- Equipaje de mano El mundo que la guerra alumbró, por Ana Palacio
En casa de Eva Leitman-Bohrer se hablaba poco de la historia familiar. Era el Madrid de mediados de los años 50, asistía al Liceo Francés al ser un centro laico y su familia, judía, hablaba magiar y comía gulash varios días a la semana: a las 13.15h, siempre a esa hora al salir del colegio. El yogur todavía había que comprarlo en la farmacia, porque en aquellos tiempos el yogur aquí era todavía un medicamento reconfortante: "Me decían que qué nos pasaba, que si siempre estábamos enfermos", recuerda con una sonrisa.
Leitman-Bohrer, que se define como madrileña, española, judía y húngara, nos muestra los pocos recuerdos que conserva de su país de origen: la preciosa sopera de porcelana blanca de la vajilla de la abuela materna, tan actual que parece adquirida ayer, el tapiz que bordó ésta con la historia bíblica de la joven hebrea Ester, su primo Mardoqueo y el rey persa Asuero, el cuadro recuperado ya en tiempos de la Hungría comunista por su madre de manera que todavía no sabe cómo explicar... Y que ella tampoco le contó nunca.
"Mi madre sí que decía que yo nací en el peor momento para nacer, cuando los aliados bombardeaban Budapest, pero poco más", cuenta esta mujer a la que, cuando era un bebé, salvó de los nazis el diplomático español Ángel Sanz Briz. Ella fue uno de los 5.200 judíos a los que el conocido como El Ángel de Budapest consiguió una escapatoria en 1944 mientras fue el responsable de la legación española en Hungría, una hazaña que fue conocida hace solo unos pocos años y al que Israel concedió el título de Justo entre las naciones en el el año 1991, once años después de su muerte.
Hungría estaba ocupado por aquel entonces por las tropas de Hitler, a punto de perder la guerra, y Sanz Briz, al enterarse de las atrocidades que se estaban cometiendo, encontró los recovecos de una vieja ley del dictador Primo de Rivera, ya caduca, para proteger a los judíos sefardíes, los descendientes de los que fueron expulsados por los Reyes Católicos en 1492. Cuando, según subraya Leitman-Bohrer, en su país no había prácticamente nadie que tuviera ese origen: "Fue un héroe, arriesgó su vida y su carrera", relata.
"Entonces no me interesaba tanto, crecí siendo una niña diferente, como muchos niños judíos que no vivieran en Francia o en Israel, y lo acepté. Era normal que todo fueran misterios, la verdad es que no me molestaba", nos explica en su domicilio madrileño, donde nos cuenta que hasta que se retiró de su trabajo en Air France se preocupó de construir su vida (se casó en París, vivió en Venezuela hasta la llegada de Chávez, tuvo tres hijos...) y no de mirar hacia atrás.
La caja fuerte de 'Pape'
La casa también fue la de sus padres y allí, en una caja fuerte, descubrió los documentos que le desvelaron tantas cosas que desconocía y que le hicieron reencontrase con aquel pasado. Sí sabía que su abuela había emigrado a Tánger, entonces ciudad internacional, cuando empezaban las persecuciones. Que allí abrió un restaurante y que se desplazó a Madrid por un tiempo, que los matasellos de las cartas que envió a su hija desde la capital española fueron el vínculo por el que pudieron evitar la muerte...
Descubrió que su padre biológico murió en las Marchas de la Muerte, que su madre estuvo probablemente en un subcampo de Mauthausen cuando ella ya había nacido, que su padre adoptivo (el que guardó todos los documentos y al que llamaba 'Pape') estuvo ingresado en tres campos de trabajo... "¿Dónde estaba yo? Si era un bebé de seis meses. Me dolió muchísimo, miraba su foto -que tiene en el aparador, un retrato del húngaro Gyenes realizado en Madrid en 1960- y la veía misteriosa y desafiante, era tan divertida. ¿Cómo no me contaste nada?, le decía al retrato. Me dolía no haber estado en la confidencia", revela.
Fruto de aquello fue el libro Los papeles secretos de Pape (Nagrela Editores, 2021), que escribió con la periodista Alexandra Ciniglio después de una larga investigación y tres horas diarias de trabajo durante dos años para poner todo en claro. No quería un libro de memorias sino uno que fuera correcto desde el punto de vista histórico: "La memoria es muy subjetiva", asegura. Cada capítulo está dedicado a uno de esos documentos que recuperó de la caja fuerte. Ahora tiene otro libro en marcha y, a sus 80 años, da charlas en institutos de toda España sobre un tiempo del que cada vez se habla menos.
Cuenta, humilde, que descubrió su pequeño país de 10 millones de habitantes, al que sus padres no volvieron, y que allí le entregaron la Gran Cruz del Mérito Civil por su labor de recuperar el pasado: "Para mí los extremos tanto de un lado como de otro son lo mismo", explica sobre el auge de las ideas xenófobas que se vive últimamente en Europa, "hay mucha ignorancia y ahora se aprende Historia con tres líneas de la Wikipedia", subraya.
Nos muestra un cuadernillo que recibió de unos alumnos a los que visitó en Valencia, un cómic con la historia de Sanz Briz y la de familias como la suya, que se llevó un premio en Bruselas: "Me emociono, porque de algo sirven las charlas que doy. La época nazi ya pasó y, aunque algunos la quieran imitar, los alemanes de hoy no tienen que ver nada con los de aquella época y los húngaros, tampoco".



