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Diana Al Azem, sobre las madres quemadas: "Tenemos que meternos en la ducha y relajarnos, no aprovechar para limpiar la mampara"

Esta profesora experta en adolescentes publica ahora un libro con la mirada puesta en la otra cara de la moneda: esas progenitoras con la presión de la maternidad perfecta que quieren llegar a todo a costa de su propia salud.

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Diana Al Azem, sobre las madres quemadas: "Tenemos que meternos en la ducha y relajarnos, no aprovechar para limpiar la mampara"
PLATAFORMA EDITORIAL

Las madres españolas están agotadas. No es un agotamiento solo de comentarlo en el ascensor o en los grupos de Whatsapp de amigas. Se trata de un cansancio de siglos (lavadoras, extraescolares, trabajo, médicos, compra, cumpleaños... ¿seguimos?) pegado a nuestros huesos que está siendo ya objeto de estudio. Hace unos meses la la ONG Make Mothers Matter llevó al Parlamento Europeo un informe según el cual el 67% de las madres se declaran sobrecargadas. El 50% manifestaba problemas de salud mental.

Esa es la media aritmética, pero en nuestro país, las cifras son peores: el 78% de las españolas están agotadas y el 57%, con afectación en su salud mental. Así las cosas, Laura Baena, presidenta de la asociación Yo no renuncio y Malasmadres, aterrizó hace una semana en el Congreso de los Diputados para pedir compromiso en políticas de conciliación con otros datos como que seis de cada 10 mujeres han frenado o renunciado a su carrera profesional al convertirse en madres. También acudió con un nuevo informe elaborado por su asociación: El peso invisible de la maternidad.

Baena, por cierto, ha prologado Madres quemadas, el último libro de la profesora, escritora y creadora de la plataforma Adolescencia positiva Diana Al Azem, que da necesarias vueltas sobre lo mismo, pero que, además, ofrece algún atajo para salir del burnout parental. Esta divulgadora ha publicado ya otras obras poniendo el foco en los hijos (AdolescenteZ de la A a la Z, ¡Quiero entenderte! y Cuando la cigüeña empezó a ver porno). Sobre madres hablamos hoy, sobre todo de su cansancio "crónico", ese que "no desaparece ni cuando te vas de vacaciones o de fin de semana".

Dices que te centraste tanto en educar a tus hijos que no te preocupaste en conocerlos. Amplía esta idea.
Culturalmente, estamos muy centrados en educar, en el sentido de corregir, estimular, acompañarlos ante un mundo muy competitivo laboralmente, etc. Esto supone que entramos en modo gestión, como si fuésemos una empresa, y queremos controlar los etudios, las pantallas, los horarios, etc., y dejamos menos espacio para algo tan sencillo e importante como conocerlos realmente. Educar no solo es corregir, sino mirar, observar, escuchar, porque cada uno tiene una manera de ser y todos los hijos no son iguales. Si estamos pendientes de aplicar y seguir tantos métodos y consejos, corremos el riesgo de no ver al niño o adolescente que tenemos delante. Criar no es solo un proyecto educativo, sino una relación con nuestros hijos que nos pone un espejo delante de nuestras expectativas, nuestras heridas de la infancia... Ellos nos obligan a revisarnos, a ser más pacientes, a relativizar, a crecer con ellos.
¿Somos poco compasivas con nosotras mismas?
Sí. Estamos demasiado en el hacer, porque así nos educaron unas madres que no trabajaban fuera de casa. Nos queremos comparar con ellas sin tener en cuenta el contexto y nos sentimos culpables. La cultura de la maternidad ha colocado el listón muy arriba. Tenemos que ser madres sin gritar, sin cansarnos... Tenemos que ser comprensivas con nosotras, igual que lo somos con las personas que queremos.
¿Qué nos dice una casa donde no hay confictos?
Eso directamente no existe. Los conflictos exiten en todas las casas. La diferencia es que hay personas que huyen de ellos para no discutir porque nos han enseñado que es algo malo, pero no son más que la informacion de que el otro no está de acuerdo o tiene necesidades distintas a las nuestras. Hay que aprender a manejar ese conflicto y traspasarlo porque si no, puede quedar enquistado y explotará. Hay quienes no lo entienden así y piensan que conflicto es gritar, dar un portazo...
Pero, ¿cómo se hace para discutir bien?
Escuchando y siendo escuchados, aunque no significa que el conflicto se resuelva siempre y tampoco pasa nada. No existen varitas mágicas, pero hay que intentar salir juntos de él, sin querer ganar al otro. Cuando disgutimos con los hijos, por ejemplo, tenemos que estar regulados, es decir, no llegar enfadados para no decir nada de lo que nos arrepintamos luego. Para ello, es mejor esperar minutos antes de responder o dejar la discusión para otro momento de tranquilidad. También propongo hablar desde uno mismo y no desde la acusación. Por ejemplo, cambiar un "Nunca me ayudas en casa" por un "Me siento sobrecargada y necesito más apoyo". Así, pasamos de la acusación a contar lo que necesitamos. Tampoco debemos tirar del historial, porque no acabaríamos nunca: hay que centrarse en lo que está pasando aquí y ahora. Y nunca hay que olvidar que el objetivo de una discusión no es tener razón, sino cuidar la relación mientras afrontamos el desacuerdo con nuestros hijos. El vínculo es más importante que el orgullo.
Has dicho la palabra mágica. ¿El vínculo no se da por supuesto o es más frágil de lo que parece?
Muchos padres y madres no ponen límites por miedo al vinculo, como si cualquier límite fuera a estropearlo, pero es más fuerte de lo que pensamos. De hecho, los hijos maltratados siguen queriendo a sus padres. Para mantener el vínculo no hay que hacerlo todo perfecto. Solo hay que ofrecer presencia, disponibilidad emocional y capacidad de reparar cuando nos equivocamos. Después de un enfado tenemos que poder seguir haciendo cosas juntos, como ver una serie, comer en familia, reírnos... Has podido enfadarte por un suspenso, pero al día siguiente puedes tener un detalle como prepararle a tu hijo su postre favorito o ponerle una nota en el almuerzo.
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A veces, coincide la adolescencia del hijo con la menopausia de la madre. Ante semejante choque hormonal, ¿no tenemos derecho a explotar?
Claro que tenemos derecho, porque es un choque de trenes. Lo importante después de hacerlo es reparar el vínculo. Para ello, lo primero es entender lo que está pasando, comprender que nuestra tolerancia puede ser menor y que es importante que en esta etapa rebajemos la autoexigencia. Esto los padres lon saben hacer estupendamente y tenemos que aprender de ellos. Debemos cuidar nuestro descanso, pedir apoyo si hace falta y recordar que tanto hijos como madres estamos atravesando cambios muy importantes.
Dices que una cosa es un drama y otra un problemita. ¿Algún ejemplo?
Un problemita es suspender un examen, incluso repetir. Son síntomas de algo que puede existir detrás y que sí es importante, como algún problema con compañeros, con profesores, baja autoestima, inmadurez, dificultad cognitiva, etc. Tendemos a ver solo los resultados y no profundizar en qué pasa con su vida.
Propones el autocuidado. Dame ejemplos.
Creemos que autocuidado significa tener una tarde para ti o una hora libre todos los días, pero con la vida que llevamos no siempre es fácil. No necesitamos nada tan sofisticado, como una escapada de fin de semana o irnos al spa: puede ser algo pequeño, fácil de sostener en el tiempo y que no nos genere más estrés. Por ejemplo, poner nuestra música en el coche, dedicarnos un cuarto de hora para relajarnos cuando los hijos se han acostado, meterte en la ducha y no aprovechar para limpiar la mampara, irte a dormir sin recoger cocina... Es decir, permitirnos descansar sin sentir culpa.
¿Cómo buscamos redes de apoyo, tribus para criar?
Sea online o de forma presencial, si necesitamos un espacio seguro para compartir y desahogarnos, lo primero es atrevernos a pedir ayuda. Vivimos en una sociedad muy individualista, tenemos miedo a molestar y tampoco queremos que los demás sepan que tenemos problemas.
La figura de los abuelos está muy cuestionada a veces. ¿Con razón o sin ella?
los abuelos tienen que ser abuelos y no podemos querer cambiarlos. La educación es asunto de los padres, aunque sin olvidarnos de ellos, de la escuela, de los vecinos, etc. Nosotros tenemos que marcarles límites pero dejando que abuelos y nietos tengan su propio espacio.
Eres experta en adolescencia, ¿es más dura esta etapa que los primeros años de infancia, con los despertares nocturnos, las rabietas...?
La infancia supone más cansancio físico y la adolescencia, cansancio mental. Ya no depenen tanto de ti para cruzar la calle ni cogerlos en brazos, pero comienza una etapa de saturación mental porque la adolescencia se caracteriza por la rebeldía, cuestionarlo todo, buscar su tribu, alejarse de los padres, etc. Eso es ser un adolescente sano. Si tu hijo te da la razón en todo, yo diría que sí tienes motivos para preocuparte. En casa están aprendiendo a decir 'no' para después decirlo fuera cuando lo necesiten o le ofrezcan un cigarrillo.

Madres quemadas. Cómo cuidar sin arder en silencio

Plataforma Editorial. 224 págs. Puedes comprarlo aquí.