Se estrenó anoche Hasta el fin del mundo, el nuevo reality de La 1, producido por Zeppelin, en el que un grupo de famosos divididos por parejas tiene que recorrer 15.000 kilómetros de viaje sin móvil, con 1.300 euros en el bolsillo, sin poder usar el avión y teniendo que sacarse las castañas del fuego. Sí, es el mismo concepto del legendario Pekín Express, pero esto no es nada negativo. Pekín Express fue en su momento un éxito porque era diferente. Era poner a desconocidos o famosos ante situaciones que probablemente en su vida habían vivido. La diferencia de Hasta el fin del mundo, de momento, está en dos personas: Paula Vázquez y Yolanda Ramos. Si no existieran, habría que inventarlas.
Ver a un grupo de famosos puteados, como el resto del común de los mortales, pasándolas canutas, intentando superarse, sufriendo, sintiendo, disfrutando, sacando lo peor y mejor de cada uno, ahora mismo, en televisión, sólo se puede conseguir con formatos como Hasta el fin del mundo.
Son ya demasiados años de realities, de programas, de entrevistas, de shows, y todos ellos se las saben todas. Sin embargo, si les colocas frente a situaciones inimaginables, es cuando el espectador encuentra al verdadero, al que no se puede esconder, ni adornar, ni ocultar. Hasta el fin del mundo les coloca en todas esas situaciones, y lo hace con un ritmo que, aunque en ocasiones es caótico porque uno no se entera de dónde están, a dónde van o de dónde vienen, provoca una especie de adicción. No puedes dejar de mirar, quieres más.
Si a eso le sumas que es Paula Vázquez la que vuelve a presentar un formato de este estilo, y que entre los participantes está una Yolanda Ramos, que es un diamante en bruto, que nadie debería pulir, te encuentras con un maravilloso espectáculo por el que, sinceramente, si hubiera que pagar, yo pagaría.
Yolanda Ramos y Paula Vázquez son, sin duda, lo mejor de Hasta el fin del mundo, de momento, que todavía estamos en la primera y en la mitad de la segunda etapa. Sí, esto es lo peor de Hasta el fin del mundo y ha sido también lo más criticado en las redes sociales por los espectadores: un reality que empieza casi a las 23:20 de la noche y que se alarga hasta más allá de las 02:20 horas. ¿Necesario? No, al menos para el espectador. Eso sí, para las televisiones alargar los programas es lo más rentable a la hora de sumar audiencias.
Y es que pese a lo tarde que acabó, Hasta el fin del mundo se estrenó con un datazo, siendo líder del prime time y del late night, con una media del 14,3% de cuota de pantalla, y lo más importante, atrajo a todas las edades: Un 16,6% entre los espectadores 13 y 24 años; un 19,5% entre 25 y 44 años; y un 16,11% entre 45 y 64 años.
No es sólo que empiece tarde, sino que acaba más tarde porque no se emite sólo la primera etapa, que anoche fue de 1.048 kilómetros, desde Costa Rica a Panama City, sino que cuando Jedet y Andrea Compton fueron las primeras en llegar al punto de encuentro —tuvieron la ventaja de elegir la siguiente ruta—, la sorpresa fue que Hasta el fin del mundo continuaba: se iba a emitir parte de la segunda etapa, de Panama City a Medellín. ¿Cómo no va a acabar a las 02:20 de la madrugada? Sí, está en diferido, en RTVE Play, y el que se durmiera, que seguramente serían muchos, puede terminar de verlo ahí, pero ¿por qué, pudiendo dejarlo en una primera etapa y para la semana que viene la segunda, tensar tanto la cuerda entre el espectador y el televisor? No había ninguna necesidad más que la de putear al que lo está viendo o al que lo quiere ver.
Es una costumbre que implantaron las cadenas privadas, especialmente Telecinco, de alargar los programas del prime time para cubrir el late night cuando se agotaron formatos como Esta noche cruzamos el Mississippi o Crónicas Marcianas. Desde ese momento, el late night se cubre, o bien con reposiciones de algo, o bien alargando programas estrella. Las consecuencias: que los espectadores acaban hasta los mismísimos cojones de tener que sujetarse los párpados de los ojos con pinzas de la ropa o quedarse a medias de un programa. RTVE, como televisión pública, debería ser la primera en dar un golpe en la mesa y decir: "Nosotros, por aquí, no". Ya es jodido que un prime time empiece casi a las 23:30, pero que acabe a altas horas de la madrugada... En fin, que por mucho que los espectadores lo digamos, es una batalla perdida.
Lo que ha sido un triunfo es apostar de nuevo por Paula Vázquez. Durante la presentación de Hasta el fin del mundo, Sergio Calderón, director general de RTVE, calificó a la presentadora de "talismán". Es un talismán para Televisión Española, pero también es un talismán para los espectadores. No hay tantos presentadores de programas que disfruten tanto con su trabajo y que contagien de ese disfrute a quien está al otro lado de la pantalla. Paula Vázquez es uno de esos pocos.
Ya en la presentación, los periodistas pudimos ver a una Paula Vázquez que está como una niña con zapatos nuevos con Hasta el fin del mundo. A sus 50 años, ya no esperaba enfrentarse a un programa de estas características, tan duro en producción como en participación, pero la oportunidad llegó y lo que transmitió anoche es que Paula Vázquez lo ha disfrutado de verdad.
Esa sonrisa constante, esa emoción no contenida, esa empatía con los concursantes, esa forma de presentar tan clara y concisa, ese protagonismo justo, esa Paula Vázquez que se come la pantalla con solo su presencia, es un regalo para el espectador y para los concursantes. Las caras con las que los participantes la miraron anoche al llegar a su primer punto de encuentro son el reflejo de que Paula Vázquez es una presentadora que transmite un buen rollo increíble.
Se quejaba anoche Yolanda Ramos de que durante esta primera etapa ni Dios le hacía caso y todas las personas con las que interactuaban, a excepción del primer conductor que pillan, Harold, sólo se dirigían, sólo miraban y sólo hablaban con su sobrina. Se llama edadismo y no es otra cosa que pasar olímpicamente de alguien, especialmente de las mujeres, porque ya ha superado la barrera de los 45.
Les pasa a las actrices, a las humoristas, a las colaboradoras de televisión y, también, les pasa a las presentadoras. Cada vez menos, porque ya llevan tiempo ellas luchando contra ello, pero sigue pasando. El claro ejemplo fue anoche Yolanda Ramos, que mandó a freír espárragos al responsable del bar en el que se pusieron a trabajar para conseguir dinero, porque directamente ignoraba a Yolanda Ramos y sólo se dirigía a su sobrina. Pues no saben lo que se pierden.
Sin desmerecer a la sobrina de Yolanda Ramos, Ainoa, que me da a mí que va a ser un descubrimiento en Hasta el fin del mundo, la humorista y colaboradora de televisión es de lo mejorcito que uno se puede encontrar al otro lado de la pantalla. Sus excentricidades, su brutal sinceridad, su naturalidad, su "me la pela todo", su experiencia, su vida, su todo, es un regalo a descubrir.
Verla reír, llorar, tirarse un pedo "pintor" al bajarse de la furgoneta de Harold, desnudarse en medio de una paradisíaca playa, beberse los chupitos como si fueran un caldito, regañar a su sobrina porque, pese a tener el dinero justo, se quiso comprar un llavero de Hello Kitty, y terminar aceptando que se lo comprara, hasta mirar por la ventana en uno de los viajes de autobús, es cine puro.
Ella misma se cogió un globo de narices cuando su sobrina interactuó con un joven preguntándole dónde podían ir de fiesta y si él iba a ir, y, tras ver que el chico a ella no le hacía ni puñetero caso, pero a su sobrina sí, esta quiso disimuladamente que el joven se acercase a hablar con su tía. Por compasión, nada. Ainoa propuso al chico que le comentara a Yolanda lo "guapa" que lucía, situación que su tía entendió como una señal de condescendencia o lástima. Pero, tal como le viene el cabreo, se le pasa.
A su tía no le hizo ninguna gracia la situación yllegó a calificar a su sobrina como "mala persona". Ainoa, por su parte, había pensado que sería un buen gesto hacia ella: "Yo quiero que mi tía se vea guapa todo el rato, porque es guapa, es bella, es hermosa. Yo pensaba que funcionaría para intentar animarla. No lo veo un crimen".
Al día siguiente, la mujer de la recepción tuvo un sinfín de elogios para Ainoa, diciéndole que "el sol hoy iluminaba ahí por ella". Yolanda Ramos, a su lado, se quedó perpleja. "Yo la traigo porque es sangre de mi sangre. Soy invisible, la mujer a partir de los 50 es invisible y esto es una mierda, vamos".
Hasta el fin del mundo es, efectivamente, un viaje en el que quien gane da exactamente igual. No sólo les da igual a ellos, sino que también les va a dar igual a los espectadores. Lo bueno de Hasta el fin del mundo es descubrir, de nuevo, a una Yolanda Ramos; es tener, de nuevo, a una Paula Vázquez; es ver a Alba Carrillo estallar ante la autoridad de Cristina Cifuentes y verlas desesperarse porque les pasan todas las desgracias a ellas; es conocer a Aldo Comas, con sus virtudes y sus defectos, y a José Lamuño, en medio de una crisis entre ambos porque el segundo está hasta más allá del primero; es verles salir a todos ellos de su zona de confort y descubrir que son personas como las que están al otro lado de la pantalla.

