- Crónica La defensa de Antonio Pelayo
Coincidió la noticia de que un veteranísimo corresponsal en El Vaticano y sacerdote se ha metido en un lío humillante porque otro periodista de ventitantos años lo ha acusado de abusos sexuales con que vi Maspalomas, de Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga, y con que alguien me contó que el amigo de un amigo se murió en una operación incomprensible: se empeñó el hombre en llevarse grasa «del pecho al culito».
Tres médicos le dijeron que no lo hiciera porque el paciente (he estado a punto de escribir «cliente») tenía 60 años y el corazón gastado por las pesas, pero el cuarto médico le dijo que adelante con el encargo si firmaba antes un documento con el que asumiera los riesgos de la operación. Y ocurrió lo peor. Parece tan absurda esa manera de morir que sospecho que tiene que haber algún malentendido en el relato.
¿De verdad hay una operación que consiste en llevar grasa del pecho a las nalgas? ¿De verdad hay contratos por los que los cirujanos se liberan de la responsabilidad de sus actos? Algo tiene que haberme llegado mal en esta historia.
Respecto al vaticanista, tengo mi opinión, supongo que la misma que cualquiera que mire desde fuera: es raro que un señor de 82 años pueda intimidar físicamente a nadie de 27 o 28. ¿Quiso usar su prestigio profesional para forzar a su colega? El presunto agresor se disculpó al día siguiente por lo embarazoso de la escena y esa no parece la actitud de un narcisista que se aprovecha de su poder. Pero escribo como un espectador. Qué sé yo.
En el fondo, da lo mismo: lo impactante de su caso, igual que el del culturista muerto en el quirófano, es que nos recuerda el efecto devastador que puede tener el deseo sexual en nuestras vidas. La manera en que el anhelo de tocar y ser tocados, besar y ser besados puede llevarnos a la humillación, a la autodestrucción y a la muerte. A hacer daño a los demás, también, aunque esa parte me interesa menos aquí. No tengo ganas de escribir sobre el mal en el mundo sino sobre la tendencia a la autodestrucción.
Cuando el personaje de José Ramón Soroiz en Maspalomas se adentra en un cuarto oscuro, ¿no está buscando inconscientemente su castigo, la imagen de su cuerpo envejecido entre pechos de acero, su ictus? Cuando por fin es invitado a un trío, su expresión es la del amor y esa es la escena más dolorosa que se pueda imaginar, la más digna de compasión que he visto en una película. No hace falta ser un anciano que arriesga su prestigio por un calentón ni un vanidoso que se deja la vida por un culo respingón, para reconocer ese riesgo. Y, sin embargo, vivir sin deseo es morir un poco.



