Como parece innecesario abundar en la juventud de Mario Obrero, lo más oportuno es despachar este asunto: ¡21 años!, dicho está. Mario Obrero es más poeta que joven. Mario Obrero es más profundo que promesa. Mario Obrero es más insólito que asombro. Nació en Getafe. Vive en el Sector III. Hijo de funcionarios. Deuda de gratitud con lo público. También pinta y le saca música a la guitarra. Tiene una cierta habilidad para hablar echando caramelos por la boca y cuaja las frases de citas oportunas dando cuenta de lecturas abundantes, atropelladas, con algo de muestrario y de insaciable.
Ha publicado libro nuevo de poemas, Tiempos mágicos, en la editorial La Bella Varsovia, que cumple en estos días un año menos que Mario: 20. Me gusta el poeta Obrero. Me interesa su expedición y la fiesta de sus palabras, la voluntad de que la imagen sea el centro universal de las cosas y la certeza de que la poesía es una verdad de tamaño natural que imparte clases de respirar despacio mientras las peores gentes de la actualidad aconsejan lo contrario. Mario Obrero escribe para ponerse de acuerdo con la luz, con el viento, con el "designio del agua", con cualquier salida al mar. También porque sí. Y para comprobar que una lengua, o dos, o tres, o todas, son más anchas cuando la poesía se hace sitio en ellas. Este muchacho del que hablo nació de escribir su nombre en el primer folio con el primer lápiz y ahora desordena con talento fuerte la poesía.
El pleito del poeta joven con su edad lo ha resulto Mario Obrero escribiendo antes que casi todo el mundo. A los 14 años ganó el Premio Félix Grande con Carpintería de armónicos; a los 17 (o por ahí) el Premio Loewe a la creación joven por Peachtree City; y ha publicado otro libro después de este: Cerezas sobre la muerte, que sonaba a ejercicio de formación. El poeta grande que puede ser este hombre flaco y con rizo desafiante se afina mejor en Tiempos mágicos. Está más valiente, y lúdico, y abierto a lo que sea, un feliz de intemperies, y convencido, y desconcertante, que tantos de mi edad, que nosotros mismos, aquellos que fuimos de listos décadas atrás y ahora vamos cargados de resabio, de empastes en la dentadura y con menos pelo, mucho menos pelo.
Esta invocación a Mario Obrero lo es a la literatura por venir y al idioma por hacer. A lo cívico. A lo veraz. A lo auténtico de profesar las letras. Lo repito y no me canso: sobre todo, en los últimos años, leo principalmente a poetas (ellas y ellos) de veintitantos, de treinta y muchos. Encuentro en sus propuestas lo que busco: otra manera de decir mundo, casa, calle, gente, manzana, periódico, gato, mar o Tiempos mágicos, mientras deduzco en sus palabras "el futuro país de la mañana siguiente", el suyo. Pues la poesía es aquello mismo que se nombra antes y después, mientras la vida ocurre sin razón, con ganas.

