Por una amplia mayoría de seis votos frente a tres, el Tribunal Supremo de EEUU declaró ayer que los aranceles que ha impuesto Donald Trump son ilegales, sobre la premisa de que no puede aplicarlos sin el apoyo del Congreso. La decisión representa un duro varapalo para el presidente, que ha usado las tarifas como herramienta de coacción a numerosos países y como eje central de la narrativa MAGA. Pero, ante todo, la sentencia es histórica porque, por primera vez en el segundo mandato de Trump, el Supremo ha frenado en seco una política del presidente y ha demostrado que los contrapoderes de la democracia de EEUU funcionan. El mensaje es esperanzador.
Con el argumento de equilibrar el déficit comercial y castigar a los países a los que culpa de la epidemia de fentanilo -México, Canadá y China-, Trump había basado buena parte de sus aranceles en una ley de 1977 que amplía el poder decisorio del presidente en caso de emergencia nacional. El Supremo afirma que esa norma no le da poderes para aplicar gravámenes, lo que obliga a la Casa Blanca a buscar otras vías para mantenerlos. No lo tendrá tan fácil como hasta ahora.
En realidad, según acaba de estimar el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, el 90% del coste de los aranceles está recayendo sobre las familias y negocios estadounidenses. Desde el punto de vista económico, nunca fueron una buena idea, pero Trump se estaba valiendo de ellos para espolear internamente el sentimiento nacionalista y, en el exterior, impulsar el rediseño del orden internacional. Al golpe político podrían sumarse graves consecuencias económicas para la Administración Trump, pues se abre la puerta a cuantiosas reclamaciones por parte de las empresas.
Los próximos pasos de Trump, que ayer arremetió contra los jueces, son imprevisibles. Pero lo ocurrido es muy relevante: el Supremo ha mantenido su independencia pese a las presiones del presidente, que aseguró que no avalar sus aranceles sería «la mayor amenaza de la historia» para EEUU y «destruiría» al país. Seis jueces -tres de ellos, conservadores- le han puesto límites.
