Hagamos un ejercicio rápido de cálculo mental. ¿Cuántos idiotas diría que se ha cruzado por la calle en la última semana? O mejor: ¿cuántas personas realmente gilipollas ha visto en la tele últimamente? Puede que haya perdido la cuenta. ¿Cuántas veces ha pensado que estamos en manos de auténticos imbéciles? Dese un paseo por cualquier red social y diga si tiene o no la sensación de que, incluso en estos tiempos, no hay mayor amenaza que el virus de la estupidez.
Decía Quevedo, que de tonto no tenía un pelo, que todos los que parecen estúpidos lo son y que, además, también lo son la mitad de los que no lo parecen. Así que, en efecto, estamos rodeados. Es posible incluso que usted sea un imbécil y no lo sepa. Incluso que este reportaje sea una soberana idiotez.
Para arrojar un poco de luz sobre el tema, hemos recurrido a dos filósofos. Uno es experto en gilipollas y el otro, en idiotas. Literal.
El francés Maxime Rovere es Doctor en Filosofía y profesor en la Universidad Católica de Río de Janeiro y acaba de publicar en España un ensayo que funciona como un manual de supervivencia entre tanta estulticia. Se llama ¿Qué hacemos con los idiotas? (ed. Paidós) y responde tres preguntas fundamentales. Por qué gobiernan los idiotas. Por qué los idiotas ganan siempre. Y por que sé multiplican los idiotas como si fueran esporas bacterianas del coronavirus.
"Cuando te topas con un idiota se instaura de forma inmediata algo que hace que tu propia inteligencia decaiga", advierte Rovere. "Una de las principales características de la gilipollez es que absorbe en cierto modo tu capacidad de análisis y, por una extraña propiedad, te obliga siempre a hablar en su lengua, a entrar en su juego, a pisar su terreno".
- ¿Cuándo se cruzó usted por última vez con un idiota?
- Hace unos segundos, en mi espejo.
Los idiotas no son mayoría pero la mayoría casi siempre es idiota
Rovere censura en su libro la obsesión de los filósofos clásicos por desentrañar el significado del concepto. Intelectualizaron tanto la idea de la idiotez que se olvidaron de algo fundamental: los idiotas. Empezando por uno mismo. "Los idiotas son un problema mucho más importante y delicado que la propia idiotez", sostiene el pensador francés, que retrata un sistema en el que los imbéciles alcanzan el éxito e incluso el poder por su extraordinaria capacidad para amoldarse a la media, para "encarnarse en la mediocridad".
"Los idiotas no son mayoría -teoriza en su libro- pero la mayoría casi siempre es idiota".
- ¿El idiota, entonces, nace o se hace?
- Nadie puede ser permanentemente idiota. La clave siempre es la interacción.
- ¿Cómo reconocemos a uno de ellos?
- Tal y como yo lo entiendo, el idiota no describe a una persona, sino a una interacción entre personas. En cualquier situación en la que tus emociones se inclinen por provocar un conflicto, probablemente haya alguien frente a ti que se está comportando como un imbécil, pero también hay otro imbécil que está naciendo dentro de ti. Yo diría que los idiotas siempre van en pareja: el que identificas y tú mismo.
- ¿Y por qué tenemos la impresión de que cada vez hay más?
- Porque el número y la variedad de nuestras interacciones aumentan, incluso durante este confinamiento ha pasado. A medida que las interacciones se multiplican, se producen más malentendidos y más problemas de comunicación, y cada vez más personas creen que el otro es idiota.
Maxime Rovere responde a través del correo electrónico durante el confinamiento por culpa de una pandemia que no sólo retrasó dos meses la publicación de su libro en España, sino que también le ha dado una nueva dimensión a la idiotez en nuestra sociedad. El coronavirus no sólo nos ha dejado numerosos ejemplos de imbecilidad en todos los niveles, sino que, según el autor, ha extendido las sospechas. "Ante una situación tan nueva como esta, ya no sabes quiénes son los idiotas". Ya no sabemos quiénes se han contagiado.
La pandemia del coronavirus está ayudando a resolver otra pandemia, la de los gilipollas
En esto difiere de nuestro otro experto en la materia. "Yo creo que la crisis nos ha hecho a todos un poco menos imbéciles", defiende Aaron James. "Es verdad que al principio hubo un problema de acumulación de papel higiénico -bromea- pero, en general, creo que el virus nos ha alertado sobre el hecho de que todos somos vulnerables y dependemos de la cooperación con los demás. Al final, un virus está curando a otro. La pandemia del coronavirus está ayudando a resolver otra pandemia, la de los gilipollas".
James es profesor de Filosofía en la Universidad de California y en 2012 escribió otro libro titulado directamente Gilipollas. Una Teoría, un ensayo que navegaba por la naturaleza humana para descifrar el comportamiento de quienes son incorregiblemente gilipollas (assholes, en inglés, que es mucho más gráfico).
De aquel libro salió un documental que emite esta noche el canal Odisea (22:30 horas) y que, siguiendo la tesis del profesor, salió a la calle a detectar gilipollas. "Cuando leí el libro me di cuenta de que lo que estaba describiendo era una especie de ambiente tóxico que estaba aumentando potencialmente, y quería hacer una película que realmente rechazara este comportamiento", cuenta a Papel John Walker, director de la cinta.
A diferencia del tratado sobre los idiotas de Rovere, que viaja hasta los filósofos griegos, Aaron James defiende que el concepto de gilipollas es relativamente nuevo y sitúa su origen en las quejas de los soldados contra sus superiores durante la II Guerra Mundial. Su teoría sostiene que el auténtico gilipollas es generalmente un hombre (sí, un hombre) que cree tener privilegios especiales en la vida basándose en una arraigada sensación de superioridad que le hace inmune a las quejas de los demás. Piensen en el típico imbécil que te adelanta por la derecha a 200 km/h en la M-30 o el que se cuela en la cola del cine o del supermercado porque sencillamente cree tener más prisa que tú. Piensen en Donald Trump.
"Si nunca duda ante las objeciones de los demás, si se atrinchera en su actitud defensiva, esa es una clara señal de pensamiento imbécil", explica el filósofo americano, que presenta en su libro un ecosistema nutrido de gilipollas en el que hay infinitas variedades, como si cada gilipollas fuera un tipo de hongo venenoso. Tenemos el gilipollas grosero, el engreído, el jefe gilipollas, el narcisista, el sexista, el temerario o los nuevos gilipollas, que se reproducen, en efecto, como setas.
Nadie nace gilipollas, pero sí estamos socializados para convertirnos en uno de ellos
"Nadie nace gilipollas, pero sí estamos socializados para convertirnos en uno de ellos, especialmente los hombres, que muy pronto creemos tener derechos especiales", responde James desde California. "El tipo de cultura que tenemos determina cuántos idiotas hay. Y últimamente nuestra cultura se ha vuelto bastante insensata, así que creo que produce más y más imbéciles".
- ¿Se están apoderando los gilipollas del mundo?
- Creo que sí hay un estilo de político gilipollas que se está apoderando del mundo y es un fenómeno anterior a Trump, aunque Trump sea un gran ejemplo. Es seguramente la persona más poderosa del mundo y un imbécil por excelencia.
- ¿Y por qué triunfan?
- Los gilipollas tienen éxito porque son desvergonzados y la desvergüenza es una gran ventaja sobre las personas que están abiertas a escuchar la opinión de los demás y a preguntarse si algo está bien o mal. Además son buenos dando a otras personas lo que quieren, a menudo son encantadores.
Escribe Maxime Rovere en su libro que los problemas que plantean hoy los idiotas a nuestra sociedad son tan serios como los problemas más serios que hayan tratado nunca los filósofos y concluye que, "como es estructuralmente imposible reconciliarse con los idiotas, pues ellos mismos no lo desean, no habrá más remedio que soportarlos".
"Hay una cura contra la idiotez que se llama benevolencia, paciencia y generosidad, pero el problema no es la cura, sino el médico", insiste también vía email. "Los filósofos pueden prescribir estas virtudes, pero debes descubrir tú mismo cómo aplicarlas en todas las circunstancias, especialmente cuando pierdes los estribos y no hay nadie cerca para ayudarte".
La idiotez ha sido y seguirá siéndolo siempre la primera causa de muerte entre los humanos
Comparte Rovere con James que nuestra actual cultura exhibicionista, alimentada por las redes sociales y la exaltación de los emociones, por la emocracia que nos gobierna, es una fábrica inagotable de imbecilidad. "Las redes sociales ha creado nuevas oportunidades para la gilipollez que todavía no hemos aprendido a manejar", explica James. "En lugar de hablar con una persona cara a cara y asumiendo cierta responsabilidad en función de la reacción del otro, ahora ponemos un tuit o subimos algo a Facebook y nos despreocupamos de si ofende o no a los demás. Si encima me aplauden, eso me incentiva a decir cosas potencialmente ofensivas y no a comunicarme de una manera diseñada para hablar con otras personas, más cerca del acuerdo".
"Es un efecto de bola de nieve", añade Rovere. "Un mensaje estúpido puede ser leído por gente estúpida que está de acuerdo o por gente estúpida que no lo está. Conforme ellos tuiteen en lugar de mantener una conversación razonada, toda la discusión se convertirá en un buen ejemplo de lo que es la idiotez: un efecto emergente de interacciones".
Sostiene el autor de ¿Qué hacemos con los idiotas? que no hay idiota más poderoso que uno mismo. "En mi mundo, el más idiota soy yo. Soy capaz de generarle problemas a mi pareja, que es algo que ni siquiera Trump o Bolsonaro pueden hacer, porque no tienen acceso a mi habitación", bromea.
Y dice que no ha cometido mayor idiotez en su vida que nacer, "un acto audaz e incontrolado del que todavía no puedo manejar las consecuencias".
- ¿Qué es más peligroso ahora mismo: el coronavirus o el virus de la idiotez?
- La idiotez ha sido y seguirá siéndolo siempre la primera causa de muerte entre los humanos y también de buena parte de otras formas de vida... Aunque también es verdad que ha traído a muchos bebés a este mundo.
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