- Qué se le ofrece Las voces de aguacero del 8-M
LO QUE dejó la pandemia tras de sí no fueron sólo muertos. Ni la contienda de cifras o responsabilidades. Instaló también la desorientación. Andas, deambulas pretérita, porque en el Madrid centrifugado se esfuman las catedrales cual exhalación. No existe el bar de Lavapiés donde, antes del Covid, había que echaros de madrugada. Ahora es cuqui. Ladrillo visto, neones. Tartar. Gyozas. Qué os ha dado con las gildas. Tampoco perdura ya esa compañía con la que monopolizabais cada sábado. De brillo indispensable. Cambió la historia de las relaciones. Mutó en laberinto. Y no hay brújula que os salve.
De una sabes que tuvo un hijo y ya sólo sigues sus desahogos maternos en Instragram. Tampoco estabais tan unidas. Supones que aquella seguirá carreteando ansiosa con quien le siga el ritmo. Quién la rescatará hoy de la fauna. Las únicas que compartieron salvavidas en la reapertura de las terrazas. Hablabais el mismo idioma. No volviste al coreano de Juan de Austria. A otra apenas la reconoces en su regreso tras década y media en el extranjero. ¿Siempre fue así? Esta ciudad es una mierda, repite. Pero no me arrepiento de volver. Media sonrisa. A otros hay que arrancarles del sofá y de la rumia familiarista. Es su tic del trauma. Vivir en zapatillas. A resguardo. Experimentar la existencia en Netflix. Lo analiza Bruckner en un ensayo, pero no atina. Escribe de lejos.
La carga de profundidad del Covid trastocó todas las cartografías. Ahora, os rebuscáis. Ya ocurrió con la crisis de 2008. Cuando él te decía en el In Dreams de San Mateo que eras tú la valiente por quedarte en Madrid. A resistir. Tenían dinero, becas, idiomas. La recesión del millennial de barrio también rezumó sobre la amistad. Con esa manía curiosa de informar de las novedades justo antes del adiós. Me casé. Se llama Max y cumple el viernes un año. Último whatsaap, 2022. Mientras, el bus aturde con la cháchara de videollamadas, solidificada cual lastre del confinamiento. ¿Cómo se filtró imperceptible el desierto en lo íntimo? ¿Y la conquista ensordecedora del ajeno? Hay quien no flaquea en enviar reproches de madrugada a quien jamás conoció cara a cara. Como el novio adolescente.
De nuevo te dejas arrastrar por lo fresco. Ese carácter de por qué no, cualquiera vale, nunca se sabe, lo filtra Madrid en la médula. En 2021 te apoltronabas en Comendadoras mientras discurrían frente a ti conocidos de conocidos, historias rocambolescas, atrevidos e imprudentes. Ya no logras conversar sin que la polarización, la sospecha ideológica, lo embarre todo. Qué pereza.
Querrías llamarle para recordar el nombre de aquel garito de los bajos de Argüelles, pero sonaría a Los años nuevos de Sorogoyen. ¿Cómo volver a comunicarse?

