de viñedos locales; nunca compramos de fuera. Esto preserva la autenticidad de nuestros vinos y ayuda a conservar las terrazas en buen estado y el paisaje que hacen del Wachau algo tan único", explica Franz-Josef Gansberger, de Weingut Stadt Krems, una bodega que ofrece catas y visitas en el centro de la histórica ciudad de Krems.
En este rincón del Danubio son excepcionales la grüner veltliner y la riesling. Pero además de estas variedades de uva blanca, en el Wachau hay que hablar de tres estilos de vino diferentes (Steinfeder, Federspiel y Smaragd), reflejo de la diversidad de la región. Gansberger apunta una singularidad más: "El negocio del vino en este valle tiene tanto que ver con los viñedos como con la red de familias, generaciones y amistades que se tejen en ellos". El bodeguero Christoph Donabaum le da la razón. Después de trabajar en otras bodegas, ha tomado las riendas del viñedo familiar —apenas cinco hectáreas en algunas de las zonas más escarpadas y exigentes del Wachau— para producir vinos de altísima calidad. Su familia lleva cultivando vino 160 años.
Weingut Stadt Krems está a pocos pasos de la Steiner Tor, la gran puerta medieval que se conserva de esta encantadora ciudad, una de las más antiguas de Austria. En Krems todo está limpio y ordenado. Las casas y puertas están bien pintadas, incluso esgrafiadas, y las iglesias preservadas con esmero. No hay que perderse la iglesia de los Dominicos, convertida en museo. Tampoco la animada Obere Landstrasse, la calle de las tiendas y cafés de siempre, como el Berger, de estilo vienés con sillas Thonet y mesas de mármol.
Quien tuvo retuvo, ya conocen el dicho, y Krems denota poderío. Christine Emberger, guía oficial de la ciudad, lo admite. A partir del siglo XIII varios acontecimientos confirieron riqueza y poder a la región. "Primero, el rescate del rey Ricardo Corazón de León en 1193. Capturado cerca de Viena y retenido en Dürnstein, el rescate del monarca fue una fortuna que en parte se quedó en Austria. Segundo, el matrimonio de Leopoldo III con Inés de Alemania, hija del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, una unión que no solo trajo prestigio, sino también enormes recursos financieros".
De repente, los Babenberg, la dinastía gobernante, poseían tierras, dinero e influencia. Y controlar el Wachau era, por supuesto, dominar el comercio del Danubio. "Este era el Amazon de la Edad Media", señala Christine entre risas. La cara moderna de Krems, que también la tiene, es artística y se reúne a lo largo de una milla que va desde los Dominicos a la Galería Regional de Baja Austria (Kunstmaile Krems), un parada imprescindible para sumergirnos en el Patrimonio de la Humanidad de Wachau y admirar un edificio que, se mire desde donde se mire, parece diferente. El museo tiene unos fondos de más de 100.000 obras de arte.
El Danubio a pie o en bici
Estamos muy cerca del muelle donde paran los barcos que recorren el Danubio durante todo el día. No es la única forma de conocer el valle, pero es la más escénica. Y la más comodona. Los viajeros más andarines siguen el Sendero del Patrimonio Mundial de Wachau, una ruta de senderismo de larga distancia de 180 km que conecta las 13 comunidades del valle de Wachau. Los amantes de la bicicleta, por su parte, prefieren la Ruta ciclista del Danubio, que se extiende a lo largo de unos 1.200 km desde Donaueschingen, en Alemania, hasta Budapest, la capital húngara. Los comodones, como decíamos, o simplemente los que no tiene más que unos días, toman uno de los placenteros ferries para admirar desde el agua el fabuloso escenario de castillos, abadías, aldeas y muros de piedra seca que trepan por las laderas.
La torre azul de Dürnstein
Desde el agua es inconfundible: la torre azul de Dürnstein despierta admiración ya desde la cubierta del barco. Empieza la guerra del móvil por sacar la mejor foto. Muchos de estos turistas apenas dedicarán más que estos disparos a esta ciudad que es mucho más que una torre. Ellos se lo pierden.
La historia de Dürnstein comienza en 1372 con una mujer: Elisabeth von Kuenring, la última heredera de una poderosa familia noble que dominó la región. Antes de morir, fundó una pequeña capilla que, con el tiempo, se convertiría en la famosa abadía de Dürnstein. Un siglo más tarde, diez canónigos agustinos llegados desde Bohemia establecieron aquí su monasterio, y bajo el liderazgo de Hieronymus Übelbacher, un abad visionario, el conjunto adoptó el esplendor barroco que hoy deslumbra a los visitantes, incluido su símbolo más emblemático, el campanario azul. "Es un azul porcelana", apunta Attila Penzes, guía local, "inspirado en el lujo dieciochesco de reyes y príncipes, los únicos que podían permitirse aquel material". ¿El propósito? Epatar a los fieles, naturalmente.
Además de visitar la abadía, en Dürnstein conviene callejear, comprar algún licor de albaricoque, otro tesoro del Wachau, o pedir los dumplings de este manjar en alguno de sus restaurantes. Otra pista: la terraza del hotel Schloss, único cinco estrellas de Baja Austria. Pero no se puede abandonar Dürnstein sin subir andando —apenas necesita media hora— a las ruinas del castillo donde estuvo preso Ricardo Corazón de León. No solo por la lección de historia (y mucha leyenda), sino por las vistas que regala esta atalaya sobre el Danubio.
Próxima parada: La Abadía de Melk, una de las joyas del barroco europeo. Son 22 los monjes benedictinos que mantienen viva la llama de este poderoso centro religioso y educativo fundado en el año 996. De hecho, parte de esas 497 habitaciones son utilizadas por la escuela de secundaria local. La colosal biblioteca también es un activo centro de conservación e investigación. Atesora más de 100.000 ejemplares, entre ellos 1.800 manuscritos y unos 750 incunables. El libro más antiguo es un calendario, escrito a principios del siglo IX.
Muchas más cifras se pueden recitar. Así lo hacen los guías que acompañan al viajero de una sala a otra: su medio millón de visitantes al año, las 63 salas imperiales, los 30 cm que mide la Cruz de Melk, su objeto más preciado, un relicario que contiene un trozo de la cruz donde murió Jesucristo, y las más de 18.000 hectáreas de terrenos... La mayoría son bosques y tierras de cultivo que alquilan a agricultores locales. Ora et labora, ya conocen el lema benedictino. En Melk se cumple. Además de mantener su patrimonio, el monasterio produce (y vende) sus propios productos.
GUÍA PRÁCTICA
Cómo llegar. Varias aerolíneas, entre ellas Iberia y Ryanair, vuelan directas desde España a Viena. Desde la capital hasta Krems se puede tomar el tren.
Dónde dormir. En el Hotel Steigenberger de Krems. Rodeado de viñedos y con un spa fabuloso de 3.000 m² que incluye tratamientos, dos piscinas, tres saunas y cuidados espacios de diseño con chimenea para relajarse. Cuenta también con amplias y modernas habitaciones desde 200 euros.
Más información. En la web oficial de Turismo de Austria www.austria.info/es
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