Con solo 15 años, Louis Stettner se puso traje y corbata y se plantó en el Metropolitan de Nueva York para conocer el trabajo de Paul Strand y Alfred Stieglitz, sus héroes. «Me dieron una mesa y una silla, me trataron con mucho respeto y trajeron las fotografías que había pedido», recordaba el fotógrafo con motivo de su retrospectiva en el Pompidou, que coincidió con el año de su muerte a los 93 años, en 2016.
Al poco tiempo acabaría conociendo a ambos maestros, que le animarían a dedicarse a la fotografía. Y con 22 años se convertiría en su compañero y miembro más joven de la Photo League, el colectivo dedicado a la fotografía documental de carácter social en en el que también militaban Berenice Abott y Weegee, el fotógrafo de sucesos inmortalizado en la película El ojo público.
Stettner fue el menos conocido de todos ellos. Pero la Fundación MAPFRE rescata su figura y reivindica la maestría con la que captó su tiempo en una exquisita retrospectiva en la que se puede ver la serie que le acreditaba como joven promesa, Subway Series (1946): imágenes de personas que van o vienen del trabajo en metro, mostrando sus rostros cansados, el tedio cotidiano y un cierto sinsentido existencial.
Sus fotografías buscan la poesía cuando llega a Francia a finales de los años 40 y conecta con Brassäi. Después, la carga política de su obra se hace evidente al regresar a EEUU en los años 60. Los retratos que realiza de trabajadores son iconos de ese compromiso, incluido el tanteo previo que dedica a dos pescadores de Ibiza, Pepe y Tony (1956). Una suite de encuadres forzados en los que apenas se distinguen partes de su cuerpo y muy diferente del resto de su obra, más directa y legible. Pero siempre late la búsqueda de una verdad esencial que Stettner encontraba en «el hombre común».
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