- Juanma L. Iturriaga. "José María García me reventó durante dos años hasta que consiguió que me largaran del Real Madrid"
- Boris Izaguirre. "Hasta que yo llegué, España no sabía lo que era un homosexual sin complejos"
- Paco Lobatón. "Billy el Niño me puso una pistola en la sien y me pasé dos meses en la cárcel. Me condenaron a cinco años y me fugué a Suiza"
Como José Luis Garci (Madrid, 1944) no conduce y la ciudad es una yincana, acercarle a casa se transforma en otra hora de charla que, de haberla grabado, sería una entrevista tan buena como la que acabamos de terminar. Analiza su amor por ‘Manhattan’ horas antes de la muerte de Diane Keaton, explica como sólo él sabe sus dudas con el Atleti ("al fútbol hay que jugar con la ilusión de un niño y la responsabilidad de un adulto, pero a Simeone a veces le falta lo primero") y repasa los mil cambios que ha sufrido el barrio que compartimos. Me planteo perderme para alargar el rato.
A Garci no se le entrevista, a Garci se le escucha.
- ¿Fueron tan bonitos los 80 y los 90?
- Los bonitos fueron los 60. Soy un modelo del 44, así que para mí esa fue la década prodigiosa. Los Beatles, los Rolling, Dylan, los cambios de costumbres, la minifalda… Fue tremendo. También es el fin del cine clásico. Se cierran los grandes estudios de Hollywood y llega una nueva generación muy influida por la Nouvelle Vague, ya son autores y dejan de ser realizadores. Tú piensas en John Ford y no ves a un creador sino a un hombre que dirige películas. O Howard Hawks, que tiene una obra maestra en cada género. Es el ingeniero industrial del cine. Hacía películas de coches, de pilotos, de aviones... Pero ese mundo se acaba y es lo único malo de los 60, que llega una nueva generación sin el talento que tienen todos estos que hoy llamamos clásicos. Por suerte, en los 70 ya llega la revolución del New Hollywood con Coppola, Spielberg, Scorsese, ‘Tiburón’, ‘La Guerra de las Galaxias’ y, sobre todo, un nuevo público que cambia las pipas de girasol por palomitas.
- Pero eso son los 60 en Estados Unidos, en España no era tan alegre la cosa.
- Ahí influye lo personal. Para mí los 60 fueron una época de cambio continuo y para España, con todas las limitaciones del franquismo, un poco también. Llega el turismo extranjero y eso no lo podía parar nadie. Las turistas llegaban con los brazos desnudos y entraban así a misa. Franco dejó que entrasen sin velo y eso estuvo bien. Cambian las costumbres y España se quita el blanco y negro de las fotografías de la posguerra. Empiezas a ver gente en Benidorm y la gente ya baila en los sitios de veraneo. La sociedad se va preparando un poco para el cambio radical de la entrada a la democracia. Empezamos a viajar más a París, para empezar. Hay diferencias entre una dictadura de izquierdas y una dictadura de derechas: con Franco, la mayoría podíamos viajar, teníamos pasaporte, pero de Cuba con Castro no salía nadie. Ibas a París, comprabas discos, leías otras cosas, abrías la mente.
- No sé cuándo vamos a llegar a los años 80 a este ritmo, José Luis.
- Llegaremos, llegaremos [risas]. Pero hay un tránsito hasta ahí. Por ejemplo, ¿sabes que hice la mili en Colmenar Viejo y en la litera de arriba tenía a Manuel Martín Ferrand, y en la de enfrente, a Antonio Fraguas de Pablo, que aún no era Forges sino un técnico de TVE? Manolo sí era ya Manolo, porque hacía ‘En menos que canta un gallo’ en la SER y era muy conocido. Los tres mantuvimos la amistad toda la vida, pero ya no está en ninguno de los dos. Nunca nos separamos. En la mili me pusieron a enseñar a leer y escribir a los chicos que no sabían. Era durísimo. Yo trabajaba en un banco y sabía escribir a máquina. Con eso era un figura. Es dificilísimo enseñar a leer y escribir, yo lo hacía con los titulares del Marca.
- Que no te falte el fútbol.
- De hecho, era el Mundial del 66, hicimos una colecta y la compañía compró una tele para verlo. Fue Forges a buscarla porque decía que él trabajaba en televisión, como si tuviera que hacer algo más que cargarla. Se tiró dos días de permiso para comprar un televisor. Yo en esa época ya escribía de cine en revistas y en algunas coincidí con otros tipos que luego han sido muy conocidos, como Jesús Hermida. Para mí los 60 es una época de despegue personal y social. La llegada a la Luna, Mayo del 68… Pasó de todo. Lo de Mayo del 68 es muy gracioso porque luego hablabas con la gente y todo el mundo había estado allí. Sólo había españoles en el bulevar Saint-Michel. Madrid tenía que estar vacío esos días [risas]. ¿A que no sabes que el grito de guerra de Mayo del 68 lo copió el fútbol? Pasó de "Esto es el inicio, continuemos la lucha" a "¡Pa pa papapá papapapa Real!" Primero, la Real Sociedad y luego lo cogió el Madrid. Bueno, lo que te quiero decir es que para mí los 60 fueron una época estupenda. Sales con chicas, tienes veintitantos años y haces amigos para toda la vida, pero entiendo que para muchos ese papel lo cumplan los 80.
- En realidad, es también tu década de esplendor profesional y, en cierto modo, a veces parece que vitalmente has decidido quedarte un poco allí.
- En algunas cosas es cierto. He fumado hasta que me lo prohibieron los médicos y nunca he tenido un ordenador ni un teléfono móvil, pero nunca he tenido un problema de comunicación. Tengo teléfono de casa y teléfono de la productora. Tampoco he tenido redes sociales y creo que eso ha sido bueno para mi salud. Nunca he leído si me han puesto bien o me han puesto mal. Pierdes demasiado tiempo pensando "¡joder, ¿por qué este tío me critica?" o, casi peor, "joder, qué listo soy!". Tampoco he tenido nunca internet, pese a que creo que puede ser una maravilla porque ahí tienes toda la pintura del mundo. Si quiero saber cuándo pinta Vermeer ‘La chica de la perla’, me de dan los datos. Y tienes toda la historia del cine, el teatro, la música. Es la biblioteca de Babel de Borges y es fantástico, pero si a cambio tengo que ir en el AVE escuchando hablar por teléfono todo el camino al tío de al lado, es un poco raro, no me compensa. Ya no se conversa en este país y eso me da pena.
- ¿No usas internet para nada?
- No tengo ni streaming o cómo se llame eso, pero sigo leyendo y sigo yendo al cine. También tengo el fútbol. Ahora que soy mayor es importante tener un punto de interés cercano que te mantenga vivo. El próximo partido de la Champions no me lo puedo perder, acaba de sacar una novela Woody Allen y no quiero dejar de leerla... También tenía muchas ganas de ver ‘Una batalla tras otra', pero no me ha gustado nada, es políticamente superficial. En todo caso, quería verla. Así que mientras no pierdas el interés y el entusiasmo, la vida es fenomenal. Ahora, si me quedo en casa sentado en un sillón mirando una pantalla, mal asunto. Duras dos días. Yo sigo trabajando. Escribo y voy a la radio. En realidad, trato de ser bastante receptivo con lo que llega aunque yo no lo utilice. Puedo no tener teléfono móvil y, a la vez, creer que la inteligencia artificial va a ser brutalmente buena para la medicina, por ejemplo. Para el cine y para el periodismo, ya menos.
- ¿Te resistes a la nostalgia?
- Sobre todo me resisto a cerrar mi mente. Yo estoy con lo mejor que ha habido y con lo mejor de lo que llegue. Eso no es ser conservador ni progresista. Conservo lo mejor que ha habido: las grandes películas, las grandes obras de teatro, los grandes libros y los grandes inventos. Joder, la luz sobre la ópera de Sidney. Pero también estoy con todo lo bueno del progreso, con los avances de la ciencia y la medicina. No temo lo malo que hubo ni lo malo que está por llegar porque, al fin y al cabo, la tele es estupenda o no depende de la mano que la utilice, puede ser una máquina terrible de atontamiento o poner programas maravillosos. Pues con la inteligencia artificial, lo mismo, depende de cómo lo utilicemos.
- Decías antes que la gente en España ya no conversa. ¿Cómo hemos llegado a ese punto?
- En los 80 la gente hablaba por la calle, pero tampoco nos engañemos: en España nunca nos hemos querido. Ni ahora ni antes. Nunca ha fraguado ese pegamento entre Asturias y Cataluña, entre Andalucía y el País Vasco. Por lo que sea, los españoles no nos queremos los unos a los otros, estoy convencido, pero de eso a odiarnos como estamos viendo ahora hay un paso grande. Yo no idealizo la Transición, aunque he dirigido películas sobre ella, lo que llaman la Trilogía de la Transición [‘Asignatura pendiente’, ‘Solos en la madrugada’ y ‘Las verdes praderas’], pero hay que reconocer que se hizo muy bien.
- Un pacto de ese calibre parece hoy una quimera.
- Ten en cuenta que, cuando Franco muere, aquí no se sabe lo que va a ocurrir porque todo el mundo está expectante. Y resulta que gente como Adolfo Suárez, camisa azul de Falange; Santiago Carrillo, Partido Comunista con el peso de Paracuellos encima, o Fraga Iribarne, que había firmado sentencias de muerte con Franco, se unen y por primera vez piensan en España. Dice: "Bueno, ¿qué hacemos ahora? Joder, no nos vamos a liar otra vez a tiros". Gente con un gran sentido común que luego hace también la Constitución. Y Carrillo dice: "Claro que sí el himno de España y la bandera". Y Suárez responde: "Pues yo te legalizo el Partido Comunista". Y cumple. Por primera vez, la gente en España, cómo te diría yo, tuvimos la sensación de que todos estábamos de vacaciones aunque estuviéramos trabajando.
- Creíais en un objetivo común.
- Absolutamente. Todos dimos un pequeño impulso. Los médicos, los abogados, los arquitectos, los músicos, los cineastas, los escritores… Todos dijimos: "Vamos, que está realmente bien esto que estamos construyendo". Yo no exagero y digo que la Transición española se debería estudiar en las universidades de todo el mundo, pero se hizo bien, coño. Muy bien. En términos futbolísticos, cuando muere Franco estábamos en Segunda, con la Transición subimos a Primera y acabamos jugando la Champions. Eso no se puede negar. ¿Que hubo cosas que se podían haber hecho mejor? Hombre, claro, pero fue uno de los grandes momentos en la historia de España. Fue algo inimaginable en aquel contexto que, viendo el ambiente actual, resulta aún más increíble.
- Además, no fue un momento puntual. Duró años
- Sí, 15 o 20 años muy buenos en los que notabas la evolución constante. Ibas por la calle, por la Gran Vía de Madrid o por Las Ramblas de Barcelona, y la moda no era paleta. Se vestía como en Roma, en París o en Londres, y los coches empezaron a ser buenos, ya no eran cacharros, y las tiendas y las decoraciones eran modernas. Y entró el pop art, que nos hizo mucho bien. Y llegamos al 92, que es el momento culminante en el que organizamos dos acontecimientos grandiosos, que se televisan a todo el planeta y muestran al mundo que España es un país joven, moderno, alegre… Otra cosa de la que se pensaba hasta entonces. Y, chico, de eso hay que sentirse orgulloso porque fue cosa de todos, de los de izquierdas, los de derechas y los de centro. Todos estaban contentos con sus Juegos Olímpicos, que fueron maravillosos.
- Alguna vez te he escuchado elogiar especialmente la retransmisión.
- Bueno, es que el trabajo de TVE fue espectacular. Desde el punto de vista de mi profesión, la mejor retransmisión de unos Juegos que se ha hecho junto con la de Leni Riefenstahl en el año 36. No se pueden filmar mejor las carreras. Todas las imágenes del atletismo siguen aguantando porque son impresionantes. El estadio olímpico ayudaba porque tenía ese aire de los años 30 con el reloj, esa luz que entraba… Todo aquello sí era para sentirse orgulloso de ser español al viajar al extranjero. Cambió nuestra imagen a nivel mundial.
- ¿Lo notabas al viajar?
- La primera vez que fui a Estados Unidos, en el año 72, les decías "España" y te respondían "México". A partir de la Transición hubo un despegue enorme a nivel de imagen internacional. Yo creo que la moda y la estética son muy importantes en los países. Lo que ves por la calle o cuando enciendes la tele del hotel te da muy bien la imagen de una sociedad. Cuando fui a la Unión Soviética por primera vez, mucho antes de caer el Muro, tuve la sensación de retroceder en el tiempo. Era como las películas de Rosellini, como cuando veía ‘Roma, ciudad abierta". No había publicidad, no había escaparates, solo la cara de Lenin o de Stalin. Simplemente con eso notabas que estaban anticuados, que algo no había avanzado. En España eso dejó de pasar en los 80.
- ¿Cuándo empezó a estropearse todo?
- Como decía Mario Vargas Llosa, ¿cuándo se jodió el Perú? ¿Cuándo se jodió España? Es difícil saberlo, pero por buscar un punto de arranque, tengo la sensación de que Zapatero tuvo mucho que ver en esto. Más allá de la pacificación o como lo quieras llamar de ETA, animó al independentismo catalán y resucitó a Franco, lo que creó una discordia que no ha parado de crecer hasta hoy. Nadie hablaba ya de la Guerra Civil ni de la dictadura, pero él lo volvió a sacar cuando estaba un poco olvidada. Si te fijas, es curioso que la gente que se la jugó de verdad, que fue el Partido Comunista porque el PSOE no tuvo nada que ver en la oposición a Franco, son los que menos hablan de él. Lo tienen olvidado, pese a que el Gobierno lo saca todo el día. Acuérdate que este año se iban a haber ciento y pico actos por la muerte de Franco y no se han hecho ni diez.
- Veo que no estás muy a favor de esa celebración.
- Es que la democracia no llega con la muerte de Franco, así que no sé que celebran este año. Cuando muere Franco, el señor que da la noticia con tanto dolor, Arias Navarro, es el que se queda de presidente y aquel señor no estaba muy por la democracia. Y en cine, en el 76, Juan Antonio Bardem fue detenido y metido en la cárcel. En 1980, Pilar Miró aún tuvo que someterse a un juicio militar tremendo. "Es que se ha muerto Franco y ya celebramos". No, no celebramos nada, para un poquito. Están tratando de acoplar la realidad a lo que ellos pretenden que sea. No fue así y no vas a encontrarte mucha gente ya de mi edad que te lo pueda contar tratando de ser objetivo. El 75 no cambió nada. Entonces, cuando eso estaba más o menos olvidado, Zapatero recupera un enconamiento y resulta que los nietos de los que hicieron la Guerra Civil son los que empiezan a ponerse en marcha para recuperar la discordia, el mal rollo y bum bum bum.
- ¿No crees que debería ser posible afrontar aquel pasado como sociedad sin que supusiera un conflicto?
- Lo creía y lo creíamos muchos de mi generación, pero nos equivocábamos. ¿Tú crees que alguien del Madrid va a reconocer algo bueno del Barcelona? Es imposible, ¿no? Pues con esto es lo mismo: nadie de la izquierda va a reconocer nada de la derecha y viceversa.
- Pero la mayoría de la derecha española es democrática, no debería tener problema en condenar una dictadura.
- La gente de derechas de 20 o 30 años ya no ve el franquismo como una dictadura, sino como una cosa que le suena tan lejos como a mí la guerra de Cuba y haberlo dejado caer en ese olvido progresivo hubiera sido lo mejor para la convivencia. Yo sí lo recuerdo. Las cartillas de racionamiento, el botijo y todas estas cosas. Sé lo que era esa época y la maravilla que hay ahora y no me explico cómo estamos dando vueltas todo el tiempo a lo mismo. Vamos a ver, la guerra la gana el general Franco y la guerra mediática la gana la izquierda. Es así y lo que no puedes negar es lo evidente: hubo una guerra, acabó, ganaron unos y, sí, hubo una posguerra terrible y cruel. De todos modos, ¿quién te asegura que si hubiera ganado el otro bando no hubiera habido una posguerra igual de dura? Es más, yo creo que hubiéramos sido un país como de los del Este, probablemente.
- Más que plantearlo en términos de derecha o izquierda debería ser dictadura o democracia.
- Claro, es que evidentemente lo que hemos conseguido es llegar a una democracia estupenda. Yo estaba en una mesa electoral la primera vez que se vota, el 15 de junio del 77. Creo en esa democracia tanto como el que más y pienso que para protegerla hay que dejar de echarnos en cara un pasado que la mayoría ni siquiera ha vivido.
- En 1983 ganas el primer Oscar a una película española con ‘Volver a empezar’. Hollywood aún nos parecía Marte y es un símbolo de la entrada del país en la modernidad.
- Nah, yo no lo veo así.
- ¿No?
- La película está dedicada a la generación interrumpida y a los pocos que quedan entonces y nos dan un ejemplo de valor cotidiano. Creo que no es un símbolo porque yo no era la persona idónea para haber ganado el primer Oscar.
- ¿Por qué?
- Porque he sido toda mi vida independiente y en este país eso no gusta. Cuando eres independiente, dicen que eres de derechas, que no es verdad. Aquello de que yo soy de derechas empezó porque hice una película que se llama ‘Canción de cuna’ que va de unas monjas, pero ahora hay una directora estupenda que ha hecho una película de una monja [‘Los domingos’, de Alauda Ruiz de Azúa] y nadie va a decirle que es de derechas, ¿no? También hice ‘Asignatura pendiente’ y tampoco soy de izquierdas, pese a que era una película dura con el franquismo. En ella, sencillamente cuento lo que está pasando en España en 1976. Cuando dice Pepe Sacristán: "Nos han robado tantas cosas, las veces que tú y yo debimos hacer el amor y no lo hicimos, los libros que debíamos haber leído, las cosas que debimos pensar…". Eso es lo peor, lo que nos robaron a los de mi generación y puedes leer cualquier libro mío o ver cualquier película mía y, si vas sin prejuicios, verás que no son de derechas ni de izquierdas. Son libres, que es lo que yo he tratado de ser toda mi vida.
- ¿Lo has logrado?
- Sí. Me da lo mismo lo que me digan unos y otros y nunca me ha molestado siquiera esa fama de ser de derechas que me cayó en un momento dado. ¿Qué más me da? Tampoco tiene mérito ser libre. Uno nace así, igual que te gusta un equipo y no te gusta otro que, a lo mejor, gana más. Yo he hecho lo que he querido toda mi vida y ya está.
- ¿No te ha perjudicado esa etiqueta dentro de un cine español que es, mayoritariamente, de izquierdas?
- Bueno, yo tuve un problema que fue cuando gané el Oscar. A los tres días, y no lo he olvidado nunca, fui de San Francisco a Gijón porque había prometido al Sporting que, si ganaba el Oscar lo llevaba a El Molinón. Cuando llegué, un amigo íntimo, Juan Cueto, me dijo: "No leas el editorial de El País. No hagas ni caso". Me llamó especialmente la atención porque Juan trabajaba en El País. Lo leí, claro. Era un editorial muy duro contra mí y contra la película.
- ¿Cuál fue el motivo? Ahí todavía no estabas señalado.
- Vete a saber. En realidad, nunca he sabido ni quién escribió el editorial ni por qué. Decían que era una pena que tuviera el Oscar yo y no Carlos Saura o Jaime Chávarri. Por supuesto me escribieron ambos para felicitarme y decirme que no tenían nada que ver con eso, pero aquello sí me dolió. Imagínate que en Francia le dan el Oscar a Godard y sale ‘Le Monde’ diciendo que por qué no se lo han dado a Truffaut. Fue muy mezquino. Yo compraba El País todos los días, guardaba la colección desde el primer día que salió, y lo dejé de comprar. Nunca más he vuelto a leer El País. Si ellos me tratan así… Entonces, ¿que si me ha perjudicado no posicionarme a la izquierda? Pues, hombre, podría haber sido un niño bonito de Prisa, que nunca va mal.
- Curiosamente, luego trabajarías en Prisa, en Canal+.
- Sí, porque a Juan Cueto lo nombran director general del nuevo canal y pone a Alfredo Relaño en deportes, que me llama y me propone comentar el boxeo. Coño, éramos todos amigos y ahí no hay ideología, así que acepté encantado. En fin, supongo que no era suficientemente moderno o político para lo que ellos querían, pero nunca me he preocupado porque yo he tenido mucha suerte, que es en todo mucho más importante que tener talento como tú bien sabes.
- No sé cómo tomarme eso [risas].
- Me refiero por el Atleti. Ya me dirás tú la suerte que tenemos con el fútbol. Muy poca y yo ya estoy acostumbrado desde Bruselas, que fue la más terrible de todas. Pero en lo demás he tenido mucha suerte. Gané el primer Oscar, vale, pero se habla poco de que he estado cuatro veces nominado a mejor película extranjera, el que más junto con Fellini. ¿Cómo me voy a quejar? Yo bendigo la Academia de Hollywood, me han tratado como si fuera un igual, me han dado un homenaje en la Universidad del Sur de California...
- ¿Te ha tratado mejor Estados Unidos que España?
- Mucho mejor, pero aquí también tengo el Premio Goya, el Premio Nacional de Cine, la Medalla de Oro de Bellas Artes… Doy gracias al cielo por cómo me ha ido.
- Otro reconocimiento que, en mi opinión, mereces es el de habernos educado a tantos con ¡Qué grande es el cine!.
- Eso sale gracias al fútbol. Inauguración del Mundial de Estados Unidos 94, en Dallas. Yo iba enviado por TVE y el ABC. Voy a comer con Jordi García Candau, entonces director general de RTVE, y José Ángel de la Casa, otro gran amigo que ya no está. Charlando, dije que teníamos que hacer algún día un programa de cine como ‘La Moviola’ de Pedro Ruiz. Presentamos una película, la ve la gente y luego, como la moviola, vamos para atrás. Y empezamos a comentar: "¿Tú crees que Bette Davis piensa matar al marido cuando baja la escalera?". Y García Candau me dijo: "Pues está muy bien, igual lo hacemos". Luego ya empezó el partido de España-Corea, se acabó el tema y yo lo olvidé. Pero en octubre me llamaron y se puso en marcha el programa.
- Era antitelevisivo según entendemos la tele ahora. Poníais una peli clásica y la analizabais en profundidad unos señores muy serios.
- Hice algo muy bueno: llamé a grandes tipos no que supieran mucho de cine, sino que supieran comunicar su amor al cine. Muchos ya no están: Juan Cobos, Juan Miguel Lamet, Antonio Giménez Rico, David Gistau… Llevé gente maravillosa. Nos parodiaban muy bien los cómicos porque había días que no se veía nada del humo, todos allí charlando y fumando. Miguel Marías en pipa y Méndez Leite, puros. Nuestro último programa, que pusimos ‘Fresas salvajes’, fue el último de la televisión en España donde se fumó. No es un programa mío, es un programa que tuve la suerte de encontrar a la gente adecuada.
- ¿Te gusta aún más hablar de cine que hacer cine?
- Eso me lo dijo Billy Wilder. En una de las comidas que tuvimos en la Academia de Cine de Hollywood, mi traductor comentó que no sabía si a Garci le gustaba más hacer cine, ir al cine o hablar de cine y Wilder saltó: "¡Hablar! ¡Hablar de películas!". Es verdad, me gusta mucho y no tengo claro cuál de las tres cosas prefiero. Prueba de ello es que ahora no hago cine y estoy encantado igual.
- ¿No lo echas de menos?
- No, para nada. Si lo echara de menos, haría una película mañana mismo. Si se me ocurre algo, lo hago, pero no quiero dirigir por dirigir. No tengo ningún problema. Por ejemplo, yo nunca entendí que Billy Wilder no hiciera películas en los últimos 20 años de su vida. Vendía dos Picassos de esos que tenía en casa y ya estaba la película pagada, pero a lo mejor le pasaba como a mí: sencillamente no le apetecía. El cine ha significado todo para mí y no sólo para mí, para toda una generación. Nosotros íbamos a una sala y el cine nos lo daba todo. Fuera hacía frío y entrabas allí y estabas calentito, con unas castañitas. ¿Dónde iban los novios a tocarse el culo amparados en la oscuridad? Había más besos en los cines de España, probablemente de todo el mundo que en la pantalla. Y cuando terminaba la película, todo el mundo se recomponía la ropa. Era precioso. La vida era muy gris en España y, de repente, veías un programa doble en Technicolor y te iluminaba la existencia. Según mi padre, de niño le dije: "Oye, papá, creo que el Technicolor es más bonito que el arcoíris". Aún lo creo. El cine era un refugio.
- ¿Te gusta el cine español actual?
- Ahora no estoy tan puesto, pero sí. El gran cambio es el acceso de las mujeres a muchos puestos donde antes eran excepciones como Ana Mariscal, Pilar Miró o Margarita Alexandre. No sólo la dirección, también la fotografía, la cartografía, la producción, llevar la cámara... Ese es el gran cambio que se ha producido y está muy bien porque son películas estupendas. Matizando, diría que hay un género que han creado las mujeres que es el de la vuelta a casa o al pueblo, las chicas que regresan porque se les ha muerto un familiar o tienen que recordar porque deben asistir a alguna cosa. La que más me gusta de todas es ‘Estiu 1993’, de Carla Simón, pero hay varias estupendas. Es una especie de vuelta al beatus ille, el feliz aquel.
- Hablando de ese beatus ille, la felicidad de una vida más sencilla, menos crispada, me pones fácil retomar el origen de la charla. ¿Somos menos felices de lo que éramos?
- No lo sé, no creo que sea para tanto. Yo lo miro, como casi todo, a través del cine. El cine español pasó por un momento maravilloso con Berlanga y el regreso de Buñuel, cuando hizo aquí tanto ‘Viridiana’ como ‘Tristana’. Berlanga es mejor que Fellini. ‘El verdugo’ era Francisco Franco y aún no sé cómo pasó la censura y ‘Plácido, que es el reflejo de la España de la mezquindad, la crueldad y el no querernos, es para mí la mejor película de la historia del cine. Desde aquello llegamos a un segundo esplendor con Pedro Almodóvar, que es la imagen de la nueva España, la del color y la modernidad. Cuando yo era jurado del Príncipe de Asturias luché muchísimo porque le dieran el premio, tanto que Amelia Valcárcel, la filósofa, me decía que nunca había visto a nadie luchar tanto por alguien de su mismo gremio. Pero es que lo merecía. Yo creo que ese cambio de la mezquindad al color es el que ha vivido España y que seguimos en color.
- No estás decepcionado, entonces.
- No, porque soy una persona entre dos siglos, soy del XX y el XXI, y estoy viendo con una enorme tranquilidad y naturalidad cómo desaparecen Europa y el mundo que yo he conocido. Hemos visto las negociaciones de paz para que parase de una vez esta locura de Gaza y Europa no estaba. Se ha quedado para que la gente vaya a ver el Partenón, visitar Toledo y ver las maravillas del Greco o ir a París y subir a la Torre Eiffel. Europa, y España por tanto, es Port Aventura, un parque de atracciones. Y yo me niego a ser de esos que dicen "es que en mis tiempos…". Mis tiempos, mientras yo esté vivo, son estos. Tengo la suerte de haber vivido y haber conocido gente extraordinaria. No he ido a la universidad y soy hijo único he tenido auténticos maestros y hermanos elegidos como Santiago Amón, Manolo Alcántara o David Gistau. Gente estupenda de varias generaciones y eso te mantiene joven y vivo. Eso es la vida y no andar pendiente de si a la gente le gustan o no mis películas. ¿Qué más da eso? La vida es la gente.
- ¿Nos quejamos demasiado?
- Nos agobiamos demasiado y preocuparse envejece. Por eso hay que quitarse cosas innecesarias. No haber tenido coche nunca ha sido un acierto. Yo no he conducido ni en los coches de choque. Si iba con una chica, conducía ella y yo le pasaba el brazo sobre el hombro. He sido buen conversador y les encendía bien el pitillo. Me he ahorrado todos esos problemas de dónde aparcar y dar partes al seguro. Con no tener redes sociales ni teléfono móvil, lo mismo. La gente cree que soy antiguo, pero no es cierto. Lo que soy es feliz.





