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Tendríamos que haber hablado de Alvise

Alvise no es la escisión de ninguna opción ideológica como no era un periódico a las afueras. Es el oportunista que ha rentabilizado la pereza de quienes debían desmontarlo

Alvise, en la celebración de la noche electoral, el domingo en la discoteca Cats
Alvise, en la celebración de la noche electoral, el domingo en la discoteca CatsSergio González Valero
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HASTA el domingo nadie quería hablar de Alvise en la profesión. Luis Pérez Fernández, el candidato de Se Acabó la Fiesta, consiguió la wild card del periodismo. Tenía inmunidad. Alvise resultaba irrelevante a los periodistas que conciben la portada como un escaparate de intercambios y resultaba amenazador a los periodistas que temían propiciar una cacería que acabaría con la exposición pública de sus secretos más sórdidos al escribir su nombre.

A veces trabajar en los periódicos consiste en dejar pasar las historias que suceden al margen de la actualidad hasta que, tres años después, en las redacciones nadie puede explicar a nadie por qué alguien que apenas ha generado un par de enlaces ha sido capaz de levantar tres escaños en Bruselas.

Alvise, un reponedor de conspiraciones, una máquina del populismo, un administrador del miedo, aprovechó el silencio para ocupar los espacios que la ética obliga al periodismo a dejar sin producción. Arrancó a los lectores habituales de los diarios, ofreciéndoles mercancía sin cortar, y en un proceso parecido al de los sacerdotes del Age of Empires, los convirtió en fanáticos. Wololo: el periodista ya no contaba historias sino que las historias se las contaban a él. Resulta que había toda una constelación de putadillas que el Leviatán hacía a la gente bajo el silencio pactado del cuarto poder. La esquizofrenia me ha contagiado y ahora dudo en trasladar aquí, como ejemplo de las acciones atribuidas al Estado, la posibilidad de que un ejército de avionetas fumigue a diario el cielo con partículas de la sequía por si, ahora que ha tocado poder, Alvise puede demostrar que las pilota el mismísimo Bill Gates.

La absolución ofrecida por el pelotón menesteroso de escritorzuelos de periódicos propició que sus planes abarcaran la posibilidad de monetizar la influencia con dinero público. Con la misma técnica, cambiando la información por consignas políticas. Hasta el Congreso lo siguió una colección de yonkis de todos los sabores. Vi a amigos zombificados gritar sus consignas, copiar sus pasos a través de la Gran Vía: querían esnifar papeletas con el logo de un partido nuevo que, como a los periódicos, pretende sustituir -en un nueva proceso constituyente de la honestidad- a los partidos que a su vez ya sustituían a los partidos clásicos.

Alvise no es la escisión de ninguna opción ideológica como no era un periódico a las afueras. Es el oportunista que ha rentabilizado la pereza de quienes debían desmontarlo.