MADRID
Patrimonio

Máxima protección para el complejo de El Águila: la antigua fábrica de cerveza alcanza ya el valor de Bien de Interés Cultural por su estilo único

El edificio de Arganzuela es un modelo industrial histórico, testigo de la conversión de la villa en una urbe cosmopolita

La entrada al complejo cultural de El Águila, antigua fábrica de cerveza, en el barrio de Arganzuela.
La entrada al complejo cultural de El Águila, antigua fábrica de cerveza, en el barrio de Arganzuela.E. M.
Actualizado

Los tópicos siempre se cimientan en ciertas evidencias, y el de la suma calidad del agua en Madrid arrancó hace ya dos siglos, con las obras del Canal de Isabel II a mediados del XIX, que propiciaron en la capital un apogeo de fábricas de cerveza, como la de Mahou en la calle Amaniel, la de Santa Bárbara en la calle Hortaleza, o la de El Laurel de Baco en Moncloa, exprimiendo los campos de cebada que abastecían la ciudad y ese despertar económico que transformó la villa en una urbe cosmopolita con vocación europea. Un auge industrial histórico, del que sólo quedan aún en pie los restos de la Mahou y la antigua fábrica de El Águila, pero, esta sí, en un estado de conservación tan meritorio, sobre todo tras la rehabilitación de 1999-2003, que, desde hoy, contará con la protección máxima como Bien de Interés Cultural (BIC).

Según ha podido saber GRAN MADRID, está previsto que el Consejo de Gobierno apruebe este miércoles el decreto que le otorgue el mayor grado de amparo como Sitio Industrial, después de que la Comunidad de Madrid culmine el proceso que inició en abril del pasado año. Actual sede del Archivo Regional y de la Biblioteca Regional Joaquín Leguina, este edificio de Arganzuela es un icono de la arquitectura industrial madrileña de principios del XX, que destaca por su estilo neomudéjar y por unas influencias centroeuropeas que lo convierten en único.

Diseñada en 1902 por el arquitecto Eugenio Jiménez Corera tras una inversión inicial de dos millones de pesetas, El Águila se construyó con un aprovechamiento expresivo del ladrillo macizo. Su apariencia exterior es pareja a coetáneos de la época, como los almacenes de Tabacalera, la misma Mahou o las instalaciones de guatas de algodón en la calle Francisco de Ricci. El propio Jiménez Corera ya había recurrido al neomudéjar para levantar, en 1896, la iglesia de San Fermín de los Navarros, pero es en la nueva fábrica donde mira a Europa, con un concepto racionalista funcional, incluyendo las cubiertas de gran pendiente o el chapitel coronado en pizarra del edificio que remata el pabellón de maltería, hoy la biblioteca.

Las obras de rehabilitación, que finalizaron en 2003.
Las obras de rehabilitación, que finalizaron en 2003.P. C.

El conjunto de siete pabellones aún mantiene la esencia original de la dirección de Jiménez Corera, que alumbró una vía férrea interior con sus andenes de distribución, depósitos de malta, bodegas de tres plantas, construcciones periféricas para labores administrativas y una enorme chimenea, ya desaparecida. En 1908, se amplían las bodegas y las botillerías y, en 1912, el arquitecto Luis Sanz de Terreros, artífice del esquinazo de La Adriática, en Gran Vía, completará ya todo el solar actual, con un pabellón de embreado, una heladera, cuadras, cocheras, garaje, almacenes de cajas y cubería. Además, todavía pervive maquinaria histórica, expuesta en los vestíbulos de entrada, y la azulejería de Daniel Zuloaga Boneta, un prestigioso pintor y ceramista que inscribió los letreros de El Águila, en las fachadas este y oeste del pabellón de oficinas, y de Fábrica de cerveza, en el lado sur, justo debajo del escudo del complejo.

El local de copas que los dueños de Archy abrieron en 1992.
El local de copas que los dueños de Archy abrieron en 1992.R. M.

Las instalaciones continuaron creciendo hasta copar, en la segunda década del XX, un 25% del mercado cervecero, sobrevivir a la Guerra Civil aumentando las naves y convivir, ya a finales de los 60, con otra fábrica hermana en San Sebastián de los Reyes. Pero El Águila terminó por suspender su actividad en los años 80, quedando abandonada, aunque, en 1992, albergó un local de copas. Ideado por los dueños de entonces célebre discoteca Archy, trataron de revitalizar el atractivo espacio, entre polémicas por la concesión de licencias municipales.

Tras la deriva, la Comunidad de Madrid adquirió la propiedad de 30.000 metros cuadrados y, en 1994, convocó un concurso internacional para su metamorfosis en centro cultural, presentado entonces por Joaquín Leguina, presidente regional, y Jaime Lissavetzky, consejero de Educación y Cultura, tras el apoyo del Partido Popular municipal de José María Álvarez del Manzano, que modificó las normas urbanísticas que limitaban las actuaciones en la zona. Los arquitectos Emilio Tuñón Álvarez y Luis Moreno García-Mansilla fueron quienes ganaron la convocatoria y parieron un ejemplo pionero de reconversión industrial, respetuoso con ese espíritu de El Águila y con su finalidad pública. Hoy, con el BIC, se da el paso definitivo en la custodia del legado madrileño.