- Esa España nuestra. Mario Conde: "Hice cosas por las que podría haber sido justamente condenado, pero no robé dinero porque me sobra. Me salía por las orejas"
- Crónicas marcianas. Su "vital" y fugaz regreso : "Si hoy existiera, las redes no arderían, explotarían"
En 1992, un guionista de telenovelas venezolano llegó a Santiago de Compostela para un trabajo puntual. En teoría. Sin sospecharlo, Boris Izaguirre (Caracas, 1965) no sólo se quedaría para siempre sino que se convertiría en símbolo de muchas cosas: de una sociedad que se modernizaba, de una televisión que se desmadraba y de una homosexualidad harta de tener que esconderse. Desde ‘Crónicas marcianas’, el programa que representa como ningún otro aquellos años 90 en los que todo valía, sacó a un país del armario al grito de "¡páralo, Paul!".
- ¿Qué es lo primero que recuerdas de España?
- Que llovía. Llegué a Santiago y mi primer recuerdo es una pared de lluvia. Esa fue mi primera sorpresa. Al día siguiente me invitaron a comer y probé las nécoras. Ese fue mi primer descubrimiento. Después, paseé un poquito por la ciudad para ver la catedral y me di cuenta de que no había plaza de toros. Ahí me sorprendí todavía más y entendí que había llegado a un país que no tenía nada que ver con los tópicos que uno podía acarrear de España.
- ¿Y de Madrid, tu ciudad de adopción?
- Mi primer recuerdo de Madrid es Miguel Bosé, en la puerta de su casa, vestido con un peto para la cena de Navidad. Pensé: "Bueno, este país está loco. En un lugar no hay sol nunca y en este otro la gente va vestida de verano en pleno invierno". Madrid fue increíble desde el principio para mí.
- ¿La primera vez que pisaste Madrid fue para cenar en casa de los Bosé?
- Sí. Miguel me invitó en ese año tan complicado para él, el 92, donde pasó todo aquello de que decían que se había muerto de sida e hizo aquel programa mítico con Mercedes Milá para desmentirlo. Pese a todo eso, encontró un momento para llamar donde yo trabajaba en Santiago de Compostela y generar una revolución total. Cuando llegué al trabajo, era una persona completamente diferente a ojos del resto porque Miguel Bosé había llamado preguntando por mí.
- ¿De qué os conocíais?
- De Caracas. Coincidimos por primera vez en una cena en el año 86. Miguel tenía 30 años, yo 21 y nunca lo olvidaré, sobre todo porque fue una de las poquísimas veces en mi vida donde he estado muy mal vestido. Me pilló por sorpresa, pero al menos demuestra que ser elegante no es sinónimo de que vayas a vivir experiencias importantes. Yo iba fatal y, de repente, aparece el hombre más bello del mundo que, además, era una persona importantísima para mí porque a los diez años, cuando Miguel actuó por primera vez en Venezuela, lo vi por televisión, me incorporé en la sala de estar de la casa de mis padres y fui hipnotizado hacia la pantalla como si me quisiera meter dentro. Hipnotizado por él y por todo lo que estaba haciendo, eso era lo que yo quería ser.
- ¿El qué exactamente?
- Un hombre deslumbrante, fascinante, que sabía cantar y bailar, que era hijo de dos mitos y que representaba tan bien esa idea del icono. Yo no sé cantar, no sé bailar y no soy tan deslumbrante como Miguel, pero tuve muy claro que me interesaba eso, que quería intentar ser así. No me salió del todo mal. Eso vino a mí, apareció en mi ciudad y me descubrió el objetivo. Después, la vida nos reunió y también me permitió conocer mucho a su madre, Lucía Bosé, que ha sido una mujer muy importante en mi vida. Todo eso desemboca en ese 24 de diciembre del 92. Me pareció increíble el destino y yo creo mucho en el destino, pero sobre todo creo en la capacidad que uno tiene para transformarlo, para cambiarlo.
- ¿Qué pensabas viéndote en esa cena?
- Flipaba, fue todo muy increíble. Miguel aparece en peto y su prima Daniela, que sigue siendo una amiga muy importante, dijo al verme: "Ay, por fin alguien bien vestido". Yo me había puesto el único traje que tenía, pero allí todo el mundo iba informal. De repente, aparece un humo impresionante, una bandeja de raviolis con salvia y mantequilla y, una vez atravesado el vapor, Lucía Bosé. Luego vi que todo el mundo empezaba a movilizarse y llamaron por teléfono a su padre, a Luis Miguel Dominguín. Se fueron poniendo todos menos Lucía, claro.
- Ese año 92, con los Juegos de Barcelona y la Expo de Sevilla, creo que España se sintió más feliz y más moderna que nunca.
- Y lo era. Era el centro del mundo. Hay otro detalle histórico muy importante y es que Carolina de Mónaco rompió su luto por la muerte de su marido, Stefano Casiraghi, para acompañar a su papá al pabellón de Mónaco en la Expo de Sevilla. Vino y lloró. Es la primera vez que escuchó ese cántico de "Carolina, Carolina" que luego lo repitió en la boda de los príncipes y le fascinó. Estábamos aún mejor de lo que pensábamos. Yo poco después ya empecé el proceso de normalizar todos mis papeles. España, como eres hijo de la madre patria, te ofrece como latinoamericano la posibilidad de tener residencia permanente u optar a la nacionalidad. Yo quería la nacionalidad de este país fascinante y se me concedió en el 99, al final de esa década tan feliz en la que ya había bajado la escalera de ‘Crónicas marcianas’.
- Ya eras una celebridad.
- Sí. Eso también es una realidad muy española. Muchas veces me decían que en España es facilísimo hacerse famoso y yo sentía que lo hacían para fastidiarme porque era hacerme de menos. Yo no me había casado con nadie para hacerme famoso, había sido por mi trabajo. Pero es cierto que avancé a pasos agigantados porque en ‘Crónicas’ empecé como guionista, lo que pasó después no estaba previsto.
- ¿Cómo sucedió?
- En las reuniones de guión ya era muy yo todo el rato. Gesticulaba, interpretaba, gritaba… Me vendía un poco. Hasta que un día, estaba echándome una siesta en uno de los sofás de la oficina y, de repente, me despiertan, me encuentro los ojos de Xavier [Sardá] encima de mí y me suelta: "Esta noche tienes que salir". Le dije que a contar qué y me preguntó qué se me ocurría. Ese día, Mónica Lewinsky había testificado sobre su relación con Clinton y el sexo en el Despacho Oval, así que le dije que iba a hablar de que ella tenía un problema de pelo. Le entusiasmó. La siguiente escena que recuerdo es verme en lo alto de esa escalera, que tenían inutilizada porque nadie bajaba por ahí, para salir a plató.
- Sospecho que lo de entrar como nadie entraba fue idea tuya.
- Sí, claro, yo quise entrar como una estrella, pero de golpe me encontré allí en lo alto, oyendo al público enloquecido en el plató y pensé que ahí se terminaba mi vida tal y como la conocía. Por un instante me planteé retroceder.
- ¿Por qué no lo hiciste?
- Porque rápidamente empecé a pensar: "¿Y si me caigo por la escalera? Qué gran cagada, pero a la vez qué gran entrada". Así que eché a andar y fue increíble porque realmente me di cuenta, mientras bajaba la escalera, de que todo iba a cambiar. Dije: "Joder, pobre Rubén [Nogueira, su marido, con el que lleva desde 1992]". Fue lo primero que pensé porque todo lo que teníamos se iba a convertir en otra cosa. En ese mismo momento vi muy claro que me iba a convertir en una estrella.
- ¿Por qué?
- Por la reacción de la gente que, de repente, enloqueció. Ya me habían visto en los programas veraniegos que se hacían durante las vacaciones de Xavier y estaban encantados de que formara parte de ese programa. Desde el principio, la gente tenía con ‘Crónicas’ una relación de estricta familiaridad y ver a alguien que te gustaba vinculado a esa familia generaba una aprobación extraordinaria.
- España había visto muy pocos hombres abiertamente homosexuales en la tele.
- Teníamos a Antonio Gala y a Terenci Moix, pero eran más de élites, no tan televisivos. Además yo era suramericano en un país aún homófobo y xenófobo. Antes de ‘Crónicas’ yo había aparecido en un ‘Moros y cristianos’ en el que alguien del público me gritó: "Encima de maricón, sudaca". Yo respondí: "Con maricón es suficiente". Esa frase es muy histórica y creo que es la que me convirtió en Boris. Ese domingo, como todos, fui a comer a casa de los Bosé y Miguel contó a su madre lo que había dicho. Lucía se me quedó mirando y dijo: "Yo también lo vi y lo has hecho muy bien". Me dio su aprobación y ese fue el principio.
- En cuestión de meses eras una estrella.
- Sí y lo disfruté porque era lo que siempre había querido y porque fue muy divertido. Eso es lo primero que hay que recordar de aquellos años. Siempre fue una fiesta y, como toda buena fiesta, a veces disparatada y bastante imprevisible. Al poco tiempo, un día Xavier me sacó a pasear por Barcelona y bajamos en su coche por la Diagonal hasta que se abría el Paseo de Gracia. Ahí me dice: "Mira qué maravilla, todo esto es tuyo ahora". Me di cuenta de lo increíble que era lo que estaba viviendo al lado de este señor y pensé que era como la relación de Erich von Stroheim y Marlene Dietrich. Yo soy la estrella y él es mi director.
- ¿Mantenéis una relación estrecha?
- Intensísima. Me alegra mucho estar a su lado y reflexionar sobre aquel momento que convivimos en ‘Crónicas’. Él tenía una visión muy clara de las cosas que quería comunicar y de cómo quería hacerlo y yo supe entenderlo y convertirme en su mediador para que todo eso tuviera cuerpo y alma. Xavier es un director de televisión extraordinario, lo controla todo, lo ve todo.
- Y tú rompías ese orden al grito de "¡páralo, Paul!".
- Es otra cosa que trasladé de casa de los Bosé. Los miércoles, Lucía Bosé recibía en casa todas las revistas de corazón y las veíamos los dos juntos en el desayuno. Comentábamos no solamente lo que llevaban puesto los famosos sino la noticia en sí, por qué ponían antes a Norma Duval que a Ana Obregón o Bárbara Rey, cómo colocaban la publicidad… Nos reíamos muchísimo porque todo nos parecía un hallazgo y yo trasladé esa capacidad de observación a ‘Crónicas’. Xavier quería tenerlo todo muy atado, pero yo bajaba a la oficina de Jorge Salvador, escogíamos unas imágenes de las revistas y, sobre eso, yo luego hacía lo que se me ocurría. Improvisaba mucho, pero Xavier me lo permitía porque entendió muy rápido lo que yo ofrecía.
- Que era…
- Me dijo: "Aquí lo interesante es la dialéctica, que yo no entienda nada de lo que me hablas, no sé por qué hay que definirse en la vida entre Estefanía y Carolina de Mónaco como si fueran los Stones y los Beatles". Le respondí que eso sucedía porque él era heterosexual y yo no y que íbamos a estar jugando con esto. Para mí iba a ser una desesperación que no entendiera mis fascinaciones, mis filias y mis fobias. Lo vio de inmediato. Siempre que me dicen que yo he hecho muchísimo por la normalización del concepto de lo gay en España, pienso que no es cierto porque quien lo hizo fue Xavier. Vio claramente que yo tenía unos componentes que eran graciosos en ese universo tan masculino del programa, que resaltaba mucho porque yo no tenía ningún problema con mi amaneramiento y esto le fascinó. Decidió jugar con ese diálogo entre el hombre hetero y el hombre gay que, en el fondo, era el diálogo que se estaba estableciendo en todo el país.
- Eras un intelectual hablando de corazón en un programa de máxima audiencia. No son dos mundos que suelan combinar bien.
- No, hay mucho clasismo intelectual. Coincidí con Antonio Gala en una fiesta de tu periódico. Nos conocíamos por Terenci y Elena Benarroch, pero no teníamos mucha confianza. Me acerqué a saludarle y me increpó: "Yo no soy como Terenci. A mí no me vas a conquistar de la misma manera que a él y a todos los demás porque lo que tú estás haciendo en la televisión es horrible. Mira, tengo mi bastón y te lo daría para que lo tuvieras tú, pero no te lo doy porque lo que haces no está a tu altura". En el fondo es la historia de mi vida porque empecé escribiendo telenovelas y en Venezuela la gente se llevaba las manos a la cabeza con que el hijo de Rodolfo Izaguirre y Belén Lobo, dos personas muy importantes en la cultura de allí, hiciera algo tan poco prestigioso. Bueno, pues a mí la telenovela me llevó a España, que me llevó a Xavier y a ‘Crónicas marcianas’ y a ser Boris Izaguirre.
- ¿Qué porcentaje de Boris es puro personaje?
- Muy poco, diría que nada, pero sí estoy dispuesto a reconocer que hay trucos y que me he valido de esos trucos de escritor para ofrecer giros argumentales y ampliar mi impacto. Fui incorporando muchos giros para conseguir lo que quería.
- Nunca te has movido en el mundo de la gente ‘normal’, siempre jet set y celebridades.
- Eso fue gracias a los Bosé y a Terenci, que fue quien me presentó a Isabel Preysler. Una vez que empiezas por ahí, ya no hay marcha atrás. Sí, es verdad. Terenci me llevó por primera vez a cenar a casa de Isabel y fue un momento que nunca olvidaré. Conocí a Tamara [Falcó] esa noche. Estaba a punto de cumplir 19 años y era tan educada, tan divertida… Estaba entusiasmadísima con su mayoría de edad y yo creo que nos veía como la compuerta hacia lo que ella quería hacer con su vida. Esa noche acabé con ella y con su hermano Julio en Joy Eslava. Era la primera vez que iba y fue increíble. Lo curioso de todo ese universo en el que me he movido es que Lucía y Miguel Bosé me privilegiaron con un sitio en él, pero luego fueron un gran sostén para sobrevivir a toda la vorágine sin perder la cabeza. Sabía que, si las cosas se descontrolaban, siempre podía volver a ellos.
Boris Izaguirre y Xavier Sardá, en el año 2000.
- Tu familia lejos de casa.
- Absolutamente, ellos y Rubén. La fideua de Lucía, las conversaciones, la veteranía de ellos con respecto a donde yo estaba… Me ponían un poquito a prueba para ver si realmente tenía capacidad y sagacidad para ver lo que se estaba construyendo en torno a mí y eso fue muy importante. Tengo dos recuerdos básicos de eso. Uno es que Clara Hayman, la representante de los Bosé que falleció este año y estuvo muy involucrada conmigo en todo ese proceso, me dijo un día cuando empezaron a gritarme por la calle: "Boris, ya nunca volverás a ser anónimo". Fue una frase que me dejó muy impactado porque parecía una sentencia de cárcel. Mientras fui anónimo, mi gran deseo era dejar de serlo y aunque yo luego he sido muy feliz siendo famoso. Mi ego pide eso.
- ¿Y el segundo recuerdo?
- Mi primer desnudo televisado fue un jueves delante de Concha Velasco, representando una escena de una obra de Antonio Gala. Xavier decía que no iba a tener huevos de hacerlo, pero lo hice. Me tiraban agua por encima, salía de la ducha y le decía a Concha: "Aquí estoy listo, para ti". Antes del programa, fuimos a su camerino a explicárselo y me dijo: "Vale, pero si vas mojado no te acerques mucho porque llevo un Benarroch". Me pareció divino, que yo fuera desnudo le daba igual, pero nada de estropearle el traje. El caso es que lo hice y fue un suceso. Al día siguiente, volví a Madrid y al llegar entré a comer algo en un Burger King cerca de mi casa , en Plaza de España. Desde la cocina empezaron a gritarme: "Boris, te vimos el culo ayer". Comiéndome la hamburguesa pensé: "Joder, en lo que me he metido".
- ¿Lo has manejado siempre bien?
- Confieso que en un momento dado me preocupó que dejara de sorprenderme esa fama. Además, igual que llega puede desaparecer y dejarte un vacío, pero no ha desaparecido, sigue estando bastante presente en nuestras vidas. A Rubén le choca más que a mí porque me paro a todos los selfis.
- La década pasada pasaste un momento más bajo a nivel laboral y de popularidad. ¿Cómo lo llevaste?
- Me marché. Primero a Londres y luego a Miami. Rubén se levantó una mañana y me dijo: "Estás estancado". Y me di cuenta de que estaba evadiendo tanto la angustia de volverme una caricatura de mí mismo que me había vuelto una. Me fui a Miami pensando que tenía que hacer lo mismo que en el 92: irme de mi país y del universo que había creado en España para volver a entenderme a mí mismo. Volví para 'MasterChef' y fue un doble regreso: mi rehabilitación personal y entender que la televisión, una vez más, iba a ser mi tabla de salvación.
- ¿Cómo ha aguantado Rubén, que no forma parte de este mundillo, todo esta locura?
- Lo difícil es aguantarme a mí. Vivir con una persona completamente egocéntrica, narcisista, peligrosísima, supertendenciosa, bastante anárquica, arbitraria… No creo que Rubén haya pensado nunca en olor a santidad, pero creo que se ha ganado muchas papeletas para serlo. Precisamente por eso lo quiero también.
- Lleváis 33 años juntos pese a todas las tentaciones de la fama…
- Yo soy muy fiel a mis amigos y a mi pareja, pero a mi pareja un poco menos. He cometido varias infidelidades que siempre he pensado que colaboran mucho en la estabilidad de la relación. Rubén y yo nos hemos hecho adultos juntos y es el gran hallazgo de mi vida, mi gran logro. La suerte ha sido estar enamorado, creer en el amor y volverse a enamorar cada cierto tiempo. Lo demás son detalles.
- En todos estos años de fiestas y noches largas, ¿qué es lo que más te ha impactado?
- Que Loles León me leyó el alma. Recuerdo perfectamente estar en una fiesta bailando, antes del boom, y empezar a hacer círculos alrededor de ella. De repente, paró a la gente y dijo: "Este se quiere desnudar". Y yo inmediatamente me quité toda la ropa. Mi primer desnudo en público fue en una de esas fiestas. Loles sacó del armario mi exhibicionismo y se lo agradeceré toda la vida.
- Cuando luego ibas a la tele y contabas cosas, ¿te ha dejado de hablar alguien?
- Se ha cabreado mucha gente, pero me han perdonado todos. Llega un momento en que tienes que entender que es muchísimo más importante la amistad que el texto, pero eso a un periodista le cuesta muchísimo. Por suerte, yo no soy periodista y estoy muy interesado en seguir siendo invitado a las fiestas.
- Volviendo a ‘Crónicas marcianas’, ha pasado una cosa muy curiosa con el programa. Hoy representa esa tele que cierta derecha mantiene que ya no se puede hacer: mujeres semidesnudas, chistes con cualquier cosa, el señor Galindo, los frikis de Cárdenas…
- Es cierto que ahora nos reivindica, pero entonces nos pasaba lo contrarió. Éramos casi todos de izquierdas y José María Aznar nos detestaba y nos quiso fulminar. Hizo unas declaraciones muy duras contra la telebasura dirigidas a nosotros y, luego, el dominical del grupo Vocento sacó una portada muy famosa con unos cubos de basura con nuestras caras.
- A Aznar le molestó una parodia de la boda de su hija.
- Me pareció taaaaan buena idea que Carlos Latre, vestido de la hija de Aznar, se pusiera un bigote… En cierto momento el humor tiene que tener que cruzar límites, no pasa nada, y la verdad es que aquello fue muy increíble. Un gran momento para el programa y para Carlos. Ana Aznar había sido muy simpática conmigo unos días antes y Alejandro Agag nos invitó a comer a Gemma Nierga y a mí en un restaurante. Después de aquel programa me volví a encontrar con ellos y Alejandro estuvo muy cariñoso, ella… un poco menos.
- No le hizo gracia lo del bigote.
- No, a ella no le hizo gracia nuestra burla, pero a mucha gente tampoco le hizo gracia su boda, aquel despliegue enloquecido con tanto Primer Ministro y tanto invitado.
- ¿A qué achacas que el programa se haya convertido en referente para la derecha?
- La derecha, como cualquier fuerza política, es bastante fagocitadora. También tengo la misma opinión sobre la televisión, que es caníbal directamente. Devora a sus personas y a sus personajes. Lo que ha podido pasar es que la izquierda actual se toma mucho más en serio que lo que nosotros nos tomábamos. Nunca jamás nos sentamos a decir: "Joder, la que estamos liando". Jamás. Colaboraba mucho en eso que grabáramos en Barcelona, porque los catalanes son muy de mirar más hacia delante que a los lados y van a sus cosas, pero cuando volvía los viernes a Madrid sí que me daba cuenta de lo que estaba pasando. Aquí lo notabas mucho más. Pero nunca pensamos en la fuerza social que teníamos ni en la transformación que estábamos haciendo, sólo pensábamos en la fiesta que era para la gente en su casa esperar a ver qué hacíamos esa noche. Nunca hicimos un programa de izquierdas, hicimos el programa que nos dio la gana.
- ¿Hoy se podría hacer?
- Con matices, porque es normal que una sociedad aprenda y cambie, pero creo que sí. Mariló Montero es una mujer que me encanta y le tengo un enorme aprecio y admiración, pero me encantó que Broncano le dijera el otro día: "Oye, es que vosotros andáis con este discurso de que no hay libertad de expresión y lo soltáis en prime time y en programas de máxima audiencia". Claro que hay libertad de expresión, es una cosa conquistada y que, además, en España no se va a perder porque, a diferencia de otros países en los que lo ultraconservador avanza, aquí hubo una dictadura que sí minó los derechos, España lo recuerda permanentemente y es muy bueno que así sea.
- Pero es evidente que hacíais cosas que la izquierda actual no aprobaría.
- Sí, algunas con razón y otras no tanto, pero esto de lo woke no es nuevo. La izquierda siempre ha sido muy puritana. Cuando aprobamos el matrimonio homosexual, fui con Gemma Nierga al acto de aprobación y vinieron María Teresa Fernández de la Vega y Rubalcaba a saludarnos. Charlando, Rubalcaba me dijo una verdad, que los primeros que han sido muy violentos con la homosexualidad son los comunistas. La izquierda siempre ha tenido una tendencia a lo puritano que se tiene que revisar y probablemente todo esto que está pasando ahora, esta reacción contra ella por parte de cierta juventud, sea una oportunidad de oro para que lo haga.
- Se os acusa de ser el origen de la telebasura. ¿Lo fuisteis?
- No. La gente tiene una manera de ver la televisión en la que es muy fácil poner adjetivos desagradables. Pasa como con el fútbol: todo el mundo cree que sabe jugar y no es cierto. En esa época se consumía televisión a unos niveles muy altos y eso hacía que todo el mundo pensara que sabía de televisión, pero entenderla de verdad es muy complicado. Lo fácil es decir que es telebasura, es un cliché. A Sardá le molestaba muchísimo. A mí menos porque estaba tan acostumbrado a que a mi entorno le pareciera horrible y vulgar que yo trabajara en la televisión que ya no me afectaba. Seguían siendo mis amigos, seguía yendo a sus fiestas y me pasaba una cosa que no le pasaba a nadie más. En esas fiestas de la jet, que tenían servicio, los que estaban en la cocina y los camareros se excitaban cuando yo aparecía porque, claro, ellos si me reconocían y me valoraban. Al final me pasaba gran parte de las fiestas atendiendo en la cocina, que era donde estaba mi público. Y eso es lo que la gente llamaba telebasura pero no dejaba de ser clasismo.
- El desprecio a lo popular.
- Exacto. Me adelanté a lo que ha intentado hacer María Pombo al decir que leer no te hace mejor persona. Creo que ella se refería a que, cuando le atacan por no ser intelectual, es un desprecio clasista. Bueno, pues yo eso lo llevo viviendo toda mi vida. Y soy un intelectual… y leo y escribo.
- ¿Cuál es tu relación actual con Venezuela?
- Mi padre tiene 94 años y vive allí. Tengo una opinión que siempre he procurado no manifestar porque opinar desde fuera, desde la comodidad de una persona que vive en una capital europea del primer mundo, me parece un poco insultante para los que viven allí. Tengo una vida muchísimo más colocada y cómoda que la que hubiera podido tener en Caracas si me hubiera quedado, pero agradezco muchísimo la posibilidad de viajar allí con total tranquilidad y disfrutar de estar con mi padre porque mi papá siempre ha estado conmigo. En cuanto a lo que está pasando ahora, creo que el chavismo y Maduro cambiaron completamente el paradigma, y también el algoritmo, de esa nación. Lo cambiaron radicalmente y la oposición no supo ver ese cambio desde el principio, igual que el resto no supimos ver a Putin y Netanyahu como enemigos absolutos de la democracia hasta que era tarde.
- ¿Compartes la idea de que hemos perdido aquella felicidad de los 90?
- Lo escucho mucho, pero no estoy tan de acuerdo. España siempre ha sido un país feliz y siempre lo será porque es un país que apuesta muchísimo por el sentido del humor. Aguantó el aburrimiento de la dictadura durante 40 años y ha dedicado los 50 siguientes a transformar aquel triste país en el país glorioso que es hoy en día. Entonces, no creo que hayamos dejado de ser felices. Lo que sí pasa, y es un error que veo desde que llegué, es que los españoles siempre piensan que, como país, son peores de lo que en realidad son. Cuando llegué a vivir acá, me admiraba que este país tiene 2.000 años de historia y yo venía de uno que existe desde 1810. Fui a la Ciudad Encantada de Cuenca y aquel árbol retorcido tenía muchos más años que Venezuela. Hay mucho pasado que explica el presente. Me divierte mucho pensar en eso porque creo que, hoy más que nunca, nos damos cuenta de que la historia se repite y depende de nuestro esfuerzo intelectual que se repita… pero no totalmente. Esperemos lograrlo antes de que este brote de intolerancia se imponga, pero a veces siento que nos cuesta.
- ¿Te da miedo ese resurgir de la extrema derecha?
- Yo no creo en el miedo, me parece que es una cuestión religiosa. El miedo, la culpa y la pena las han impuesto las religiones y yo seguiré siendo ateo todo el tiempo que pueda.
- Hablamos antes de pasada de tu papel como referente homosexual en un momento donde había muy pocos. ¿Te sientes un icono?
- Agradezco mucho el halago, pero también es cierto que cuando mataron a ese niño, Samuel, a patadas en A Coruña sentí que no estaba lo suficientemente presente para evitar ese asesinato. No estaba presente en la televisión, no estaba tan activo como antes, pero también es cierto que cuando una persona mucho más joven que yo me agradece que sus padres entendieron su homosexualidad gracias a mí me sigue emocionando. Es un hecho que, a raíz de verme en televisión, muchos hombres se atrevieron a decir que eran gays, gente muy famosa también, porque vieron que se podía tener éxito siendo abiertamente gay, lucir ese éxito y ser agradable. No eras un raro ni una persona atormentada.
- Sin tener que disimular ni ocultar el amaneramiento
- Claro, es que eso yo lo tuve claro desde muy joven en Caracas. Yo veía que la gente miraba a mis padres con pena, como diciendo que vaya carga ese niñito hablando y moviéndose así, vistiéndose ya como yo me vestía, siempre con colores y poniéndome cosas que la gente no se ponía, pero como mi papá y mi mamá apoyaban tantísimo todo esto no veía ninguna necesidad de ocultarlo. Jamás he ocultado lo que soy, pero hasta que me instalé aquí y sucedió todo lo que sucedió no me di cuenta de que mi identidad era un hallazgo. Hasta que yo llegué, España no sabía lo que era un homosexual sin complejos y me alegro mucho de haber contribuido a que lo descubriera y lo entendiera.




