Elma Saiz es una portavoz de voz severa, con una entonación muy radiofónica y una gravedad rectoral. Tiene otra virtud más apreciable para la política y que trasciende de las cualidades tímbricas de su voz. Es capaz de decir sin troncharse cosas como esta acerca de la intrascendente desclasificación de unos papeles sobre el 23-F: «La misión es impedir que la ultraderecha siga utilizando los bulos, las conspiraciones, la desinformación... para desinformar a los jóvenes, a chavales que piensan que con Franco se vivía mejor y que van cantando el Cara al sol por nuestras calles».
En esto hay dos escuelas: la de Paz Padilla, que considera que la broma ha de subrayarse con la risa porque la carcajada es contagiosa, y la de Eugenio, que sabía que nada hace más gracia que el chiste de un circunspecto. Elma es más de Eugenio.
Quizás no lo recuerden, pero España estuvo a punto de regresar al franquismo aquel día en que unos militares fascistas le quisieron dar un golpe a un gobierno socialista. El mismo que aprobó el divorcio en nuestro país y que diseñó la Ley de Reforma Política con la que fueron extinguidas las Cortes franquistas. Por eso en la lista del gobierno de concentración de Alfonso Armada no había ningún socialista y por eso quien se levantó para enfrentarse a pecho descubierto con los pistolones en el hemiciclo fue un activista ecologista llamado Gutiérrez Mellado. Más o menos, lo que anida en la cabeza de la portavoz debe de ser esto. O al menos es el recuerdo que pretende implantar en las cabecitas ajenas.
La realidad es más inconveniente. Nada hay que revisar de la historiografía del golpe, si acaso habría que engrandecer aún más la figura de quien en el momento decisivo supo estar en su lugar. Puede que el Rey Juan Carlos I contribuyera en aquellos días a la desautorización de Suárez y a un clima general de abatimiento, pero fue su autoridad la que puso fin a la astracanada.
De estos días de remembranza, hay algo más sangrante que la fabulación socialista y es el olvido de la fuerza que con más denuedo y eficacia homicida trabajó para que España no fuera una democracia. En 1980, ETA mató más que nunca: 95 asesinatos. Ningún plan fue tan decisivo para atizar un golpe como el de la acción-reacción-acción de ETA.
Elma Saiz puede contrastarlo con su socia Mertxe Aizpurúa, que por aquel entonces publicaba en Punto y Hora de Euskal Herria que «los gudaris de hoy [1983] son mucho más gudaris [que los de ayer]».

