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Si queremos ser precisos, no podemos afirmar que la Ruta de la Seda existiera. Jamás hubo un camino fijo, materializado en infraestructuras similares a las calzadas romanas, que conectara Oriente y Occidente. La seda tampoco fue la única mercancía con la que se traficó; ni siquiera la más importante. Por aquellos caminos transitaron bienes mucho más valiosos, capaces de transformar profundamente las sociedades con las que tomaron contacto. Y desde luego, los viajeros que recorrieron aquellas vías durante dos milenios jamás se refirieron a ellas como la Ruta de la Seda; para cuando se acuñó el término, hace poco más de un siglo, el recorrido estaba ya en sus últimos estertores.
Comencemos por el nombre. La expresión Ruta de la Seda fue empleada por primera vez por un estudioso alemán, Ferdinand von Richtofen, a finales del siglo XIX. El geógrafo teutón, que había sido enviado al norte de China para construir un ferrocarril, se dio cuenta de que aquellas regiones contaban ya con caminos propios, que unían el valle del río Amarillo con Asia Central. El trazado de estos senderos cambiaba con frecuencia, sujeto a circunstancias meteorológicas, políticas o religiosas. La crecida de un río, un gobernante avaricioso o la tumba de un líder religioso podían impulsar a los viajeros a elegir una ruta diferente, pero todas formaban parte de una tupida red de recorridos, tanto terrestres como marítimos, que conectaba el Extremo Oriente con el Mediterráneo.
En cuanto a la seda, este maravilloso tejido chino llegó a convertirse en uno de los bienes de lujo más deseados de Eurasia, hasta el punto de emplearse como moneda de cambio. Pero por la Ruta también transitaron el jade y el lapislázuli, la nuez moscada, la pimienta y la porcelana. Los intercambios comerciales incluían infinidad de productos manufacturados, materias primas y ganado, y el éxito del recorrido solo fue posible gracias a una inteligente combinación de comercio internacional y tráfico local.
La mayor parte de las caravanas se limitaban a realizar una pequeña porción del camino, vendían sus mercancías, compraban otras y regresaban a su lugar de origen. El puñado de productos que lograba abrirse camino hasta el final de la ruta había cambiado de manos decenas de veces (y elevado su precio otras tantas) antes de llegar a su destino, a miles de kilómetros de su punto de origen. Además, los caminos de la seda nunca tuvieron un propósito exclusivamente comercial. También sirvieron como vía de intercambios culturales, artísticos y religiosos.
A través de su recorrido el papel y la pólvora llegaron al Mediterráneo de manos de los árabes, que habían tomado contacto con estos avances en Asia Central. El arte grecorromano penetró hasta el valle del Indo, generando deliciosos mestizajes artísticos, y los diseños chinos que decoraban sedas y porcelanas comenzaron a imitarse en el Mediterráneo y Europa Occidental. Incluso el budismo, el islam y el cristianismo encontraron una excelente vía de expansión en estos caminos, donde los monjes fueron tan abundantes como los mercaderes, y las estupas y los monasterios tan frecuentes como las paradas de posta.
En China, Von Richtofen descubrió también que los caminos de la seda eran tan antiguos como la propia civilización, aunque tuvieron un período de apogeo y una larga etapa de decadencia. En general, se acepta que los intercambios entre China y el Mediterráneo se volvieron más intensos a finales del siglo II a.C., tras la embajada de Zhang Qian, un valiente emisario chino que, atravesando desiertos y territorios poblados de bárbaros, se atrevió a viajar entre Chang'an, la capital imperial, y la región de Bactria (entre los actuales Afganistán, Uzbekistán y Tayikistán) en busca de aliados. A partir de este momento, el tráfico de mercancías a través de Asia Central, Oriente Próximo y las aguas del océano Índico experimentó 1500 años de esplendor y fue testigo del fin de la Edad Antigua, del ascenso de los califatos, de las pavorosas campañas de los mongoles o del reinado de Tamerlán.
Sin embargo, tras la conquista de Constantinopla por los turcos, en 1453, portugueses y españoles comenzaron a buscar vías alternativas para acceder a las mercancías orientales sin pasar por el territorio otomano. Goa, Macao, Manila o Ciudad de México reemplazaron a Alejandría, Constantinopla y Bagdad, y el Pacífico y el Atlántico ocuparon el lugar del Mediterráneo. En busca de las mercancías del otro, los europeos recorrieron océanos y descubrieron continentes, y cuando por fin hallaron a los responsables de su fabricación, casi todo el orbe quedó conectado por una red de rutas comerciales que unieron Europa, Asia, África y América con lazos tan estrechos que el período ha merecido el calificativo de Primera Globalización.
En este mundo nuevo, que se había hecho más grande y más pequeño a la vez, y en el que el comercio había quedado en manos de inmensos galeones con bodegas rebosantes de mercancías, las viejas caravanas que recorrían fatigosamente los confines del desierto de Taklamakán, escalaban las cumbres nevadas del Pamir y acampaban alrededor de grandes hogueras junto a los oasis de la Transoxiana fueron, poco a poco, perdiendo su lugar. Los caminos se vaciaron, las rutas se poblaron de bandidos, los monasterios se quedaron sin monjes y los santuarios dejaron de acoger a los peregrinos, hasta que todas aquellas construcciones fueron devoradas por la arena y el olvido.
Pero la Ruta de la Seda no desapareció, solo mudó su aspecto. A través de las aguas del Pacífico o de las costas del cabo de Buena Esperanza, las mercancías de China, las especias de Asia y las maravillas de la India seguían encontrando su camino hasta las manos de los fascinados europeos. Detrás de los polvorientos caminos de la seda no solo se escondían el deseo de riquezas, el afán de conquista o la ambición de poder, sino uno de los anhelos más profundos del ser humano, más fuerte que la avaricia o el miedo: el deseo de conocer a sus semejantes, de saber de sus esperanzas y sus ilusiones, de escuchar sus historias y de descubrir las maneras en las que se consolaban de los males de este mundo.
El libro Los caminos de la seda (La Esfera de los Libros) acompaña a mercaderes, conquistadores y peregrinos a lo largo tres continentes y varios océanos. Durante su lectura se atravesarán desiertos y cordilleras, oasis y puertos, caravasares y albergues de montaña. Muchos de los lugares resultarán desconocidos, e incluso sus nombres parecerán impronunciables. Pero los lectores que se sumerjan en sus páginas y naveguen por ellas hasta el final descubrirán que el recorrido y sus accidentes, la ruta y sus protagonistas habrán quedado tan grabados en su memoria que recorrerán a placer los caminos de la seda, desde el mar de China hasta el Mediterráneo, simplemente haciendo uso de su imaginación.
*Eva Tobalina es historiadora, docente y conferenciante. Su libro Los caminos de la seda (La Esfera de los libros) ya está a la venta.
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