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Virginia gobierna Cala Portixol a golpe de bastón. A las 8:30 de la mañana, todas las plazas de aparcamiento de pago que ha pintado el Ayuntamiento de Jávea están ocupadas, lo que obliga a los conductores a remontar un kilómetro montaña arriba para bajar andando hasta el Mediterráneo. Entonces, si hay suerte, aparece ella. Una chica de la curva de 88 años, plantando su bastón frente a los parabrisas, y ordenando bajar la ventanilla: «¿Quieres aparcar?».
Es sábado, pero Virginia viste como de domingo, con un vestido de flores y joyas que le brillan por el cuello, los dedos y las muñecas. Con una mano se apoya en el bastón y con la otra aparta una barrera de obra tipo New Jersey, que descubre un solar bajo los pinos.
- Son 10 euros - dice.
- ¿Me podría hacer una factura para el periódico?
- Factura no te puedo hacer.
Bajo el solar caben unos 40 coches y el mío es el último. La cosa le sale a unos 400 euros por apenas una hora de trabajo. Un complemento para la pensión de unos 12.000 euros al mes libres de impuestos.
Su cala está de moda y la culpa es de Instagram. Si buscas por el hastag «#portixo» salen más de 50.000 entradas. En casi todas hay una casita blanca con una puerta azul, o una ventana azul. En casi todas hay una chica. «Las he visto hasta en los escaparates», cuenta Virginia, como resignada por la rentabilidad. También cuenta que lleva bajando a la playa desde que era niña, cuando no había hastags, ni carreteras; pero sí peces que pescaban hombres que salían por las puertas azules.

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El camino a la cala suena a respiración asistida. Los bañistas inflan decenas de tablas de pádel surf al lado de sus coches. Perfectas para introducirse en el agua en una playa de piedras blancas del tamaño de patatas. Para luego remar unos metros por aguas cristalinas y poco profundas, hacia el islote que da nombre a la cala. A las 8:30 ya hay cola para hacerse la foto en la favorita de las puertas, la que tiene un arco de medio punto, justo a la entrada. Tres chicas se hacen fotos en solitario y luego en grupo. La sesión se prolonga durante 10 minutos, mientras otras chicas aguardan ajustándose los bikinis y sus parejas arman otra cola paralela, móvil en mano.
De la Peña del Mero sale musicón que se escucha por buena parte de la cala, de apenas 600 metros. Su caseta de pescador está en mitad de la playa, sobre una pequeña atalaya con vistas a la masificación. Dentro están montando una mesa para comer, o para desayunar, junto a tinas llenas de cervezas con hielo. En la puerta, uno de sus miembros cuenta que la caseta pertenece a varias familias, y que se la van turnando por semanas durante el verano. ¿Y lo de las puertas? «Internet», responde, «a veces las colas llegan hasta aquí», dice señalando sus pies con la cerveza, a unos 50 metros de la puerta azul. A su derecha, en una de las colinas, el pasado verano cinco personas encendieron bengalas rosas, y mostraron una pancarta hacia los bañistas: «Paremos la turistificación. Tourist go home».
Ya habían hecho lo mismo en un puente de la AP-7, en el que colgaron la pancarta: «La Marina Alta en pie de guerra». Se hacen llamar Garrot. Su símbolo es una señal de prohibido sobre una chancla con calcetín, icono del guiri mediterráneo. Han hecho pegatinas, y las van pegando por los apartamentos turísticos y los autobuses. Se definen como un grupo de acción antituristificación de la Marina Alta. El 27 de septiembre, Día Mundial del Turismo, llevaron cajas con billetes falsos de 500 a las instituciones locales. «Hoy celebramos que la Marina Alta se ha convertido oficialmente en un parque temático para especuladores», publicaron en sus redes. ¿Y todo esto por qué? Dos de sus portavoces atienden a este diario, aunque piden que no revelemos sus nombres. «Pues por el aumento del precio de la vivienda por culpa de los apartamentos turísticos, por la expulsión de los residentes, porque los comercios locales están siendo sustituidos por tiendas y restaurantes orientados al turismo, por la pérdida de la cultura local, por la despersonalización del espacio público... No es turismofobia es vecinofilia».
En sus redes muestran imágenes del NODO. De cómo era la Marina Alta en 1958. «Estamos de luto. El paisaje ha muerto. Desde mediados de los 80 la región ha sido destruida por un urbanismo depredador. Nuestro territorio, una vez natural, es ahora un cadáver. Solo si somos conscientes de lo que hemos perdido podremos empezar a luchar para recuperar lo que queda. El paisaje ha muerto y ya no se puede salvar, nuestro futuro sí».
Las montañas de Dénia, Jávea, Calpe, Pego, Benitaxell o, un poco más abajo, Altea, han quedado escondidas bajo chalets. Como en el juego de la Jenga, parece que si quitas un chalet toda la montaña se vendrá abajo. Fernando es un empresario madrileño que hace cinco años decidió cambiar Ibiza por Altea huyendo de la masificación. Ahora forma parte de la Jenga, con una lujosa pieza de piedra rojiza de seis habitaciones. «Claro que hay problemas de masificación, pero no llega a lo de Ibiza», se consuela desde su piscina.
En el libro La España de las piscinas, Jorge Dioni López cuenta que la Marina Alta tiene 37.931 piscinas, una para cada cinco de sus 192.000 habitantes, que el año pasado convivieron con dos millones de turistas. «Durante los años del boom, el Estado español construyó más de cinco millones de viviendas, la mayoría siguiendo el modelo suburbano norteamericano. Urbanizaciones con islas verdes y azules envueltas en chalets y piscinas, un modelo que favorece la desconexión social, el consumo y el aislamiento, transformando el paisaje, y la convivencia de los pueblos».
Pero a pesar de sus argumentos, casi nadie en las redes se tomó a bien la protesta de Garrot en Cala Portixol. La mayoría de mensajes fue más bien del tipo: «Entiendo un poco tu lucha y, con todo el respeto del mundo, quisiera saber de qué vives, de donde provienen tus ingresos, de que sector. Gracias y buenos días». «Siendo una minoría, y sin contar con la opinión de la mayoría restante, habéis tomado la decisión de llevarnos a todos a la pobreza». «¿Qué plan económico tenéis para la comarca? Supongo que si queréis acabar con el turismo tendréis un plan alternativo». «Espero que tus bengalas no contaminen el lugar que tanto quieres cuidar de turistas», «Qué montón de tontos, la Costa Blanca se construye sobre el turismo. Estos son claramente socialistas de extrema izquierda que están en una siesta permanente. ¡Iré y gastaré más dinero allí ahora!». ¿Y de qué vivimos? ¿Alguien tiene otra idea que no sea ser funcionario?». «Luego no lloréis cuando los #turistgohome se vayan y no tengáis para comer, ni vosotros ni vuestros padres. Tenéis 10 meses para disfrutar de lo que los turistas disfrutan en dos». «Jávea sin turismo no es nada». «Vivís de eso, mantecaos».
Garrot salió en el telediario y más gente empezó a seguirles en las redes. Se hermanaron con otros grupos como Guaitem la terra (Miramos la tierra), Sindicat de Barri Carolines, Salven La Vall o Arrels (Raíces), con los que participan en conciertos, mesas redondas y lectura de libros como el de Manual del antiturismo, de Rodolphe Christin: «El turismo es la industria de un capitalismo de movilidad que estimula la demanda de jugar con la insatisfacción propia del deseo de consumo».
En las redes alguien les recriminaba: «La frase 'tourists go home' es fea y no centra el problema. Los turistas viajan como viajáis vosotros. ¿O nunca viajáis a Berlin...etcétera?». Preguntamos a sus anónimos portavoces: «Sabemos que el turismo es la industria más grande del mundo pero, ¿a qué precio? El 3,5% de la población mundial viaja, pero eso no justifica el desgaste cultural, la contaminación y la mercantilización del territorio. Queremos vivir, no sobrevivir». Otro les recrimina: «No creo que la mejor manera de luchar contra los turistas sea tirarle piedras a la gente que crees que son turistas», «¿Hay algún plan B si los turistas realmente go home? Porque casi todos que conozco trabajan en la industria del turismo. Y la última vez que estuve en Portixol solo había españoles», algo que también ha podido confirmar este diario, escuchando las voces, o el silencio de un grupo claramente asiático. Sin embargo, ellos responden: «Vivimos y sabemos de lo que estamos hablando. Todos sufrimos las consecuencias negativas asociadas al proceso turístico, todos los días. Y no es verdad que vivimos del turismo».
Aportan datos. En concreto, los del índice AROPE, que mide el riesgo de pobreza o exclusión social para el Institut Valencià d'Estadística (IVE), y que coloca a la Marina Alta a la cola de la Comunidad, con el 35,6% de la población en riesgo de pobreza. A lo que añaden la saturación de los servicios públicos como las basuras, el transporte y el agua, provocando cortes de suministro que hacen que desaparezca durante semanas el agua potable.
En los pueblos de la Marina Alta ahora se baila flamenco y, casi cada día, se celebra una Oktoberfest. «Es un problema estructural. Se acaban reconociendo como símbolos propios aquellos que no lo son. Y mientras que los gobiernos dan prioridad a un modelo cultural diseñado para los turistas, nuestra cultura pierde espacio». Exponen el caso extremo de Poble Nou de Benitatxel, una montaña llena de ingleses, alemanes y holandeses, con negocios, comercios y escuelas propias. El 62% del censo de Benitatxel es extranjero, lo que ha llevado al Ayuntamiento a promover este verano la insólita campaña «Conéctate a tu pueblo», destinada a «acercar a esta población información útil sobre el municipio».
Por suerte, les decimos, se está acabando el verano: «¿Pero te crees que a finales de agosto se comenzarán a vaciar las playas, las terrazas de los restaurantes ya no estarán tan llenas y las personas que viven en la Marina Alta volverán a respirar un poco de tranquilidad? ¿Crees que las carreteras estarán menos ocupadas, las tiendas de recuerdos no tan abarrotadas y que aparcar ya no sea una odisea? Spoiler. No. El turismo se ha convertido en una parte fundamental de nuestra vida cotidiana. Ya es una realidad omnipresente».



