La gran mayoría de los comensales del restaurante Shisomen pide su plato estrella: un delicioso ramen vegano que hubiera hecho las delicias del habitante más tristemente célebre del vecindario, aquel vegetariano radical que tuvo sobre este mismo lugar su propia oficina: Adolf Hitler. La antigua Cancillería del Reich se encontraba en lo que es hoy una urbanización céntrica pero anodina de Berlín. El dictador nazi se suicidó aquí, bajo un parking de arena donde los berlineses sacan a sus perros para hacer sus necesidades.
Hay que viajar en el tiempo hasta el 30 de abril de 1945 para visualizar una Cancillería en ruinas, con los rusos asaltando a la bayoneta el vecino Reichstag y los últimos fieles a Hitler sacando su cuerpo sin vida enrollado en una manta junto al de Eva Braun, ya convertida en Eva Hitler desde el día anterior. Ambos se habían quitado la vida unos 8,5 metros más abajo, en el complejo búnker de dos plantas construido en los jardines del edificio unos años antes.

Ochenta años de auge y caída de la alianza transatlántica que salió del horror

El mundo que la guerra alumbró
El refugio, conocido como Führerbunker, tenía sólidas paredes y recursos para resistir semanas de aislamiento. El hombre que había prendido fuego a Europa, conquistador de casi todo el continente y autor intelectual de algunos de los peores crímenes en la historia de la humanidad, ardió en lo que es hoy el aparcamiento de la Gertrud-Kolmar-Strasse durante horas, alimentado por los 180 litros de gasolina que consiguió su chófer, Erich Kempka. Cerca de él se quemaron también los cadáveres de Joseph y Magda Goebbels y los restos de su perra Blondie -con la que se probó la eficacia de las cápsulas de cianuro-, junto a sus cuatro cachorros, muertos a tiros por los guardias del búnker.
Los primeros soldados soviéticos en entrar en aquel Titanic subterráneo no fueron los endurecidos frontoviki, los veteranos de primera línea que habían puesto la bandera sobre el Reichstag, sino un grupo de mujeres militares. Cuando accedieron a los pisos inferiores, se encontraron con algunos jerarcas nazis sentados en sillones con un disparo en la cabeza. Sólo quedaba con vida el técnico que se encargaba de mantener los generadores encendidos, Johannes Hentschel. Cuando lo vieron, le encañonaron con sus armas:
- ¿Dónde está Hitler?
- Está muerto. Su cuerpo está quemado fuera.
- ¿Y Eva Braun?
- También está muerta.
- ¿Dónde están sus cosas?
Las soviéticas entraron en su habitación y se llevaron los perfumes, las medias, los vestidos, los cosméticos, un gramófono con discos... Fue el primer saqueo documentado del Führerbunker de los muchos que vendrían, la mayoría perpetrados por los propios soldados del Ejército Rojo, deseosos de llevarse algún souvenir de guerra del lugar en el que Hitler vivió escondido sus últimos días para morir por el disparo de una Walther PPK, el arma favorita de James Bond. Muchos colaboradores le pidieron durante semanas que huyera de Berlín ante el empuje de las columnas acorazadas soviéticas, pero soñaba con un final wagneriano y le aterraba acabar como su amigo Benito Mussolini, ahorcado boca abajo de una gasolinera.
En esa patética pira funeraria en el jardín saldó el proyecto criminal del nazismo e inauguró una nueva era que vio nacer alianzas impensables hasta ese momento, como la de franceses y alemanes o la de estadounidenses y japoneses, y que el mundo se dividiera en dos, separados por un infame muro y un telón de acero. La Segunda Guerra Mundial la habían iniciado en septiembre de 1939 Hitler y Stalin al repartirse Polonia y los países Bálticos. Como si fuera una pesadilla difícil de olvidar, los soviéticos quisieron borrar todo rastro físico de aquel régimen nazi.
Los restos de la Cancillería fueron demolidos en 1949 y las autoridades de la Alemania del Este minaron el búnker con explosivos en varias ocasiones, pero su hormigón era tan sólido que no consiguieron destruirlo. En los años 80, con el proyecto urbanístico actual, volvieron a la carga para hacerle hueco a los nuevos cimientos de los edificios. Según algunos testigos, el primer piso fue removido, pero el sótano más profundo del búnker, con las dependencias privadas de Hitler, aún permanece oculto, inundado y sellado como si fuera el sarcófago de un faraón.
Antes de poner en marcha esa operación urbanística permitieron la entrada a un grupo de fotógrafos. Armados con linternas, se encontraron con una atmósfera fantasmal. Todo el mobiliario, incluyendo los armarios del dictador o las camas en las que murieron envenenados los seis hijos de Goebbels -bautizados con nombres que empezaban por H en honor a Hitler-, estaba enmohecido y oxidado. El agua se había filtrado e inundaba parte del recinto. Casi no quedaban objetos personales de sus ocupantes. Según los testigos, seguía oliendo a muerto ahí abajo.
Hoy algunos anticuarios todavía ofrecen reliquias supuestamente obtenidas de todo el saqueo del Führerbunker: restos de la vajilla con la esvástica, uniformes de la guardia de Hitler, mapas de su sala de guerra... El 99,9% de todo ese material es falso. Lo que sí es un objeto real es el águila de bronce con la araña negra en sus garras que coronaba la Cancillería y que los soldados británicos del Royal Engineers Regiment se llevaron como botín de guerra. Hoy puede verse en el Imperial War Museum de Londres, donde es posible (aunque no recomendable) palpar con los dedos sus agujeros de metralla.
Sólo un álamo negro, gordo y viejo, sobrevive hoy de aquel jardín de 1945. El resto fue talado por la metralla de la batalla de Berlín o por la construcción del Muro, que pasó justo por encima de este lugar para darse la vuelta hacia el Este en la vecina Puerta de Brandemburgo. Su sombra reina sobre el resto de árboles más jóvenes y sobre la señora Weber, una vecina del barrio que vive aquí desde hace 15 años y que acaba de aparcar su coche. "Cuando me trasladé aquí, no sabía nada de este lugar ni de las historias que escondía. Hace poco pusieron estos carteles aquí indicando el sitio en el que Hitler se suicidó y entonces comprendimos. No creo en fantasmas, pero me resulta aterrador que ese asesino se suicidara a pocos metros de mi casa", comenta.
El que no exista hoy un cadáver localizable y reconocible alimenta conspiranoias de lo más descabellado, como que el Führer tomó un submarino que lo llevó a Argentina, donde vivió escondido durante décadas. La realidad es que muchos testigos de aquel suicidio sobrevivieron al asalto del búnker y sus historias coinciden. Una de ellas es Traudl Junge, secretaria de Hitler durante aquellos días finales del Tercer Reich, en cuyo testimonio se basa mayoritariamente el libro El hundimiento, de Joaquim Fest, cuya versión cinematográfica ha generado uno de los memes más celebrados de Internet, con la bronca de Hitler a sus generales del 23 de abril al intentar mover ejércitos que ya sólo existían en su mapa. Los ayudantes del dictador, Otto Günsche y Heinz Linge, capturados después, ayudaron a quemar los restos humanos y confirmaron los hechos a sus captores soviéticos.
El Ejército Rojo no sabía de la existencia de aquel búnker y tardó un día en descubrir que Hitler se había suicidado. Lo anunció el general alemán Krebs al general ruso Chiukov la noche del 1 de mayo. Chuikov se llevó una gran sorpresa pero puso cara de póker y aseguró que ya estaba enterado. Entonces descolgó el teléfono y despertó a Stalin, que dormía en Moscú, para darle la noticia. El dictador ruso puso a Iván Klimenko, oficial de contrainteligencia, a descubrir el paradero del cadáver y a confirmar la historia que contaban los supervivientes nazis. Cuatro días después del suicidio, Klimenko encontró los cuerpos quemados de Hitler y Eva Braun en el jardín de la Cancillería, semienterrados en un cráter que hoy se encontraría, según cuenta uno de los guías que muestra el lugar a unos turistas italianos, frente a una tienda de bicicletas y uno de los escasos fragmentos del Muro de Berlín que siguen en pie en la ciudad.
Para confirmar su identidad, Klimenko buscó por todo el Berlín en ruinas al dentista personal del Führer, al que no encontró, pero sí a su ayudante, Käthe Heuserman. Gracias a ella se hallaron las radiografías de su dentadura en la Cancillería y se pudo determinar que aquellos dientes eran del líder del nacionalsocialismo. La autopsia determinó la muerte por cianuro y disparo de un arma. Las piezas dentales, un trozo del cráneo y la Walther PPK viajaron a Moscú, mientras que el resto del cuerpo fue enterrado y desenterrado varias veces en localizaciones secretas nunca reveladas por Klimenko.
Algunas unidades aisladas -muchas compuestas por voluntarios extranjeros de las SS- siguieron combatiendo en la ciudad y el resto de Alemania unos días más, muchas de ellas tratando de abrirse paso hacia el Oeste para ser apresadas por los aliados y no por los soviéticos, cuyo cautiverio se adivinaba mucho peor. Finalmente, en el comedor de la escuela de pioneros de Karlshorst, y bajo las cuatro banderas de los vencedores (que siguen en el mismo lugar), el 8 de mayo se firmó la capitulación incondicional del Tercer Reich en Europa sobre una mesa de madera con un tapete verde que huele a viejo.
De las cenizas del Führerbunker y las que dejaron los terrores atómicos de Hiroshima y Nagasaki emergió un mundo nuevo basado en ciertas reglas que alumbró la OTAN, la ONU, la Unión Europea y que Donald Trump derriba estos días como si tuviera una bola de demolición geopolítica. De la última morada de Hitler podemos caminar unos 100 metros hasta el estremecedor memorial de los judíos asesinados por el nazismo, con su bosque de tumbas de hormigón, o llegar hasta el Checkpoint Charlie, la garita fronteriza que te permitía pasar del bloque soviético al occidental y viceversa, separados por el Muro. Los turistas beben té chai en el garito de la esquina, rebautizado como Café Einstein, que en esa época alojaba el Café Adler, un nido de espías.
Ese puesto, al igual que toda la frontera, lo guardaba Estados Unidos, el influyente gendarme de Occidente. Ahora Trump ha dejado la garita vacía, como la del Checkpoint Charlie.



