La vi el domingo saliendo de la T4 por la puerta de los taxis como una montaña de trapo. Empujaba un portamaletas atestado mientras con la otra mano trataba de manejar el carrito capotado de su bebé. Su marido andaba distraído a unos metros de distancia, cómodamente vestido como cualquier hombre occidental del siglo XXI, mientras ella descifraba apenas el mundo a través del rectángulo visual de su niqab marrón. No es una imagen infrecuente en los aeropuertos de Europa, pero resulta imposible acostumbrarse a ella a poco que se haya desarrollado una mínima capacidad para ponerse en la piel del otro, de la otra, dentro de esa celosía textil autoportante que vela cada uno de sus pasos públicos.
Es imposible no sentir una suave oleada de indignación justiciera a la vista de una mujer obligada a cubrirse de la cabeza a los pies por orden de los barbudos intérpretes de la prédica de cierto caudillo árabe del siglo VII. Esa interpretación se dice religiosa pero nace de un oscuro fondo biológico no paliado por la ilustración: del atávico terror macho a perder el único poder que su fe les permite y les alimenta, que es el poder de sojuzgar a su esposa o esposas (nunca mejor dicho). Es la misma clase de indignación, entreverada de pesimismo antropológico, que nos asalta al leer sobre el caso de otra niña hindú casada con otro viejo desdentado, o al seguir en Unorthodox la peripecia emancipadora de una adolescente judía en pleno Nueva York. A quien no vea la diferencia con la joven de Los domingos habrá que recordarle el sentido de la decisión de la postulante, que rema contra la corriente de su entorno en vez de someterse a ella, como vuelve a reflejar la gran entrevista de Rodrigo Terrasa a María en este periódico.
¿Dónde acaba la libertad religiosa y dónde empieza la opresión femenina? ¿Hay algo más que una mera diferencia de grado entre la ablación y la invisibilización? Contra la tentación de regular las costumbres nos advierten siempre los garrafales experimentos de la ingeniería social, pero deslindar costumbre y crimen es tarea inaplazable del legislador democrático.
No hace tanto la izquierda lo tenía claro: la cobertura integral de la figura femenina es intolerable en espacios públicos, singularmente en centros educativos. No hace falta invocar el coraje de Oriana Fallaci: basta citar a Leire Pajín o Carmen Calvo. Pero un grito se elevó ayer en Teherán cuando oímos a Patxi López y a Yolanda Díaz defendiendo el maldito burka.

