Son cerca de las 12.00 y el sol se deja caer con cierta timidez por uno de los numerosos escondrijos del parque del Oeste. El mes y medio de incesantes lluvias han dejado cicatrices con forma de profundas pisadas y pronunciados surcos de ruedas de los equipos de mantenimiento, en las sendas de arena y barro.
Son cerca de las 12.00 y sólo el repentino estrépito del Cercanías (quién sabe si pasando a la hora prevista o con retraso) hace trizas el silencio junto a la espalda del diminuto cementerio de La Florida, donde yacen dos siglos después los restos de aquellos héroes del 2 de Mayo.
Son cerca de las 12.00 y, más allá de algún que otro tren, en ese flanco suroeste del icónico pulmón madrileño sólo se percibe el canturreo de los pájaros, con la estridente garganta de las incómodas cotorras.
Pero, a pesar de ser cerca de las 12.00 horas, hay un puñado de tiendas de campaña que dormitan en silencio sobre el césped. Dormitan ellas y dormitan sus inquilinos. «Muchos hacen vida cuando cae el sol. Por el día permanecen en sus tiendas porque están de resaca. A más de uno se le va la mano... y no sólo con el alcohol. Algunos van como zombis», simplifica la cuestión uno de los operarios de las zonas verdes, acostumbrado a convivir con ese paisaje. Un incómodo entorno que, según cuentan quienes pisan habitualmente por el lugar, lleva algo más de un año convertido en una suerte de camping. En un asentamiento ilegal, como denuncian algunos vecinos. «Esto se ha convertido en Magaluf. Algunos se emborrachan, rompen ramas de árboles y deterioran el entorno», abunda ese mismo trabajador, que también reconoce que hay quienes sólo buscan un lugar donde poder dormir. «Que no nos veamos en esa situación... Aquí también hay gente que hace no tanto llevaba una vida normal», completa.
Son algo más de una decena de tiendas de campaña, algunas de grandes dimensiones, diseminadas tras el costado de la antigua fábrica de cerámica, donde ahora se encuentra la Escuela de Cerámica de la Moncloa. Un enclave bautizado por alguno como Territorio Quechua ante la variedad de carpas y casetas de esa popular marca. «La situación es cada vez más insostenible. Se han normalizado episodios de inseguridad, consumo de drogas y deterioro del entorno», denuncia Ángel, uno de los vecinos del distrito de Moncloa-Aravaca. «Hay un deterioro progresivo del parque, con acumulación de residuos, daños al entorno natural y una creciente sensación de inseguridad», insiste, incidiendo en la cuestión de necesidades fisiológicas: «Lo hacen donde les viene en gana».
Hay quienes miran de reojo hacia los centros de acogida cercanos, el de San Isidro y el de La Rosa, situados en el próximo paseo del Rey. «Allí se corre la voz y por eso este asentamiento no para de crecer», sostiene Eduardo, que, de forma recurrente, pasea a su perro por los lomos del parque. «Suelen moverse por el parque y se asientan donde menos se les ve. En este caso concreto, junto a las vías del tren». Añaden los vecinos en su lamento que la presencia policial es «prácticamente inexistente», más allá de intervenciones puntuales cuando se la requiere: «Se percibe falta de control y deja a los usuarios del parque en una situación de indefensión». Y recuerdan que hay más casetas de este tipo a lo largo de la ribera del río Manzanares.
"Tres personas han rechazado la intervención"
El Ayuntamiento, y el distrito en concreto, encabezado por Borja Fanjul, es consciente de esta incómoda realidad, la de los asentamientos, que se ha convertido en tema recurrente en la capital por llamativas escenas como las que se pueden observar en las laderas de la M-30.
«Los Equipos de Calle conocen este agrupamiento y mantienen intervención social y seguimiento de la mayoría de los casos, a excepción de tres personas que por el momento rechazan dicha intervención. No obstante, seguimos actuando para generar un vínculo de confianza con estas personas que facilite que acepten los servicios municipales», detallan a este diario desde el Área municipal de Políticas Sociales, responsable de esa primera actuación.
En el Consistorio subrayan que, en 2025, el número promedio de personas en situación de calle en la capital fue de 1.015, un 9% menos que el año anterior. Descenso en el que, según los datos y estadísticas que manejan en Cibeles, tiene una incidencia directa el trabajo de detección y atención social de los Equipos de Calle, cuya plantilla se incrementó un 30% en 2025 (18 nuevos), y el aumento de plazas en la red municipal. Y señalan que en esa cifra de personas sin hogar están incluidas las de agrupamientos y asentamientos.
Además, recuerdan que hace un par de semanas se completó el levantamiento de uno de los numerosos asentamientos del distrito de Ciudad Lineal, a orillas de la M-30. «El Ayuntamiento sigue en ese propósito de erradicar los asentamientos ilegales, siempre preservando la dignidad de las personas. Estamos enfocados en darles una atención social que necesitan y que, además, nosotros queremos prestarles», reconocía días atrás el propio alcalde, José Luis Martínez-Almeida, que apuntillaba: «Los asentamientos que han proliferado necesitan una solución inmediata».
En esa línea va también un poco la queja de quienes frecuentan ese entorno que se encuentra bajo la lupa desde hace algo más de un año. «La única respuesta que recibimos es que se trata de un problema extendido a toda la ciudad. Esta explicación, además de insuficiente, no exime a las administraciones de actuar allí donde el problema es concreto, conocido y prolongado en el tiempo, como sucede en este caso concreto».
A la espera de un remedio se encuentra este rincón del parque del Oeste, en el que más de uno acelera el paso, donde antes se regalaba el básico placer de caminar.



