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Cuando tienes un martillo todo te parece un clavo

El derecho del revés y la política boca abajo. El resultado: una «furia épica» -como Trump ha bautizado la operación contra Irán-, pero estratégicamente vacía

Portadas de diarios británicos con titulares sobre la muerte de Jamenei.
Portadas de diarios británicos con titulares sobre la muerte de Jamenei.PAUL ELLISAFP
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El ataque a Irán es una grosera (otra más) transgresión del derecho internacional por parte de Trump. También, como en el caso de sus aranceles de emergencia, anulados por el Tribunal Supremo, viola la Constitución estadounidense, que no le ampara para iniciar una operación militar de este calibre sin el apoyo del Congreso.

El ataque no puede justificarse por el derecho a la legítima defensa, pues EEUU no estaba a punto de ser atacado por Irán, ni tampoco con el fin de acabar con el programa nuclear iraní. Recuérdese que la comunidad internacional, bajo el liderazgo de la Unión Europea, logró en 2015 que Irán firmara un acuerdo que ponía su programa nuclear bajo monitorización internacional. ¿Quién abandonó unilateralmente y sin justificación dicho acuerdo en 2018, impuso sanciones a Irán y lo dejó expirar en 2025? Donald Trump.

Como se ha demostrado en la represalia iraní contra sus vecinos árabes, el régimen iraní no solo es una amenaza para EEUU e Israel, sino para la región y, primordialmente, para su propia ciudadanía, a la que el fallecido Jamenei no ha dudado en masacrar en las recientes protestas. Si el objetivo era acabar con el programa nuclear iraní, las negociaciones bajo la sombra de la fuerza ofrecían un instrumento más que suficiente para forzar la voluntad del régimen, como se puso de manifiesto en la última oferta negociadora iraní, que aceptaba eliminar por completo el almacenamiento de material nuclear.

Sin embargo, como Trump manifestó en su discurso y ha mostrado en la primera fase de la operación militar, el objetivo de EEUU ha sido decapitar al régimen, matando a su principal líder, con el propósito de provocar un levantamiento popular que derroque al gobierno de los ayatolás y abra la puerta a una democracia.

En el mundo real, el uso de fuerza o la amenaza de su uso pueden ser instrumentos eficaces para lograr fines políticos -la guerra, recuerden, es la continuación de la política por otros medios-. Sin embargo, ¿qué les pide Trump en su discurso a los principales responsables políticos y militares del régimen iraní? Que abandonen sus despachos y se entreguen a la gente. Literalmente. La posibilidad de que quieran luchar e incluso, morir matando, no parece entrar en la ecuación. Como tampoco el tiempo y los recursos que costará esta operación o las consecuencias de matar al Ayatolá constructor del Estado iraní.

El derecho del revés, la política boca abajo. El resultado: una «furia épica» -como Trump ha bautizado la operación-, pero estratégicamente vacía.