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Esa España Nuestra

Juan Luis Cebrián: "He visitado al rey Juan Carlos en Abu Dhabi y vive solo, en un sitio anodino... Da una pena terrible"

Periodista clave de la democracia, testigo directo de la Transición y figura acostumbrada a imponer respeto... o miedo. Repasa lo que fuimos y lo que somos sin rendirse: "Los españoles no tenemos que ser guerracivilistas por naturaleza"

Juan Luis Cebrián:  "He visitado al rey Juan Carlos en Abu Dhabi y vive solo, en un sitio anodino... Da una pena terrible"
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Juan Luis Cebrián (Madrid, 1944) impone más por quien ha sido que por su actitud… al menos ahora. Tiene 81 años impecables, ríe mucho, piensa rápido y es probable que le preguntes por la Transición y te hable de Simón Bolívar, pero nunca es un despiste o un cambio de tema. Siempre llega al destino aunque sea por el camino largo. Fundador y primer director de ‘El País’ y actual académico de la Lengua, es una figura clave de la democracia.

¿Qué hemos hecho con la España que construyeron hace 50 años?
En primer lugar, en la política y en las relaciones sociales nunca se construye algo que no se mueva, que no evolucione en un sentido o en otro. Y la Transición, desde mi punto de vista, tuvo fundamentalmente dos defectos desde el inicio. El primero, el Título VIII de la Constitución, sobre la organización territorial del Estado. Lo que muchos pretendían, y tenían razón, era hacer una España federal, pero al comienzo de la Transición todo el ejército era franquista y el federalismo se ligaba a la República, así que se hizo un acuerdo imaginativo e interesante, la España de las autonomías, que ahora está completamente desfasada.
¿Por qué?
La Constitución tiene el defecto de que cualquier país federal tiene en su pacto constitucional una lista clara de atribuciones y cometidos exclusivos e indelegables del Gobierno central, otra de atribuciones potencialmente compartidas con las autonomías o estados federales y otra de atribuciones exclusivas de estos últimos. Eso es elemental en la teoría del federalismo y muy fácil de aplicar, porque hay muchos ejemplos en los que inspirarse, especialmente el alemán que es en el que se inspiró nuestra Constitución, pero entre las tensiones con los independentistas catalanes y vascos, la actividad terrorista de ETA y la sombra de ese ejército franquista, ese Título VIII salió redactado muy confusamente y hubiera sido necesario que, años más tarde, se cambiara. Aún es necesario si queremos que siga adelante la Constitución del 78. Cambiar eso y alguna cosa menor como la preferencia del varón en la sucesión monárquica, que era una cosa coyuntural y sin sentido.
Dice que la Transición tuvo dos defectos de inicio. Si el primero es la redacción del sistema autonómico, ¿cuál es el segundo?
El otro tema que hay que cambiar y es fácil de solucionar, teóricamente, es la ley electoral. Al ser de listas cerradas y bloqueadas ha llevado a que esto más que una democracia es una partitocracia porque los diputados no deben su puesto a los electores. Aquí la gente vota a los partidos y no a los candidatos, que tienen que negociar sus puestos en las listas con los secretarios de organización y los presidentes de los partidos. En el caso del PSOE actual, nada menos que con Ábalos y Santos Cerdán. Por lo tanto, los diputados solo obedecen a la cúpula del partido, no a sus electores. Además, saben que, si no obedecen, se juegan su futuro político y acaban siendo empleados del partido y no representantes de la voluntad popular. Esto ya lo dijo, paradójicamente, Podemos con el famoso "no nos representan" del 15-M. Tenían razón, pero luego descubrimos que tampoco nos representaban los de Podemos.
Para saber más

¿Comparte la teoría de, entre otros, José Luis Garci de que los españoles nunca nos hemos querido los unos a los otros?
Yo no soy de esa opinión. Tuvimos un siglo XIX muy caótico porque comenzó con las independencias de las colonias, que en realidad eran virreinatos y provincias de España y encabezaron fundamentalmente criollos como Simón Bolívar. Las guerras civiles, dinásticas y de todo tipo que tuvimos en el XIX coincidieron con las guerras civiles que hubo en América y, mientras Portugal se inventa un imperio y mantiene unida a Brasil, la América hispana se fragmenta. No sé cómo se enseña todo esto ahora, pero se enseñó muy mal a la generación de los que hicimos la Transición. En las escuelas sólo nos enseñaban eslóganes franquistas de que España tenía voluntad de imperio y no nos enseñaron realmente cómo se forja el Estado español después de la pérdida de los territorios americanos, pero yo no creo eso de que los españoles tenemos que ser guerracivilistas por naturaleza. De hecho, hay que decir que la Guerra Civil española en gran medida fue atizada por potencias extranjeras y fue un prólogo de la Segunda Guerra Mundial y de los intentos italianos y alemanes de gobernar toda Europa con el fascismo.
O sea, que la división no fue social e ideológica sino forzada.
Para entender la Guerra Civil y lo de las dos Españas, yo vengo de una familia franquista. Mi padre fue alférez provisional, falangista y director del periódico ‘Arriba’. Mi abuelo era coronel y médico de la Armada, había sido el inspector general de la Cruz Roja, que estaba militarizada durante la República, y era del partido de Melquíades Álvarez, de derecha centrista. Era un militar, casado con una hija de otro militar que fue médico de Espartero. De hecho, tengo en casa un bastón de mando regalado por Espartero a mi bisabuelo. Bien, pues siendo más de derechas que nadie, le metieron en la cárcel los franquistas y tuvo que sacarlo luego mi padre porque le había tocado la guerra en Madrid. Y de eso dependía casi todo, si te pillaba en Burgos o en Madrid. No podías elegir bando y esa es una España que la gente no ha entendido. La Guerra Civil fue de verdad una guerra entre hermanos, padres e hijos. Fue espantosa.
Antes de la democracia, usted también fue alto cargo en medios controlados por el franquismo como el diario ‘Pueblo’ o RTVE. A menudo se le ha echado en cara que ese pasado deslegitima su posición como referente progresista al frente de ‘El País’.
Uno no elige en qué familia nace, en qué país nace ni cuándo nace. Mi padre era hijo de la élite militar y vivía en el barrio de Salamanca y yo no tuve ni voz ni voto sobre crecer en ese contexto. Él fue al colegio del Pilar, yo fui al colegio del Pilar y cuando salí hice una promesa. Yo sólo he cumplido dos promesas en mi vida y la primera fue que no llevaría a mis hijos al colegio del Pilar de ninguna manera y ninguno de los seis ha ido. La segunda promesa la hice al salir de Televisión Española. Dimití a los ocho meses y prometí que nunca jamás trabajaría para la administración o la empresa pública ni tendría un sueldo que dependiera del Estado. Y lo cumplí. Mi familia es mi familia y mis actos son mis actos.
¿Idealizamos eso de que en la Transición se priorizó el interés general a la ideología?
No, no lo hemos idealizado. La Transición y mi generación, que fuimos los que estuvimos ahí más en primera línea, fuimos fundamentalmente pragmáticos. Ya después de mayo del 68, los jóvenes empezamos a ver las cosas de otra manera. No teníamos los problemas de empleo que tienen ahora, el país se desarrolló industrialmente durante esa década en la que hubo mucha emigración interior, la Cataluña de hoy la construyeron los andaluces y los murcianos, y empezamos a viajar. Yo tenía 15 años la primera vez que salí del país, fui a Lourdes con el colegio, y España era un gueto, pero luego llegan los americanos, llega el turismo, en verano de repente salías a estudiar a Francia o a Italia y lo que queríamos era ser como ellos. Queríamos sindicatos libres y mejores carreteras. Desde finales de los 60, lo que la gente quería era que se muriera Franco de una puñetera vez. Los primeros, los franquistas.
¿También estaban hartos?
Claro, por eso no hubo que pedirles mucho a los procuradores para que aprobaran la Ley de Reforma Política. Mi padre fue uno de los que se hizo el harakiri. La única vez que fue procurador fue al final del Régimen y lo único que hizo en las Cortes fue votar la Ley que los mandó a todos a tomar por saco. Te quiero decir con esto que la verdad es que, empezando por los franquistas, todo el mundo estaba deseando que se muriera Franco porque era el tapón para la incorporación a Europa y la modernidad.
¿No había, entonces, tantos nostálgicos como se piensa ni fue tan difícil establecer la democracia?
El regreso a la dictadura fundamentalmente tenía el apoyo del Ejército, que era militantemente franquista porque era heredero del ejército que había ganado la Guerra Civil. Vuelvo a decir que en todos los análisis políticos que se hacen en España se olvida que en la Guerra Civil murieron los que fueran, porque nunca se han contado bien, Gironella decía que hubo un millón de muertos y otros dicen que 300.000. Da igual. Murieron cientos de miles y además hubo una postguerra de una violencia tremenda, pero al final todo el mundo, de un lado y del otro, quería tener un país como Francia, Italia o Portugal. La amenaza era el Ejército, pero estaba solo. Yo he vivido cómo se hizo la Transición y la hicieron fundamentalmente los franquistas y los comunistas.
¿Y el PSOE?
Se añade después. Ten en cuenta que es un partido socialista del que echan a Felipe González porque dice que hay que renunciar al marxismo. Se va, hay una comisión gestora mientras está fuera y le reclaman que vuelva para que haga la socialdemocracia, porque quienes influían en Felipe eran Willy Brandt, canciller alemán que además había estado en la Guerra Civil, y Olof Palme, presidente de Suecia. Toda la socialdemocracia europea le respaldaba porque no quería que el PSOE fuera un partido marxista.
Cuenta Mario Conde que Alfonso Guerra decía que Felipe ni siquiera era socialista, que lo que le hubiera gustado es liderar un partido democristiano.
Bueno, Alfonso también era uno y ahora es otro. Yo tenía fama de felipista y las relaciones con Alfonso fueron siempre, si no difíciles, sí diferentes. Ahora he coincidido con él varias veces y está muy a mi derecha [risas].
Felipe, Guerra, usted… ¿Se han vuelto todos de derechas?
No te olvides de Fernando Savater y Félix de Azúa. Otros dos nazis. No creo que nos hayamos vuelto más de derechas. Lo que ha pasado es que nosotros queríamos una democracia europea liberal, libertad de prensa, un Parlamento que legislara, independencia judicial, que ese ha sido otro problema porque muchos jueces estaban ligados al franquismo. En definitiva, queríamos una España moderna, que creo que es lo que han logrado estos 50 años desde la Transición. Lo que dijo Guerra de que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió resultó auténticamente cierto.
¿Sigue siendo un hombre progresista o no?
¿Yo? Mira, los que se consideran progresistas o conservadores me dan mucha risa. Todo el mundo tiene derecho a decir lo que quiera y a trabajar por la igualdad social sin que le molesten y sin molestar a los demás. La realidad es que mi formación política está clara. Yo estuve en el grupo fundador de ‘Cuadernos para el Diálogo’ [revista de referencia para el progresismo de los últimos 15 años de franquismo] cuando tenía 18 años. En el primer número hay cinco nombres que aparecen y uno es el mío, que publiqué un artículo titulado ‘Diálogo para la acción’, que defendía que la praxis marxista había que estudiarla. Allí coincidí con Gregorio Peces-Barba, aún estudiante de quinto de Derecho, que me quiso hacer militante de la Democracia Cristiana, que era ilegal, y le dije que yo no quería pertenecer a nada. Jamás he querido pertenecer a algo que no fuera una redacción.
¿Cómo acaba fundando y dirigiendo un periódico tan definido políticamente como fue ‘El País’?
Para entender cómo sale ‘El País’ y por qué se convierte en la imagen de la izquierda, hay que ir un poco atrás. Cuando me ofrecen ir a Televisión Española, en 1974, hablo con un cuñado mío que era miembro del Partido Comunista y del equipo de seguridad de Dolores Ibárruri. Era tan fanático que era arquitecto y lo dejó para estar con La Pasionaria. Me dijo que lo cogiera porque era donde había que estar cuando muriera Franco, pero el caso es que a los ocho meses Franco echa a Pío Cabanillas [ministro de Información] por aperturista y yo esa tarde dimito y me voy, sin pelear siquiera la indemnización que me correspondía. Me gustaba tan poco aquello que irme era una liberación de la hostia. Ese gesto fue muy valorado por Pío Cabanillas porque soy el primero en seguirle. Luego dimitió Francisco Fernández Ordóñez, que estaba en el INI, y el que no dimitió fue Boyer, que seguía allí de jefe. A partir de ahí, empiezo a tener una relación con el núcleo que estaba planeando crear ‘El País’.
¿Quiénes eran?
Un grupo muy variado donde Manuel Fraga presumía de ser el amo, pero también estaban José Ortega Spottorno, el propio Cabanillas o Ramón Tamames, que entonces pertenecía al comité central del Partido Comunista y lo había llevado Ortega, porque era autor de su editorial, Alianza. En ese grupo me empecé a mover y estaba todo muy mezclado, por así decirlo. Yo estaba de subdirector de ‘Informaciones’ y el director era Jesús de la Serna, al que le ofrecen dirigir el nuevo periódico. Yo le animé para irnos juntos, pero el consejero delegado de ‘Informaciones’ era su hermano Víctor y lo rechazó. Entonces se lo ofrecieron a Miguel Delibes, que dirigía entonces ‘El norte de Castilla’ y también dijo que no. El siguiente fue Vicente Gallego, que era un periodista republicano muy reconocido y muy mayor…

¿También dijo que no?
No. Este dijo que sí, pero que necesitaba a alguien que trabajara en el periódico y me ofrecieron a mí ser director adjunto, pero luego Gallego se lo pensó mejor y dijo que eso de sacar un periódico nuevo era muy complicado, que ya no estaba para esos trotes y ya no les quedó más remedio que ponerme a mí [risas]. El siguiente problema fue que nadie tenía la mayoría del periódico. El que más controlaba era Fraga, que tenía un 18% repartido entre amiguetes, y el que más tenía a título propio era Ortega, con un 8%, pero ahí tenía acciones todo el mundo. Había muchas tensiones antes de sacar el periódico porque todo el mundo quería meter mano y la diversidad ideológica era total. A esa Junta de Fundadores no pertenecíamos ni Jesús Polanco ni yo y se creían la esencia. Así que me cansé y hablé con Polanco: "Mira, si queremos sacar esto adelante, hagamos un pacto. Yo dirijo el periódico, contrato a los redactores y digo lo que se publica y tú te encargas de la administración de la empresa y de los accionistas". Y así nace ‘El País’ en 1976.
Bien, ¿y cómo un periódico en cuya fundación son claves ex ministros franquistas como Fraga o Cabanillas se posiciona a la izquierda?
El titular que puse en la portada del primer número decía que la legalización de los partidos era esencial. Ya nos posicionamos en el debate sobre el PCE porque Adolfo Suárez había dicho que legalizaría todos los partidos salvo los que tenían obediencia internacional, lo que dejaba fuera al Partido Comunista. Por cierto, el PSOE estaba dispuesto a firmar aquello, arreglar lo suyo y los otros ya se apañaron [risas], pero nosotros creíamos que tenían que legalizar a todos. Eso ya, que era una opinión sobre un tema concreto, nos posiciona de inicio, pero el otro motivo, seguramente el principal, es que entonces nadie hablaba de la izquierda. La izquierda no existía en los medios y decidimos que había que darle voz. De hecho, en el primer número escribe Rafael Alberti. De todos modos, no me quiero hacer el héroe de la justicia, también había un motivo comercial. Era justo que la izquierda tuviera voz en un periódico diario, pero también era bueno dársela porque nos iba a comprar mucha gente.
El 23-F, cuando deciden sacar una edición especial por la noche apoyando a la democracia, ¿fue su día más difícil?
Fue el día más digno, el más difícil para mí fue cuando, en 1978, estalló una bomba de la extrema derecha que iba dirigida a mí y mató a un botones de 18 años. Es una cosa que me ha acompañado toda la vida. El 23-F era una fecha importante para mí porque yo tenía entonces una pareja, que era activista marxista pero hija de un general de artillería que se murió sin saber que yo viví ocho años con ella [risas]. ¿Ves cómo todo estaba mezclado y que eso de dividir España en dos no cuadra?
Sí, me queda claro.
La cuestión es que el 23 de febrero era su cumpleaños y lo celebrábamos comiendo juntos. Cuando volví al periódico, puse la radio y escuché en directo todo lo que estaba pasando en el Congreso. Yo estaba entonces bajo protección policial, porque he vivido con escolta y protección domiciliaria casi 40 años, lo que no evitó que me aplicaran la Ley Antiterrorista cuando los GRAPO secuestraron a Oriol Urquijo. Nada ha sido gratis. Metieron doce guardias civiles con metralleta en mi casa para buscarlo. Tenía un chalet adosado y miraron en la caseta de la depuradora de la piscina. Era mentira todo, pero para meterme miedo. El 23-F mi escolta me dijo que tenía que irse porque les habían convocado en la Dirección General de la Policía. Reuní a medio consejo de redacción en mi despacho, cerramos las puertas y lo primero que hice fue llamar a Zarzuela. Hablé mucho con Sabino Fernández Campo, entre otras cosas porque al día siguiente tenía audiencia con Juan Carlos de Borbón y habría que anularla.
No parecía el día.
No. Luego hablé con Diego Carcedo, para ver qué pasaba en TVE, y me saludó: "Te hablo delante del teniente nosequé" y una amiga redactora me llamó para decirme que estaban entrando los soldados en Prado del Rey. Puse a un grupo de gente a contactar con los periódicos extranjeros para decirles que había un golpe de Estado y que no colgaran los teléfonos, porque había vivido como subdirector de ‘Informaciones’ la invasión de Checoslovaquia en el 68 y me acordaba de un periodista checoslovaco anunciando en la televisión que les invadían. Entonces, tuvimos contacto abierto durante horas con 'The New York Times', con 'Le Monde', con 'The Times', con 'La Repubblica' y con 'Süddeutsche Zeitung'. En Portugal, llamé al presidente del Gobierno, Pinto Balsemao, con el que tenía amistad, y me ofreció asilo, pero lo que yo quería era informarle y que llamara al Rey, que había sido su compañero de colegio, para reforzarle.
¿El rey Juan Carlos dudó a quién apoyar o estuvo firmemente con la democracia?
Cada dos por tres leo sobre la tardanza del Rey en salir y esa tardanza está explicadísima. Milans del Bosch sacó los tanques a la calle y estaba esperando a ver qué hacía la base de Manises. Hasta que no supo que estaba dispuesta a mandar a los cazas a bombardear a los tanques, no salió, pero es normal, tenía que conocer la situación. No podía salir antes.
¿Esperó a ver qué viento soplaba antes de posicionarse?
No es eso. Esperó a ver si no le daban el golpe también a él, porque los militares estaban contra Adolfo Suárez. Suárez dimite porque ve que si sigue ahí va a pasar algo grave. Dimite para evitar el golpe de Estado porque él sabía, se lo había contado el Rey, que los militares no hacían más que ir a verle para meterse con Suárez y llamarle traidor por ser un falangista que había quitado el yugo y las flechas de los sitios. Entonces, dimite pensando que mientras siga de presidente no puede mejorar el tema y asentarse el cambio. Es mentira que el Rey le pidiera que se fuera y fue valiente porque todos conocíamos la fragilidad del sistema. El 23-F, cuando hablamos con los gobiernos extranjeros para pedir reacciones, con militares disparando en el Congreso, el secretario de Estado americano nos dijo que era una cuestión interna española y la Conferencia Episcopal, que prudencia a ver qué pasaba.
Si caía la democracia, no se iba a mover nadie, vamos.
Ni dios. Por eso te digo que es normal que el Rey esperara antes de salir, pero que su posición nunca estuvo en duda. El Rey estaba abiertamente con la democracia. Abierta y decididamente. Lo que pasa es que la situación era muy compleja, había muchas dudas. Yo mismo decidí sacar el periódico contra la opinión de Jesús Polanco y de José Ortega, que preferían esperar.
Ahí sí decidió sin saber si los suyos iban a ganar o iban a perder.
No tenía ni idea, pero lo que sí sabía es que si salía el periódico, aún podíamos perder. Pero si no salíamos, perdíamos seguro. Eso era lo que yo pensaba. Lo siguiente era repartirlo, porque los kioscos están cerrados, pero el Comité de Empresa me dijo que estaban dispuestos a venderlo en la calle. Javier Pradera, director de Opinión, y Jesús Hermida, que entonces llevaba el dominical, me apoyaron sin duda. El editorial lo escribió Javier y el titular famoso de "El País, con la Constitución " lo hicimos entre Hermida y yo, jugando con la ambivalencia entre el nombre el periódico y España. Enviamos el periódico al Palace y allí estaba el general Sáenz de Santamaría, que era el que había organizado el registro de mi casa por Ley Antiterrorista y nos hicimos amigos a raíz de eso, e hizo que metieran ejemplares en Las Cortes. Pepe Bono cuenta que se fue a mear y vio al golpista que vigilaba los baños leyendo ‘El País’. Luego, el propio Tejero apareció leyéndolo en el hemiciclo. Cuando allí vieron que el periódico había salido, entendieron que el golpe no había triunfado fuera. Unos meses después coincidí con el rey Juan Carlos en un acto y me dijo: "Coño, no viniste a la audiencia" [risas].
¿En serio?
Sí, sí. Le expliqué que no era el día y me respondió: "Bueno, pues vente mañana". Y fui y fue el día del asalto al Banco Central de Barcelona. Le dije: "Ya no vengo más".
Ahora que está de actualidad con sus memorias y la celebración, esta semana, de los 50 años de monarquía, ¿es justo que se le haya apartado de los actos institucionales?
Te voy a contestar con una frase de Paul Preston, historiador británico, biógrafo de Franco, y del Rey, republicano y laborista. Poco sospechoso en este tema. En un artículo escrito después de la abdicación, dice que la Historia recordará a Juan Carlos I como el rey que trajo la democracia a España y la defendió el 23-F, que luego hizo cosas que no se deben hacer, pero que lo segundo jamás puede opacar lo primero. Yo pienso igual. Además, por cierto, dimitió en un país donde no dimite nadie.
A ver, o abdicaba o tenía pinta de llevarse la monarquía por delante.
No digo que no tuviera motivos, pero valoro que lo hiciera. Y, luego, es absolutamente falso todo eso de que es inmensamente rico. Yo le he pedido favores al Rey, concretamente le pedí ayuda para que invirtieran los qataríes en PRISA, y aún estoy esperando que alguien del Ibex diga que le ha pagado una comisión y de todo el dinero que ha hecho el Ibex en América Latina se le debe mucho al Rey. He estado visitándole recientemente en Abu Dhabi. Vive en un chalet a media hora de navegación de la ciudad, en un sitio anodino, solo... Yo no quiero vivir así mi vejez, no da ninguna envidia. En realidad, da una pena terrible. Me preguntabas si es justo que no se le haya invitado a la celebración de su propia coronación y no sé si es justo o injusto, pero es incomprensible. Pero hay tantos absurdos gubernamentales con aquella época.
¿Cuál más?
Pues que haya 20 millones dedicados a meterse con Franco, ya se podían haber metido con Franco durante el franquismo… Entonces, toda la resistencia de izquierda la hizo el Partido Comunista, el Partido Socialista no existía. El PSOE resucita con los vascos, con Nicolás Redondo padre, que es el que, junto con los de la tortilla de Sevilla, pone a Felipe González al frente. Sin Nicolás Redondo y Enrique Múgica, Felipe no hubiera sido nunca secretario general y el PSOE no habría gobernado. Y ahora resulta que Nicolás Redondo hijo le echan del partido y a Felipe le quieren echar. No saben ni lo que es el PSOE.

Siempre se le acusó de ser el brazo periodístico del felipismo.
En contra de lo que se dice, nuestra relación no siempre ha sido buena. Fue muy buena al principio, en la oposición, porque nosotros creíamos que un partido socialdemócrata era necesario para que la democracia funcionara. Claro. La UCD era falangista, coño, que yo conocía a todos los franquistas, que había estado con ellos [risas]. El PSOE en ese momento era indispensable. De hecho, la mitad del Partido Comunista eran compañeros míos de la universidad y se pasaron al socialismo en cuanto la cosa empezó a funcionar. No se pasó Carrillo de milagro y por imagen. La verdad es que Felipe cambió el país. Felipe hizo autovías cuando no teníamos ni carreteras. Se las inventó Borrell, con quien me llevé muy mal, pero eso hay que reconocerlo y todavía la gente de fuera se queda admirada con la red de autovías y carreteras que circundan Madrid.
¿Cuándo se llevó mal con Felipe González, entonces?
Hubo dos razones fundamentales por las que nos llevamos mal. La más importante fueron los GAL y la otra fue la entrada en la OTAN. Yo no era parte del equipo de Felipe. Nos veíamos mucho, hablábamos y teníamos amistad, pero ya. Cuando ganó la primera vez, me reuní con él y me preguntó qué quería ser. Le dije: "Quiero ser director de ‘El País’". Punto. Cuando la OTAN, Javier Pradera firmó un manifiesto a favor de entrar, el defensor del lector me preguntó qué opinaba de eso y dije: "Aquí todo el mundo tiene libertad de opinión, pero la línea editorial del periódico la marca el director, no el director de opinión." Javier se cabreó y se fue del periódico. Yo no estaba en contra de entrar en la OTAN, estaba en contra de que nos metieran los mismos que habían ganado las elecciones con "OTAN no, bases fuera". Eso a Felipe le sentó muy mal, pero se recondujo más o menos pronto, lo que más nos distanció fue el tema GAL.
‘El País’ no fue precisamente punzante con el tema.
Cuando conocimos la verdad, nuestra oposición fue clara. Hasta tal punto, que Felipe y yo estuvimos dos años sin hablarnos y se enquistó tanto que luego no sabíamos cómo recuperar el buen trato. En el Pilar, fui compañero de Javier Solana y en una cena en su casa, me insistía en que había que arreglar la relación. Le expliqué que yo no pensaba pedir perdón ni nada de eso porque seguía pareciéndome mal lo que se había hecho y, al final, quedamos en que pediríamos una entrevista a Felipe, él nos la daría, iría a hacerla yo y a ver qué pasaba. Funcionó porque, hablando cara a cara, nos reconciliamos.
Tras Felipe, mantuvo una relación tensa, pero operativa con José María Aznar.
Bueno, tuvimos guerras muy duras como el caso Sogecable y varias más. En realidad, la guerra fue más con Miguel Ángel Rodríguez, que fue el que montó todos los tinglados y ahí sigue. Le dije a Isabel Díaz Ayuso que MAR sería el que acabaría con ella igual que fue el que acabó con Aznar. Si el día de los atentados de Atocha Aznar reúne a todos los partidos políticos y declara el estado de excepción, gana las elecciones. Lo que pasa es que Rodríguez se inventa eso que ha sido ETA, pensando que eso les puede venir bien para las elecciones y las pierden cuando ya las tenían ganadas. Es una de las maniobras políticas más torpes de la democracia.
Durante todos esos años fue uno de los hombres más poderosos de España. ¿Cómo se vive con ese nivel de poder? ¿Se pierden las referencias?
No voy a ser tan cínico de decir que no tenía poder, pero yo no lo viví así. Es verdad que se me ponía siempre en las listas de los más influyentes, pero no me interesaba. Una vez me llamó una revista muy famosa a decirme que estaban decidiendo si nombraban el más influyente del año a Mario Conde o a mí y les convencí de que eligieran a Conde. Es verdad que hablaba con el Rey o con el presidente del Gobierno, pero siempre como periodista. Nunca quise más.
¿Se lo ofrecieron?
Sí. Adolfo Suárez me ofreció ser director de Televisión Española y con Felipe supongo que hubiera podido ser ministro o algo, pero es que no quería. Yo quería ser lo que he sido. Me encanta la política, pero me voy a morir sin militar en ningún partido político y me había jurado que no tendría un sueldo público en mi vida.
Me ha regateado un poco con lo del poder.
Quizás lo tuviera, pero nunca he sentido ni su soledad ni su peso, en el sentido de que nunca lo quise ejercer, al menos fuera de una redacción. Dirán que soy muy poderoso, pero mi único poder o el único que he ejercido conscientemente, y ese sí lo he defendido hasta el final, ha sido aquel primer pacto que hice con Polanco: "Tú te encargas de la empresa, yo me encargo del periódico". En el estatuto fundacional de ‘El País’ aparece que el director contrata a los periodistas, organiza el trabajo de la redacción y tiene derecho de veto sobre todo, incluida la publicidad. Cuando conté esto en Estados Unidos me miraba con los ojos como platos. Podría prohibir anuncios, aunque sólo lo hice una vez. Era un anuncio de la embajada de Sudáfrica explicando el apartheid y dije que a tomar por culo.
Pero el poder al que me refiero es hacia fuera. Sobre los Gobiernos, por ejemplo.
[Cebrián sonríe] No me consta, pero te voy a contar una historia de las memorias de Leopoldo Calvo-Sotelo. Cuenta que Paco Fernández Ordóñez se levantó un día en pleno Consejo de Ministros porque le notificaron que tenía una llamada y tardó media hora en volver, dejando al Gobierno allí parado. Cuando volvió, Leopoldo le reprochó que tardara tanto y dijo: "Es que era Cebrián". Y lo entendieron [risas].
Años después, cuando ya era presidente de PRISA, jugó con esa imagen al hacerse una foto en su despacho, mirando la Gran Vía, con un casco de Darth Vader, el villano de 'Star Wars', en la mano.
‘El País’ había llegado a un acuerdo para publicar una revista [‘Jot Down'] que dirigía una tipa estupenda con la que yo me llevaba muy bien y se pactó hacer una entrevista y una portada. Me llamó, me propuso lo de Darth Vader y me pareció una coña divertida. El problema lo tuve después con Antonio Caño [director del diario entonces] y con José Luis Sainz [consejero delegado], que estaban en contra del asunto y querían que yo lo prohibiera. "¿Pero cómo lo voy a prohibir, si he posado para la foto y además me pareció muy divertido?". Al final, se censuró y no salió. A veces creo que los demás me han tomado mucho más en serio que yo mismo.
En 2018 le cesaron como presidente de PRISA y en 2024 le despidieron definitivamente cuando era presidente de honor de ‘El País’. ¿Cómo es que te echen de lo que has construido?
La destitución real es la primera, que es cuando yo tenía un cargo con responsabilidad real. En 2007, teníamos el grupo muy endeudado y yo tenía un acuerdo para vender Canal+ por 4.500 millones de euros, pero Jesús [Polanco] tenía un cáncer terminal, no quería problemas y no se dio el paso. Cuando muere, retomamos la operación, pero entramos en una pugna con Telefónica, que me la juega en el último instante, y cuando finalmente logro tener la mayoría para cerrar la venta ya es septiembre de 2008, quiebra Lehman Brothers y de 4.500 millones la oferta bajó a 1.800 que no solucionaban, ni de lejos, nuestra deuda. Ahí quedamos en una situación de debilidad y empieza una toma del poder por Telefónica en la clandestinidad y la aparición de Joseph Oughourlian [actual presidente y máximo accionista del grupo] en el juego. Tuve relaciones muy conflictivas con él porque siempre he pensado que hubo operaciones delictivas en su entrada en PRISA.
¿Por eso te acaba echando?
Hubo muchas conspiraciones y todo el mundo me decía que Oughourlian me quería echar, pero la que de verdad estaba loca porque me fuera era mi mujer. Tengo una mujer 34 años más joven que yo y estaba hasta los huevos de que estuviera trabajando todo el día. Había pactado con ella que me retiraría y yo también pensaba que era bueno. Negocié con los accionistas y acordé que me iba en diciembre del 2017. Pedí quedarme como presidente del Consejo Editorial y presidente no ejecutivo de ‘El País’ y aceptaron, pero empezaron los problemas internos entre los accionistas y con gente de mi antiguo equipo, que decía que yo seguía con un despacho ahí y no podían actuar con libertad. Me presionaron y dije: "Pues me iré". Y en abril me fui definitivamente y no tuve ningún problema. Ya no cobraba lo que cobraba antes, tenía un buen plan de pensiones y una mujer a la que había prometido dejarlo. Si lo hubiera dejado así, habría sido un buen final.
Pero no.
No. Todo fue bien hasta que se empeñaron en que tenía que ser presidente de honor. Yo dije que no quería, que soy periodista y eso de ser presidente de honor era una coña que no me interesaba. Me negué hasta que mi abogado me dijo que era mejor para todos. Firmé un papel diciendo que era presidente de honor y me ofrecieron escribir, que yo no lo pedí, cuatro artículos al mes. Me dijeron: "No te podemos pagar lo que a Vargas Llosa, pero sí como a Javier Marías". Me parecía un rango más que aceptable [risas], hicimos un contrato renovable anualmente y, 15 días después de quitarme el poder de participar en la elección de directores, echaron a Antonio Caño y a todo su equipo.
La casualidad.
Ese es el día que Pedro Sánchez entra en ‘El País’ y era por lo que yo quería seguir siendo presidente, por lo menos para enterarme. De todos modos, nombraron a Sol Gallego-Díaz, que había sido mi directora adjunta y a la que había propuesto con mi sucesora y ella no quiso; si no, habría sido la segunda directora de ‘El País’. Tenemos una relación estrecha y con ella todo fue bien. Después vino Javier Moreno y exactamente igual. Y un día, un año antes de que pasara, me dice Felipe González: "Zapatero ha dicho que te echen de ‘El País’". No me extrañó nada [risas]. Y, cuando ya se va a ir, Javier Moreno, me llama y me dice: "Te he enviado el contrato para renovarlo". Me sorprendió porque aún me quedaba un mes y me explicó: "Sí, pero van a venir estos y creo que te la van a liar".
Cebrián da su discurso de entrada en la RAE en 1997. Tras él, Felipe González.
Cebrián da su discurso de entrada en la RAE en 1997. Tras él, Felipe González.E.M.

¿Quiénes eran estos?
Los de Zapatero. [José Miguel] Contreras y su gente. Echan a Javier y ponen a Pepa Bueno, a la que yo había llevado a la SER muchos años antes, y cuando se acaba el año de contrato ya me dicen que me van a bajar a dos artículos al mes porque tienen demasiados colaboradores. Le dije que igual yo era un colaborador distinto, pero acepté porque no me apetecen ya peleas por ego. Al año siguiente, echan a Savater y Félix de Azúa se va por solidaridad. En la Academia [RAE] yo me sentaba con Vargas Llosa y con Félix, que me empezó a someter a una presión de la hostia para que me fuera también. "¡Yo no puedo irme de ‘El País’, coño!". Mientras, Álvaro Nieto y Antonio Caño intentaban convencerme de que hiciera un podcast en ‘The Objective’ y al final acordamos que hiciera unas conversaciones con la gente de la Transición. Se anuncia un miércoles que voy a empezar con Felipe y se lía.
A ver, un poco de provocación por su parte era.
De verdad que no. Al día siguiente me está llamando todo el puto día un tipo al que no he visto en mi vida y me comunica que como he incumplido el contrato de exclusividad, han decidido expulsarme y cesarme como presidente de honor. Le digo: "Oye, no he incumplido ningún contrato. La exclusividad es para artículos escritos y no voy a escribir, pero en todo caso el contrato vence en un mes o, si queréis que dimita, yo dimito". Si yo no quería ser presidente de honor y me dijeron que me iban a invitar a todas las fiestas y no me invitaron a nada [risas]. No me concretó y a la media hora empiezo a recibir llamadas de todo dios diciendo que me habían echado. Estaba en la Academia, me fui a casa y a mí nadie me había comunicado nada.
Era el presidente de Schrödinger, estaba muerto y vivo a la vez.
Exacto [risas]. Al día siguiente, escribí a Pepa Bueno para decirle que, ya que ella no llamaba, quería llamarla yo. Andaba muy liada y al final me llamó a las 18:00. Le comenté que era absurda la situación y que creía que la mejor solución era que el lunes publicase un artículo despidiéndome de mis lectores, que eran 48 años con ellos, y enviase una carta de dimisión". Y me dijo que no, que me despedían. Lo que querían era echarme, no que dimitiera y darme una salida digna. En fin, dije que les iba a denunciar, pero no lo he hecho. Todo el mundo tiene problemas con sus hijos y puedes estar cabreadísimo con ellos, pero no le llevas a los tribunales salvo que sea un asesino. Me dolió, no es el final que hubiera deseado y, creo, merecido, pero tampoco me amarga.
Ha hablado de la RAE y broncas públicas como la que vimos el mes pasado en Arequipa entre los directores de la RAE, Santiago Muñoz Machado, y del Instituto Cervantes, Luis García Montero, no es lo que uno espera entre académicos.
Los académicos no nos peleamos, quien ha montado esa bronca no es académico. Lo que pasa es que el Gobierno ha puesto ahí a García Montero porque quiere tener control sobre la Academia, eso te lo digo con total seguridad, y las cosas no funcionan así. Albares [ministro de Asuntos Exteriores] quiso hablar en el Congreso anterior, que se hizo en Cádiz en 2023, y cuando se le dijo que allí no hablaban los políticos, que sólo académicos de todo el mundo hispano, el recado que se recibió desde el Gobierno fue que eso no es lo que ellos querían. Y en Arequipa, Luis, que es un secretario de Estado y mi amigo, se equivocó. En la Academia estamos esperando que haya por lo menos una explicación por su parte y por la del Gobierno, pero lejos de eso lo que ha habido es más movimientos. No me cabe duda de lo que quieren, claro.
¿Controlar la sucesión de Muñoz Machado para colocar un presidente de su cuerda, como afirmó Arturo Pérez-Reverte?
Claro, pero eso es no saber cómo funciona la Academia. Los académicos somos una gente muy rara y con un funcionamiento muy característico. En la vida se me ocurrió que yo podía ni debía serlo. Me lo pidieron Luis Goytisolo, escritor al que admiro y quiero fraternalmente, y Paco Ayala, que para mí era un dios. Yo encantado, pero luego me enteré de que habían llegado a la conclusión de que si entraba el ‘ABC’ con Anson, debía entrar ‘El País’ conmigo y tal. Santiago ha resuelto la crisis económica de la RAE y ha sido un presidente impresionante en cuyo mandato se han hecho una cantidad de trabajos impresionantes, como el Diccionario Histórico o lo que estamos haciendo con la inteligencia artificial, pero ahora le está salpicando una cosa completamente absurda porque en la Academia nadie está pensando ahora en su sucesión.
El runrún constante es que ese "sucesor que se está preparando" para Muñoz Machado, al que aludió García Montero, es usted.
No es un secreto que a mí me podría interesar ser presidente porque ya fui candidato frente a Santiago en 2018 y perdí, pero antes de esas elecciones ya habíamos hablado de que el ganador tendría todo el apoyo del otro y así ha sido. Ahora mismo, nadie en la Academia está hablando de su sucesión porque le queda más de un año de mandato y no estamos en politiqueos. Además, para los cargos de la Academia tú no te puedes presentar, te tienen que presentar otros académicos. No hay una sucesión planeada y cuando llegue el momento, veremos.
Usted ha conocido a todos los líderes políticos de estos 50 años, ¿ha bajado tanto el nivel?
Sí, pero no solo en este país. Se trata de un problema universal. Está pasando en toda Europa y en Estados Unidos, donde hay un personaje como Trump, que es lo más parecido a Pedro Sánchez porque le importa todo un carajo con tal de ser presidente. Hace lo que sea: si tiene ser putero, putero; si tiene que tener problemas mentales, los tiene. Ahora está todo el mundo muy contento con un alcalde en Nueva York de 34 años [Zohran Mamdani], que su bagaje es que era un rapero y no era bueno. Ni siquiera era un rapero exitoso. Me alegro de que haya ganado, porque no me gustaban las alternativas, pero no es un político clásico porque ya casi no quedan. Si acaso, Macron, al que conozco muy bien, y lo tienen rodeado los populistas. En esta nueva política lo que menos importa es la política.
¿Qué tipo de político es Pedro Sánchez?
Dicen que es listo, pero no. Lo que es Sánchez es un tramposo. Un tío que hace trampas al póquer no es un buen jugador de póquer ni gana porque juegue bien. Con Sánchez pasa lo mismo. No es que sea un político hábil e inteligente, simplemente hace trampas a la Constitución, a sus socios y a todo lo que se le ponga por delante. Es, además, un cínico extraordinario. Un tío cuya familia política se ha dedicado al negocio sexual y su mujer llevaba la contabilidad de esos locales, ahora dice que quiere prohibir la prostitución. Sus dos secretarios de Organización, que son los que hacen las listas electorales, uno está en la cárcel y el otro va a ir a la cárcel, pero él se declara víctima de todo eso y no asume responsabilidad alguna. Si no tienes ni un principio y engañas a todo el mundo, es más fácil ganar, pero es imposible ser buen presidente.
¿Tiene remedio España, si es que lo necesita?
No lo tiene porque no es un problema de este país, es un problema de que hay un cambio de civilización mucho más importante que el que supuso la imprenta. La imprenta generó un desorden tremendo con la Biblia llegando a las casas, con la interpretación libre y las guerras de religión que duraron un siglo y hubo millones de muertos. Desde su invención, pasan más de 200 años hasta que sale algo parecido a un periódico, ‘La Gazette’ de Théophraste Renaudot, que eran cuatro páginas semanales y era el boletín oficial de la Corona francesa, y pasan cerca de 300 años hasta que la ilustración pone orden y puede empezar la democracia industrial. La democracia real lleva un siglo de vida, hace un siglo no votaban las mujeres en ninguna parte del mundo y nosotros sólo hemos tenido medio siglo. Se acabó esa etapa.
¿Y qué viene?
Probablemente el caos [risas]. No, a ver, esto es un cambio de civilización global. Somos cerca de 9.000 millones de personas y cuando acabó la Segunda Guerra Mundial éramos 2.500 millones. La información ahora está en manos de TikTok, los políticos se dedican a hacer chistes y los raperos son alcaldes. Es una cosa verdaderamente notable y hay un gran desorden con unas desigualdades económicas extraordinarias. Europa ha creado la sociedad del bienestar explotando a África y a Asia, esa es la verdad, y ahora Benín, que fue francesa hasta 1960, tiene 13 millones de habitantes, de los cuales la mitad tienen menos de 20 años, y 500 dólares de renta per cápita. Mientras, Alemania tiene 45.000 dólares de renta per cápita. ¿Cómo vamos a decir a esas personas que no embarquen para venir? Y han desaparecido las élites intelectuales. ¿Dónde están Bertrand Russell o Jean-Paul Sartre? No solo no hay filósofos, sino que han querido quitar la Filosofía del Bachillerato. Hay una crisis del pensamiento y TikTok tiene ocho años de vida y 3.700 millones de usuarios. Eso no va a mejorar.
¿A qué nos aferramos, entonces?
Yo soy optimista porque creo en la sociedad civil española. Aquí siempre han funcionado tanto la gente como los empresarios, pese a que la democracia se inventó para defender los derechos de los individuos frente a los abusos del Estado y ahora sufrimos un permanente abuso que, además, es sistémico. El PSOE acaba de decir que el 75% de sus ingresos son dinero público, o sea que los impuestos de los españoles pagan los gastos de todos estos partidos que luego hacen lo que les da la gana y ocupan también los cargos directivos de las empresas públicas. Saldremos adelante porque siempre salimos, pero tendrá que ser pese a la clase política y no gracias a ella. Esa es nuestra cruz.