Las incursiones de Felipe González en el presente se degradan hasta lo cómico. Este martes anunció que va a votar en blanco. Tots tips!, dicen en un vernáculo tan fino y monosilábico que parece anglo. Si aquel Felipe quiere irrumpir en el presente ya sabe lo que tiene que hacer, porque está en su biografía: trabajar por un nuevo Suresnes que devuelva su partido al imaginario que tiene de él. Pero si no se ve con fuerzas debe ponerse una tarea para la que está aún a tiempo: unas memorias que pongan orden y limpieza en su pasado. Ante este reto moral muchos políticos se refugian en el tópico inane: «Lo que puedo contar no tiene interés y lo que tiene interés no puedo contarlo». Todos los que dicen eso son gente sospechosa, consciente de los atolladeros innombrables de su vida. La obligación de Felipe es contar lo que no puede contar.
Cualquiera pensará que lo primero es el Gal, y no le faltará razón. El expresidente debe a los ciudadanos un relato profundo, pormenorizado y veraz del crimen de Estado. A veces, y dada su ausencia obstinada, pienso que si no va más allá en sus pellizcos de monja a Pedro Sánchez es por el temor de que sean sus propios compañeros los que por primera vez le mencionen el crimen, y acaso con detalles inéditos, del tipo de los que solo conoce la familia. Hay otro asunto que Felipe debería tratar y que compromete al presente: ¿qué cultura política y qué tipo de promoción interna en aquel Partido Socialista que dirigió fueron capaces de llevar a la cúspide a José Luis Rodríguez Zapatero y a Pedro Sánchez?
La interpretación que de modo más o menos subrepticio hace González de Sánchez tiende a presentarlo como una suerte de excrecencia aventurera que mediante la suma de maniobras de un coche francés se adueñó de la dirección socialista. Pero tal interpretación es discutible. Sánchez, como Zapatero, es hijo legítimo del Partido Socialista: lo explican sus biografías y, examinadas atentamente, gran parte de sus políticas. El relato que Felipe González debería hacer de su vida habría de enfrentarse a este asunto tan habitual en la crecida de la edad. Si he sido yo el traidor o lo han sido ellos.
Mientras tanto y para calentar la mano le sugiero al expresidente una tarea preliminar. Hace ahora 25 años escribió a medias con Juan Luis Cebrián el importante libro llamado El futuro no es lo que era. Un título, quizá, escandalosamente premonitorio. El libro merece una actualización. Y por partida doble. Una nueva conversación radical entre los dos hombres clave de la política y el periodismo en las últimas décadas españolas. Me ofrezco a seguir redactando la contraportada.

