PAPEL
Esa España nuestra

Mario Conde: "Hice cosas por las que podría haber sido justamente condenado, pero no robé dinero porque me sobra. Me salía por las orejas"

El icono caído inaugura esta serie de entrevistas a los grandes personajes de unos años, los 80 y los 90, en los que España era feliz... o al menos lo creía. Felipe, Aznar, ETA, Sánchez... Nada sobra en un relato torrencial. "Todo el mundo tiene un precio, pero el mío no lo encontraron", sentencia

Mario Conde: "Hice cosas por las que podría haber sido justamente condenado, pero no robé dinero porque me sobra. Me salía  por las orejas"
PREMIUM
Actualizado

Mario Conde (Tuy, 1948) es magnético. Ni los años, ni la cárcel, ni la caída en desgracia de quien fuera el hombre más admirado y el hundimiento más estruendoso de aquella España que se creía feliz han diluido su carisma. Su aún impecable planta llena el enorme escenario blanco del estudio y, luego, será su voz la que ocupe el espacio con una sucesión de aseveraciones, teorías y anécdotas que, las creas o no, te mantienen en vilo. De vez en cuando, se pone en pie y representa las escenas que narra. Le gusta hablar desde arriba, seducir, (intentar) manejar los tiempos… Quien ha tenido tanto poder nunca vuelve a ser una persona normal.

¿Idealizamos esa España de los 90 de la que fue icono?
Tengo un recuerdo agridulce de los 90. No tanto por mi experiencia personal, que evidentemente lo fue en la fase final, sino porque fue una época en que la ilusión con la que vivíamos no se correspondía con la realidad de fondo. Vivíamos un espejismo económico, puesto que crecíamos y todo iba bien sin darnos cuenta de que estábamos destruyendo una parte fundamental de nuestra sociedad, el tejido industrial, para cambiar a una sociedad de servicios. Creíamos que estábamos en un modelo democrático al mismo tiempo que se hacían reformas autocráticas como, por ejemplo, la de Felipe González del Consejo General del Poder Judicial [CGPJ] para tener el control de los jueces. Creíamos que era una época de respeto a los derechos humanos y de repente descubrimos que se practicaba un terrorismo de Estado. Fuimos felices hasta que se cayó la venda de los ojos. Fue una lástima porque, originalmente, se había hecho todo bien.
¿A qué se refiere?
A la Transición. Cuando se muere Franco, yo soy abogado del Estado y tengo interrogantes de qué va a ser y qué no va a ser, cómo iba a funcionar una monarquía parlamentaria que no tenía raíces ni fundamento. Era una época de inquietud y salimos de ella bastante bien. No hay un altercado, no hay un lío, no hay un follón, crecemos como país y como economía y empezamos a creer que esto de la democracia funciona. Como español y como ciudadano sentía una satisfacción personal, pero cuando llego al poder, y ese fue mi problema, veo la cara oscura de la historia.
¿Cuál era?
Que la libertad no era tal y que el poder por dentro no es lo que se ve desde afuera. Yo no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. Pensaba que vivíamos en una sociedad abierta, gano mucho dinero con la operación de Montedison y hago una cosa tan simple como comprar acciones de un banco para entrar en su Consejo de Administración, pero me encuentro que existe un gobernador del Banco de España, que yo no sabía exactamente lo que era, y me dice que entraré en el Consejo cuando lo diga él. ¿Cómo? Tiempo después critiqué la política económica del señor Carlos Solchaga [ministro de Economía de 1985 a 1993], que desgraciadamente el tiempo me dio la razón, y me llamó el presidente del Gobierno, Felipe González, con el que yo tenía una relación más que razonable, para decirme que en el sueldo de presidente de banco está llevarse bien con el ministro de Economía. Le respondí que en el sueldo de presidente de banco está llevarse bien con los accionistas y con la economía española y que, si el Gobierno hace cosas que no corresponden, tengo la obligación moral y profesional de decirlo. Me dijo: "Pues allá tú". Y a partir de ahí se torció todo.
Hasta ahí, su relación con el Gobierno del PSOE era buena.
Sí. Yo no era socialista, pero me gustaba mucho que mi país pudiera vivir con un gobierno socialista compatible con una monarquía parlamentaria y un gran crecimiento económico, porque el terror al socialismo promovido por el franquismo tras la Guerra Civil no era de recibo. A Felipe González le agradezco que normalizase la posibilidad de un gobierno socialista conviviendo en un modelo de economía de mercado.
La socialdemocracia, sencillamente.
Eso es, aunque Felipe siempre estuvo más a la derecha que la socialdemocracia. Un día Alfonso Guerra me dijo: "¿Sabes lo que le pasa a Felipe? Que el partido tiene un líder que es él, pero en realidad no está a gusto en un partido socialista. A Felipe lo que le gustaría es ser el líder de la Democracia Cristiana alemana". Eso es lo que a él le ha encantado siempre y ahora, a sus 80 y tantos, se está viendo, incluso se está canteando.
¿Por qué un estudiante brillante como usted, que podría haber sido cualquier cosa, acabó en la banca? ¿Siempre le sedujo el dinero?
A todo el mundo le gusta. Yo gané mucho dinero, eso es evidente, pero no fue sólo por mi inteligencia sino porque entró en mi vida una persona fundamental que me puso en la posición de poder ganarlo: Juan Abelló. Él tenía verdadera ilusión por ser banquero, pero no por ser banquero sin más en cualquier banco, tenía que ser Banesto porque era algo más que un banco. Representaba la aristocracia financiera porque duques, condes y marqueses habían sido consejeros y Abelló quería entrar ahí. Yo dudaba porque lo veía una antigualla, pero luego descubrimos que era un banco muy antiguo con unos activos industriales de Primera División. Lo grave, y este fue el verdadero problema, es que yo tenía un proyecto empresarial para el banco, pero Felipe González tenía un proyecto político. Felipe, que es un cínico inteligente, se dio cuenta de que esa doctrina del socialismo de nacionalizar la banca no va a ningún lado, sobre todo porque es mucho más barato nacionalizar presidentes de banco. Eso está tirado y habían empezado a hacerlo. Yo le estropeé el plan.
¿Controlaba el resto de entidades?
Ya tenía a Sánchez Asiaín [presidente de Banco de Bilbao y BBVA], lo tenía preparadísimo con el Banco Central e iba a hacerlo con Banesto, donde habían colocado a López de Letona. Éste había sido ministro con Franco, pero para Felipe ser ministro con Franco era una mala tarde, lo importante era integrarte o no en el sistema. Lo curioso del asunto es que la élite financiera de los 90 colaboraba de una manera abrumadora con el socialismo de González por dos razones: porque la derecha de Fraga era entonces una anécdota y porque se estaba ganando pasta a barullo. La élite de derechas ganaba un montón de dinero gracias a González y colaboraban con él en su consecución de control del sistema financiero. Los Albertos, por ejemplo, ganaban tanto dinero que ayudaron a desmontar el Banco Central para entregárselo. Mi problema es que me opongo a ese diseño y ahí nace la enemistad.

¿Eran amigos hasta ese momento?
No diría amigos, pero nuestro trato era muy bueno. Recuerdo una recepción del Rey en la que Felipe le dijo a don Juan Carlos: "Personas como Mario son las que necesitamos para el desarrollo de España". Lo que no dijo es que las necesitaba siempre que hicieran lo que él pidiera [risas]. Felipe González necesitaba personas como yo… que obedecieran. Ese fue el choque. Nunca fue un enfrentamiento político, porque yo no era de la derecha de Alianza Popular. De hecho, estaba mucho más cerca del pensamiento democristiano de Felipe González que del otro lado. No era eso. Es que Felipe era listo y sabía que para mandar de verdad tienes que dominar los cauces reales del poder, que son las finanzas, los medios de comunicación y el Poder Judicial. Controlaba El País, que en ese momento era la Biblia; se estaba haciendo con las finanzas y, por si acaso las cosas no iban bien, cambió la ley para nombrar ellos a los miembros del CGPJ. Así, si tú eres juez sabes que, si quieres prosperar y ser magistrado del Supremo, no hace falta que estudies mucho ni hagas unas sentencias extraordinarias, simplemente obedece.
Es irónico porque ahora el PSOE está en guerra con los jueces por considerarlos de derechas.
Bueno, claro, es que ahora los polvos de entonces se les están convirtiendo en lodos. Los jueces se dieron cuenta, porque no son tontos, de que compañeros suyos ejercían el poder judicial de acuerdo con las instrucciones del poder político y les iba mejor, así que algunos decidieron que iban a hacer ellos lo mismo a favor de los otros. El caso fue que los políticos lograron un control que aún permanece de la justicia y de la banca. Desde que se quitaron de en medio a aquel individuo, el tal Mario Conde, que criticaba al Ministerio de Economía, los banqueros son silentes, son mudos. ¿Has oído algo? No, ¿verdad? Los medios de comunicación se les han escapado un poquito porque se han creado las redes sociales, pero ya están trabajando para controlarlas.
¿Cómo ve la España de hoy?
La España de hoy, como todo Occidente, está en una crisis profunda de la que se sentaron las bases financieras cuando se abandonó el sistema del patrón oro y los políticos adquirieron la capacidad de crear dinero y jugar con tu vida; se sentaron las bases políticas cuando la democracia se convirtió en un mero cliché, y se sentaron las bases culturales cuando la sociedad, que estaba estructurada piramidalmente, se fue aplastando de tal modo que pertenecer a la élite intelectual y moral es hoy casi un pecado. Han conseguido instalar la mediocracia como aspiración. Cuando tú ves a personajes como Ábalos o Koldo te das cuenta de que, en lugar de una élite preparada, el macarrismo se ha instalado en la dirección de la sociedad. Personas que no tienen cultura, formación, educación ni valores son los que están ocupando puestos claves dentro de la sociedad y, sobre todo, de la política.
¿Son los políticos de ahora mucho peores que los de los 80 y 90?
Su calidad humana y profesional ha ido empeorando con el tiempo. Antes, muchos políticos pasaban a las estructuras financieras o bancarias cuando se jubilaban, hoy hay muy pocos que lo hagan porque la mayoría no sabe hacer la O con un canuto. El voto no te da calidad profesional y no te da inteligencia. Te pueden votar siete millones de personas, pero si eres un torpe y no tienes formación no puedes dirigir un Estado.
¿Piensa en Pedro Sánchez?
No, hablo en genérico. De hecho, Sánchez sí es listo. Es el prototipo de político extremadamente hábil e inteligente sin ningún tipo de escrúpulos. Él sí hubiera destacado en cualquier época, pero si repasas el Congreso de los Diputados el nivel es ínfimo. Por ejemplo, el otro día algunos se escandalizaban porque Trump haya creado el Ministerio de la Guerra, que no de Defensa. Joder, nosotros tenemos el Ministerio de la Guerra desde 1850. ¿Por qué? Porque la guerra está en la estructura cultural de Europa y es lógico que haya una gestión de ella. Los socialistas que protestaban por lo de Trump no saben que Azaña e Indalecio Prieto fueron ministros de la Guerra. Tenemos un alto porcentaje de políticos incultos, sin formación profesional y con una trayectoria vulgar. Es terrible. Y eso se contagia a la sociedad, estamos cayendo en la mediocridad y el macarrismo. Hoy lanzas un discurso mínimamente culto y eres un pedante.
Se desprecia lo intelectual.
Exacto, esa es la crisis en la que estamos. Tú puedes hacer todas las leyes que te salga de las narices, pero la clave no son las leyes, son las personas. Y una sociedad compuesta de sujetos incultos da igual que sea democracia, tiranía, autocracia u oligarquía. Da igual. Felipe González tiene una relativa formación y, sobre todo, es inquieto. Alfonso Guerra, un tipo culto. Solchaga o Boyer, una formación de primera. Los cuadros del socialismo de entonces eran unos tíos de nivel con los que podías discutir y perder. Eso generaba respeto en quienes no éramos socialistas. De repente, esos valores se abandonan y lo importante es chupar del bote. ¿Qué respeto intelectual va a infundir Ábalos? Eso es lo que está contaminando Occidente.
¿Vincula eso al ascenso de la extrema derecha?
Sí. El sistema político actual se trata de contentar a todo el mundo para que te voten a base de decir nada, discursos vacíos con un terrible mediopensionismo mental, cultural y político, pero la juventud moderna se ha hartado de los mediopensionistas. ¿Por qué Sánchez tiene ese apoyo a la hora de la verdad? ¿Cuál es la clave de su éxito? Que es cualquier cosa menos mediopensionista. Puedes estar en desacuerdo con muchas cosas, pero le echa huevos y hace. Da la sensación de que no sólo está convencido de sus ideas, sino que las pone en marcha. Hay un grupo de la sociedad que valora la valentía de este señor y otro que piensa que no tiene escrúpulos. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. Sin embargo, en la derecha española y europea se ha impuesto el mediopensionismo y muchos de sus votantes se miran en ella y no se reconocen. Así que se van a quien les habla más claro.
¿Cree que el PP no habla claro?
Feijoó pensaba que todo es Galicia, pero luego ha descubierto que no y es difícil saber qué propone. De todos modos es un problema general. Ha pasado aquí con el PP y Vox, pero también en Alemania, en Francia, en Bélgica, en Holanda, en Suecia y en Dinamarca. El mediopensionismo de la derecha tradicional es el causante del crecimiento de la extrema derecha, aunque lo que hoy llamamos extrema derecha no es más que la derecha de hace unos cuantos años. De hecho, gente como Fraga estaría más a la derecha que Vox.

Volvamos a su plenitud, ¿se sentía un símbolo?
Es que lo era. Había una sensación de felicidad general y, encima, aparece un tío de 35 años que hace una operación de pelotas y gana 50.000 millones y no es feo, ni gordo, ni bajo, ni se lo ha regalado papá, sino que se ha hecho a sí mismo. Pero, fíjate por dónde, esto generó un fenómeno que me parecía muy desagradable. ¿De dónde viene el mariocondismo, por llamarlo de alguna manera? Sólo se fijaban en los aspectos externos. Nadie decía que yo era el número 1 de Deusto y que mientras mis amigos se iban a jugar a las cartas yo me quedaba estudiando, ni que saqué matrícula de honor en todas las asignaturas menos una y fue un sobresaliente, ni que me levantaba a las 4:00 y nada me tocó en la tómbola. Dejaron de lado el esfuerzo para centrarse en el resultado.
Es que el resultado era muy llamativo.
Sí, pero pese a todos los ataques mediáticos y políticos que he sufrido, no me han conseguido vencer ni hacer desaparecer del imaginario colectivo y eso es por algo. La prueba la tienes hoy con los cientos de miles de seguidores que tengo en redes y con que soy, de nuevo, un referente. ¿Por qué pasa eso? Porque hasta que yo llegué, podías ser muy listo, muy estudioso y muy trabajador, pero no podías ser banquero. Para ser banquero tenías que pertenecer a alguna de las grandes familias o ser nombrado por el poder político, existía un techo a tu desarrollo personal. Hasta que Mario Conde lo rompió. Desde entonces, mamá ve que su hijo Luisito es espabilado y piensa que puede ser banquero. Acabé con un reducto exclusivo de la oligarquía. Ese es el verdadero valor de lo que hizo Mario Conde. Eso o nombrar a la primera mujer consejera de un banco en España. Lo que pasa es que nada más se veía al chico rico y guapo. Cuando te decían 'Yo también quiero ser Mario Conde', no querían madrugar y trabajar como un burro, querían la pasta y el éxito social.
¿Cómo es llegar a ese nivel de poder? ¿Se sentía un dios?
¿Quieres que te sea absolutamente sincero? No era consciente del poder que tenía. Nunca lo fui. Me acuerdo perfectamente de lo que hice el día que aprobé las oposiciones de abogado del Estado o el día en que me dieron la licenciatura, pero no recuerdo qué hice el día en que me nombraron presidente de Banesto. No le concedí la importancia que realmente tenía. Cuando al día siguiente me vi en la portada del periódico, me quedé pasmado. No tenía ni idea del poder real que ejercía.
Pero con los años se daría cuenta.
Vivía en una nube. No estaba conectado con la sociedad. Me tenía que defender de todo eso que sucedía a mi alrededor y lo hice relacionándome sólo con mis amigos, un grupo de abogados del Estado en el que ninguno era rico ni nada. Huía del resto. En aquella época no iba a ningún lado, solo convivía con mi familia y con mis amigos
Hombre, a fiestas y eventos de la 'jet set' sí iba. El lujo le rodeaba.
Vamos a ver, vayamos por partes. Viví muy bien, claro, pero encerrado. Aquello era una jaula. Gané mucho dinero y tenía una casa fantástica, una finca magnífica y un barco estupendo, pero navegaba con él tres días al año. Y me encantaba la casa, pero no hubo un fin de semana en mi etapa de banquero en el que no tuviera invitados profesionales. En esos ambientes, me invitaban todo el rato a cacerías y a mí no me gusta la caza, pero tenía que ir y, una vez allí, todos te acababan pidiendo favores porque cuando tienes ese poder todo el mundo quiere algo de ti. Por eso yo no iba a ningún lado si podía evitarlo. A las fiestas no sólo te invitan porque seas guapo y rico, sino porque manejas dos billones de dólares y puedes desde colocar al niño a dar un préstamo. Y eres consciente de eso todo el rato.
Un caso claro de pobre niño rico.
Siempre recuerdo que mi padre, que era un hombre muy especial, cuando le dije que iba a dejar de ser abogado del Estado para meterme en la industria farmacéutica, me dijo que una cosa era ir a la empresa privada y otra hacer dinero con la salud, que ya podía elegir otra cosa. Cuando luego le conté que me pasaba a la banca, me dijo: "A la mierda, primero con la salud y ahora con el dinero. No te he criado para que hagas eso, no fastidies" [risas].
¿La fama de galán y mujeriego tampoco era cierta?
Nada. Imposible. Nada de nada. Es que no podía hacer nada porque si me iba con una señora, dos minutos después lo sabía toda España. Es decir, independientemente de que no quisiera, tenía un celibato obligatorio. Lourdes, mi mujer entonces, que murió, me decía: '¿Sabes lo único que me gusta de tu fama? Que no vas a ser nunca infiel porque no puedes serlo sin que yo me entere'.
Hablemos de la caída, el 'caso Banesto' y la cárcel. ¿Cómo recuerda cuando todo se empezó a desmoronar?
Como una gran mentira para acabar conmigo. Se inventaron que el banco estaba mal, lo que no se correspondía con la realidad, y me di cuenta rápido de que aquello era una excusa. El día de la intervención, en una reunión con el gobernador del Banco de España, Luis Ángel Rojo, me dijeron que no intervenían el banco si yo vendía mis acciones y me iba. Respondí que, entonces, el problema no era el banco y me dijeron que no me enteraba, que el problema siempre había sido yo. No consentían un poder que fuera por libre. Yo había entendido cómo funcionaba de verdad el poder en España y había decidido construir mi propio sistema. Tenía poder financiero, poder industrial, poder mediático, con televisión y medios escritos, hasta Polanco vino a mi casa para pedirme que participara en El País, y tenía a la opinión pública, siendo el español mejor valorado de la época. Tenía el mismo sistema de poder que querían instalar ellos en la sociedad española y eso no podía ser. Se produjo una colisión.
¿De verdad cree que fue todo una gran conspiración para acabar con usted?
No lo creo, lo sé. Hace unos años, un íntimo amigo mío coincidió en una recepción en París con Pascual Sala, que era el hombre de Felipe González en el Poder Judicial. Pascual no tenía ni idea de que este hombre me conocía, salió el tema de mi condena y mi amigo le preguntó cómo se sustentaba jurídicamente. Pascual Sala le contestó: 'No fue nada jurídico. Quería cambiar el sistema y para evitar eso estamos los jueces, que formamos parte de un sistema'. Punto y final.
Conde, durante una comparecencia en 1991.
Conde, durante una comparecencia en 1991.Begoña Rivas

Pero le condenaron a 20 años por estafa y apropiación indebida, es una pena muy alta. Si el objetivo era quitarle del medio, no hacía falta tanto. ¿En serio tengo que creerme que no hizo nada mal, que era totalmente inocente?
Yo he hecho mal un huevo de cosas, pero de los delitos por los que me condenaron no cometí ninguno. No tienen base real. Ahora, si me preguntas si hice cosas por las que podría haber sido justamente condenado la respuesta es sí, las hice, pero no robé dinero porque me sobra. Me salía el dinero por las orejas. Hice cosas que no se debían hacer, pero por esas no me cogieron. Cosas que, con arreglo al Código Penal, podían haber sido constitutivas de delito. Sí, te lo reconozco.
¿Cuáles?
Eso no te lo voy a contar [risas], pero lo que sí te voy a decir es que cuando te mueves en esas alturas del poder la línea que separa la operación económica de la infracción penal es delgadísima. Por ejemplo, manejar un poquito el mercado pero no para ganar tú dinero. Cuando los banqueros cogen nuestro dinero, que para eso somos depositantes, y lo usan para comprar acciones de tal manera que suba la cotización de sus acciones y les mantengan en el poder, es delictivo y pasa todos los días. Entonces, ¿qué pasa cuando estás ahí? Que claro que haces cosas delictivas, igual que cuando estás en el poder político. Lo que ocurre es que entre la malversación y dedicarse a matar al personal, como fue el tema GAL, hay un salto gordo. Se les fue un poco la mano.
¿Cuánto dinero llegó a tener?
200 millones de euros de entonces.
¿Cómo encajó el golpe de caer de lo más alto a lo más bajo?
Es muy difícil. Estoy preparando una fiesta por mi cumpleaños y haré un discurso sobre eso. Lo primero es entender el porqué. ¿Por qué yo? Mira la gente que ha pasado por lo que yo: el presidente de Parmalat murió, el presidente de Enron murió, aquel otro riquísimo alemán [Adolf Merckle] se tiró a las vías del tren, Mariano Rubio, el todopoderoso gobernador del Banco de España, estuvo 15 días en prisión, sufrió una alteración inmunológica y murió. ¿Por qué? Porque para sobrevivir a la cárcel necesitas entender por qué estás en esa celda. Y como yo les conocía sabía que, si eran capaces de matar para arreglar el problema de ETA, ¿cómo no iban a ser capaces de meterme en la cárcel para controlar el sistema financiero? Una vez lo entendí, todo fue más sencillo. El segundo paso fue darme cuenta de que el objetivo era matarme o que me volviera tonto y eso me dio la motivación para no darles el gusto. Tenía muy claro qué querían y me puse a hacer cosas para evitarlo.
¿Qué cosas?
Una disciplina absolutamente férrea. En la cárcel hacía una hora de comba todos los días. Luego, un médico americano me enseñó que en el peor momento hay que enfrentarse a lo que más odias. Yo lo que más odio es el agua fría. La odio con todas mis fuerzas porque soy gallego y de niño me obligaban a bañarme en el mar. No soy Superman, te aseguro que no, pero cuando mis nervios y mis fuerzas flaqueaban me metía una ducha de agua fría y el agua fría de Alcalá-Meco no es agua, es mala leche. Gracias a eso sobreviví porque me dije: 'No te pueden ganar'. Y no lo hicieron.
¿Nunca tuvo la tentación de rendirse?
Nunca. Un día aparecieron mi mujer y mi hija en prisión y mi hija venía con toda la ilusión del mundo: 'Papá, mamá ha hablado con el ministro del Interior y el problema es que no haces unas declaraciones diciendo que todo lo que se hizo con Banesto es correcto y que el sistema judicial funciona bien. Sólo tienes que decir eso y mañana te dan el tercer grado y sales'. Antes de que respondiera, su madre le dijo: 'Parece que no conoces a tu padre. Anda, vámonos'. No les iba a dar lo que ellos querían.
Habla todo el rato de 'ellos', ¿se refiere a Felipe González?
Al sistema. Al principio fue Felipe y luego Aznar. Una anécdota interesante. Cuando salía, iba a jugar al pádel a un gimnasio de Madrid y un día se me acercó una profesora: '¿Puedo hablar con usted? Pero aquí no'. Yo tampoco estaba ya tan bien como para pensar que quería algo más, pero, bueno, fui por si acaso [risas]. Me contó que Aznar y Pedro J. Ramírez jugaban juntos allí y les había escuchado decir de mí: 'Joder, le hemos metido a la cárcel y no se ha vuelto loco. ¿Ahora qué hacemos con él?'. Felipe era un cínico, pero hizo cosas brillantes. Aznar, por contra, es un hombre que ha hecho daño a la a la credibilidad de la derecha. No te olvides que para alcanzar el poder pactó con Pujol y con Arzalluz, que no era independentista, era racista. Y entregó unas competencias capitales en materia de la Guardia Civil. Todo eso que ahora le echan en cara a Sánchez, lo hizo Aznar antes.
¿Y qué papel jugó en su caso?
Cuando quedaban pocos días para la intervención de Banesto, me llamó Felipe a Moncloa. Me preguntó si me iba a meter en política, se lo negué y no me creía. Me dijo: 'Hombre, vamos a ver, tienes 45 años, eres rico, tienes el éxito total y el banco se te ha quedado pequeño, así que no me extrañaría nada que quieras dedicarte a la política'. Le respondí: 'No, porque creo que lo que falta en España es un fortalecimiento de la sociedad civil. Los políticos queréis una sociedad mediocre porque es más fácilmente controlable. Lo difícil es reconstruir los ateneos y las academias, reestablecer el principio de excelencia. Eso es lo que a mí me interesa'. ¿Sabes qué me respondió?
No.
Se rio y dijo: 'Ya, ya, bueno, pero te voy a decir una cosa. Es inevitable que un día Aznar sea presidente del Gobierno, porque yo no soy eterno y las elecciones se pierden, pero eso no le va a hacer feliz porque lo que Aznar quiere es ser Mario Conde y eso no lo va a conseguir. Así que mientras tú estés vivo, ahí vas a tener un enemigo mortal'. Mira que es listo el sevillano. El que hizo la operación contra mí no fue Felipe, que en ese momento estaba asediado, fue Aznar. Le prestó su apoyo a condición de quitarme de en medio. Lo sé porque dio una cena y dijo delante de la persona equivocada: 'Lo he conseguido. Acabo de pactar con Felipe y a Mario Conde le quedan 24 horas'. Así fue. ¿Quién hizo la comisión de seguimiento del caso Banesto? Aznar. ¿Quiénes me interrogaban de manera violenta? Los hombres de Aznar. Les decía: 'A muerte. Con Mario, a muerte'.
El entonces presidente de Banesto, en 1990.
El entonces presidente de Banesto, en 1990.El Mundo

¿Se aprende algo en la cárcel o es un cliché?
Nada. La cárcel es exactamente igual que la vida. Hay gente que manda, que son los narcotraficantes; hay políticos, que son los funcionarios, y hay una sociedad civil que son los demás. Hay escalas jerárquicas como en la vida. No aprendes nada.
¿Pasó miedo?
Nunca, pero viví una cosa tremenda, el día más desagradable de todos. Trabajaba en el Departamento de Ingresos y Libertades, sobre todo para ver si se me pegaba lo de la libertad, y me avisan de que llegaba uno de los líderes de ETA, que lo extraditaban de Francia, y que me toca hacer su ingreso. Consistía en ponerles de pie con una madera plastificada con su nombre escrito y hacerles una foto con una Polaroid. Llega el tío, le pongo allí para la foto, sonríe y me dice: 'Soy el jefe del comando que iba a atentar contra ti'. En ese momento el corazón hace pum, pum, pum, pero hay que echarle huevos. Le dije: 'Ahora me lo cuentas, pero mira a la cámara'.
Manteniendo el tipo.
Lo mejor que pude. Le hice la foto y le dije: 'Bueno, cuéntame'. Y me contó que ya tenían decidido y preparado el atentado para matarme, pero justo me metieron en la cárcel. En aquel pasillo me di cuenta de que pretendiendo que me volviera loco en la cárcel, me habían salvado la vida. Estaba muerto y, si quieres que te diga la verdad, saber eso me ayudó mucho. La ironía del destino, manda huevos.
Tiene un videopódcast y va a hacer en Madrid, el 27 de septiembre, un evento con público. Ambas cosas llevan como título ‘Mario Conde, el legado’. ¿Qué legado pretende dejar?
Quiero superar la imagen de Mario Conde, el éxito; Mario Conde, el guapo; Mario Conde, el millonario. Quiero dejar un legado de valoración del esfuerzo, de reivindicación de la élite y de renunciar a la mediocracia, del estudio, de la formación de los valores y de no arrendar la dignidad. Quiero reconstruir en lo posible mi imagen porque sigo teniendo millones y millones de personas que me siguen y quiero que se valore lo que realmente quise hacer: conceder de nuevo la fuerza a la sociedad civil, al mérito, al trabajo y a la élite. Ese es el legado que quiero dejar.
Habla de reconstruir su imagen. ¿Le ha quedado un estigma?
No, todo lo contrario. Me refiero a reconstruir esa imagen más superficial del éxito. No te puedes imaginar lo que me admira la gente vaya donde vaya. La primera vez que salí de la cárcel me fui a una romería que es la más de izquierdas de Andalucía, en un pueblo que era comunista, Villaverde del Río. Como tengo más huevos que el caballo de Espartero, allá me fui. Había una ermita con una virgencita y dos recién casados, que debían de ser de las juventudes comunistas radicales, se acercaron a que les bendijera. Otra mujer me pidió coger a su niña y ofrendárselo a la Virgen. No te imaginas las de embarazadas que se me han acercado para que les tocara la tripa. Una chica pidió verme, se me sentó y dijo: 'Me voy a morir. Tengo un cáncer terminal. Me quedan ocho o nueve meses y vengo a que usted me ayude a morir'. Ayer mismo se acercó una señora a decirme que la única manera de que salgamos adelante es que yo coja las riendas del país.
A ver, no sé qué decir.
Porque no me crees, pero tienes que salir un día conmigo a la calle. No te lo puedes ni imaginar. ¿Por qué no voy a la Feria de Sevilla? Porque no puedo andar. Sobre todo entre la gente joven que, en un porcentaje altísimo, son chavales que no habían nacido cuando yo dejé Banesto.
Se acaba de comprar, con su pareja, un palacete en Sevilla. Es difícil verle como una víctima.
Eso ha sido una torpeza de la prensa rosa. Estoy muy feliz con una chica que es empresaria del sector turístico y ella ha comprado un edificio en Sevilla para dedicarlo a pisos turísticos. Un edificio muy bonito y le acompañé a ver cómo iba la obra. Nada más. Lo siguiente que veo es Mario Conde se compra un palacio con su nueva novia. Pero, gilipollas, llamad a preguntar.
¿Y la deuda con Hacienda? Figura desde hace años en la lista de grandes morosos y sigue llevando un nivel de vida altísimo.
A ver, este tema es delicado porque no te puedo contar la verdad. Es lo único que a veces me reprocha la gente y me gustaría poder hablar de ello para dejarles tranquilo, pero me buscaría un lío. Lo que te puedo decir es que voy a pedir para acallar esas voces un certificado de cuántos millones de euros he pagado desde el año 1987 hasta hoy. Cuando lo vean, que los españoles juzguen.
¿Se arrepiente de algo?
Hay cosas que hubiera preferido no vivir, pero el balance me ha merecido la pena porque he aprendido muchas cosas. Dicen que todos tenemos un precio, pero el mío no lo encontraron o, al menos, no llegaron a la cifra. Y he visto cómo son las personas realmente. Tengo un concepto negativo del ser humano, como es natural, pero he visto personas muy grandes en la relación y la fidelidad conmigo, que se han mantenido firmes a mi lado pese a todos los perjuicios, empezando por mis propios hijos. A mis hijos los metieron en un calabozo el mismo día que mi hija iba a acompañar al suyo a recibir el primer tratamiento de radioterapia de un tumor que tenía en el cuello. Y lo sabían perfectamente. Lo normal es que un hijo en ese momento reniegue de su padre, pero los míos no lo hicieron. Ni mis amigos.
¿Guarda rencor?
No voy mucho a misa, pero un día fui en Galicia y el cura era un tío místico de Primera División. Dijo [Conde se levanta, exagera el acento gallego y simula dar un sermón]: 'Dios vive en vuestros corazones, pero si están llenos de miserias y de ambiciones no cabe. ¡Tenéis que hacerle sitio, carallo!'. Entonces entendí que puedes perder la batalla de dos maneras. Una es volviéndote loco y otra, si te inunda el odio. Así no vas a vivir feliz en tu puta vida. Ni les odio ni les desprecio, que es una forma de veneno, sencillamente les ignoro. Además, ¡se van muriendo, coño! Y yo aquí sigo.