Me interesa la polémica suscitada por la manía de Rosa Belmonte de hablar como si viviera en un país libre, donde la injuria pueda acogerse a los fueros del ingenio y donde la opinión logre trascender la dialéctica amiga-enemiga. Porque más allá de la consabida pelea entre Mediaset y Telepedro, este debate no va tanto de cuerpos como de mentes. Y de cómo los primeros están ocupando tristemente el lugar de las segundas.
Primero algo de gramática, porque cada día mueren más nativos verbales y los reemplazan emisores de emoticonos. Al reducir a doña Sarah Santaolalla a una composición de dos mitades («mitad tonta, mitad tetas»), Belmonte incurrió en una metonimia ciertamente ofensiva: tomaba las partes por el todo, es decir, dividía la integridad de la tertuliana sanchista en dos únicos elementos: el seno (generoso) y el seso (menguado).
Se trata de una licencia satírica propia de la retórica clásica que se remonta a Marcial y que culminó Quevedo en aquel célebre soneto dedicado a la nariz a la que estaba pegado Góngora. Quevedo acabó en la cárcel, y a efectos de prevenir lances de toga nuestra epigramista murciana -que además es abogada- ha optado por parafrasear a Azaña y pedir paz, piedad y perdón. Lo que no ha tenido tiempo ni ganas de explicar, porque a ella como a mí nos agotan los hipócritas, los analfabetos y los gilipollas, es que la expresión ofensiva no era suya: estaba citando el guion de una serie titulada La maravillosa señora Maisel que ella misma glosó en un artículo de 2018. Que la izquierda de hoy se haya vuelto tan inculta y puritana como la derecha de ayer será culpa de Steve Jobs y su aparatito neurofágico, pero en ningún caso de Rosa Belmonte.
Cada época se define por las cosas que la escandalizan. Una edad de moralistas de vía estrecha solo podía producir un feminismo de visillo, más atento a los atributos físicos de las mujeres que a los intelectuales. Porque el revuelo se arma por decir teta, no por decir tonta. Como cuando éramos críos.
Rosa siempre ha sostenido que prefiere que la llamen puta a que la llamen gorda. Pero tras el escándalo se ha definido -en un vano intento de rebajar la tensión- como «mitad tonta, mitad gorda», porque es demasiado inteligente como para renunciar a la capacidad de reírse de sí misma. Otras han invocado furiosas al pelotón oficial de castigo, sin reparar en que de este modo terminan confirmando todas las sospechas. Emilia diría sos-pechos.

