La cena de empresa, organizada con la excusa de Navidad, tiene mala fama. Es un accidente cantado por Leticia Sabater. El inicio de Perdidos: todos los compañeros son las víctimas desorientadas entre el fuselaje de la rutina. A pesar de su reputación como desembocadura de pelotas, resulta un género a descubrir para el becariado, conformado por una generación que ya no bebe ni fuma. Para los ubicados en el sótano del organigrama propicia la oportunidad de refutar la Inteligencia Artificial, su principal rival en la carrera hacia el contrato. La IA es solícita, eficaz y práctica, pero está atrapada en el abstracto, un lugar que no dispone de una barra que selecciona las marcas comercializadoras de una droga legal a su disposición, o sea, que no puede invitar a chupitos a nadie. Pertenecer a una especie concretada en la interacción proporciona a los hombrecillos y las mujercitas lanzados a la vida adulta una ventaja diferencial.
El encuentro en un bar con las personas que los novatos han conocido en el inicio del tanatorio llamado experiencia laboral es un disparador de leyendas. Es una skill genuina, por por decirlo en el idioma LinkedIn. Aprovechar la franqueza del cara cara asegura el fuerte unos cuantos minutos más. Hay que superar la resistencia del bestiario de veteranos. El resquemor es otro tipo de combustible, pero obviar los discursos fatalistas de quienes dicen haberlo visto todo, mantiene vivas las posibilidades. La ingenuidad resulta agradable en el caos. Llegar inédito proporciona al novato la magia suficiente para ver en el jefe aislado en el cargo a una persona. El jovenzuelo debe entender la transversalidad de la independencia: tanto sus padres como su superior tienen vida. A lo largo de la noche habrá oportunidades de asentarse como un personaje que se da por hecho en el entorno laboral. Ser el último en irse a casa entre los últimos, los elegidos para vagar por la zona despertador del día, está bien.
No pasa nada si al día siguiente el becario, el junior, el chavalín, yo qué sé, escucha a su paso cuchicheos. Son las salvas de honor al notas. La resaca, esa ardiente sensación de llevar encendida en la frente la cruz de Cecilio G., será la excusa para pasar desapercibido. Las habladurías acaban por sedimentar. De quien no hablará nadie será del tipillo que ya está consultando en ChatGPT cuál es la vacante más próxima.

