Para ilustrar el Jornal de hoy hemos plagiado el retrato de Félix Weil por George Grosz. En nuestra versión, el diarista lleva un buen rato escribiendo, concentradísimo, sin percatarse de que unas turbadoras (de turbante) mujeres han entrado en su habitación, acomodándose a su alrededor como si tal cosa. El diarista llega a la cumbre de su argumento, la maravillosa paradoja: ¡está prohibido, soy libre! (Y conste que es un argumento un poco Carlyle, si no hubiera cárceles no podríamos ser libres y etcétera). En ese instante, la turgente muchacha enfundada en tela salmonete inquiere al diarista: ¿Está libre? ¡Soy lo prohibido! Sobresaltado, el diarista se ve convertido de la noche a la mañana en señor de un harem, què hi farem.
Terrible dilema. ¿Debe aleccionar a las muchachas en el desuso del velo y abrir la jaula para que vuelen las calandrias? ¿O dejarse caer en brazos de Bambino, lo prohibido, y mantener el serrallo? ¡Por dinero no será, y cuando viaje siempre puede contratar algún eunuco, ahora que abundan, para que vigile! Naturalmente, se impone la contención (¡la hombría de bien!) y el diarista habla así: queridas, yo comprendo que el islam es un matriarcado y que esto del velo es una imposición que os hacéis unas mujeres a otras para conservar los maridos; pero os estáis haciendo demasiado daño, y lo de los maridos no tiene arreglo. Dejad aquí los pañuelitos y salid a predicar Mi Palabra a vuestras amigas.
Las muchachas, iluminadas, dejan caer sus velos y todas las telas y telillas que las encarcelan. Telón.
(Terminado el domingo veintidós de febrero, tarde, considerando la posibilidad de que el diarista, al hablar de besos afroamericanos, estuviera refiriéndose a aquellos dulces daneses, Negerküsse, de controvertida traducción.)

