Hace 80 años, día a día, la rendición de Alemania cerró en el teatro occidental -Japón le seguiría tres meses después- una guerra que dejó 70 millones de muertos y destrucción sin precedentes. La conciencia universal de hecatombe alumbró un orden liderado por EEUU, centrado en la dignidad del individuo, tejido de libertad e intercambios reglados entre Estados soberanos, privilegiando el comercio abierto.
Alcanzada la paz, este impulso se plasmó en la Conferencia de San Francisco que forjó la ONU en 1945; y no otra es la esencia de la Declaración Schuman de 1950, heraldo de la Unión Europea. Con perspectiva histórica, el éxito de esta construcción jurídico-institucional radica en su compromiso de avanzar hacia el "freedom from fear and want" establecido por la Carta del Atlántico en 1941, cuando Churchill cruzó un Atlántico infestado de peligros para proclamarla con Roosevelt; un envite que culminó su cénit en el tránsito del siglo. Su declive se percibe desde los 2000, generando tensiones multilaterales que, mejor o peor, la Comunidad Internacional intentaba sortear hasta que Trump II irrumpió como elefante victimista en la cacharrería del sistema internacional.
Cabe identificar la gran disrupción con la evolución de China, incorporada a finales de 2001 en la OMC; muy pronto quedaron al descubierto profundos desequilibrios de diseño de esta adhesión. Los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008 -cuya inauguración coincide con el barrunto del cataclismo financiero que se manifestó al poco- evidenciaron para admiración del mundo el ascenso del Imperio del Medio, al tiempo que la crisis desnudaba las fragilidades del liberalismo, con deudas disparadas y mercados en caos. La pujanza económica trenza a partir de entonces el proceso de transición al que El Dislocador Máximo ha propinado un desestabilizador puntapié aderezado de verborreico desdén por las formas que, en última instancia, mallan las relaciones internacionales más allá de la transaccionalidad.
Trump I ya apuntaba maneras, pero sus colaboradores próximos neutralizaron -o al menos amortiguaron- la materialización de sus dislates. Y ahí reside el mordiente de su nuevo mandato: desde su confirmación, se rodea de una camarilla de palmeros, tanto de raigambre cuanto señalados conversos (destaca Marco Rubio). El Presidente reniega de los valores que forjaron EEUU, abraza un proyecto imperial ajeno a su tradición, y fractura la diplomacia con insultos, amenazas y gestos burdos. El viernes pasado difundió una imagen suya disfrazado de Papa por la red institucional de la Casa Blanca, guaseándose, en rueda de prensa posterior, de la ocurrencia. Además, ha dinamitado los límites entre público y privado, creando un continuo en el que el poder se constituye en llave de negocios para él y su círculo, con consecuencias dañosas todavía difíciles de evaluar.
Marco Rubio, opositor feroz en la campaña de 2016, otrora internacionalista sólido de corte conservador clásico, batallador a ultranza por Ucrania, se ha reinventado en altavoz y ejecutor principal de los despropósitos que enarbola la Casa Blanca. En la reunión del Gabinete del miércoles 30 de abril ofreció el resumen más descarnadamente falso de las acciones e intenciones de la administración: "Este presidente heredó 30 años de política exterior que se construyó en torno a lo que era bueno para el mundo. En esencia, las decisiones que tomamos como gobierno, en comercio y política exterior fueron básicamente: '¿Es bueno para el mundo? ¿Es bueno para la comunidad global?' Y bajo el presidente Trump, ahora estamos haciendo una política exterior que es '¿Fue bueno para Estados Unidos? ¿Hace a Estados Unidos más fuerte? ¿Hace a Estados Unidos más seguro? ¿Y hace a América más rica?'"
Lejos de la afirmación partisana y roma de Marco Rubio, la arquitectura multilateral de 1945 fue un logro pragmático, no un sueño de buenismo planetario: el rechazo del totalitarismo deletéreo, la apuesta por la soberanía y la cooperación, el soporte moral de los derechos humanos tras la toma de conciencia generalizada del holocausto judío. Pero Trump no tantea la reforma del sistema; lo está machacando, envuelto en justificaciones espurias. Su vilipendio de los aliados y su entendimiento de los lazos de vecindad en meros términos de las políticas internas que definieron el voto MAGA incrementan exponencialmente las incertidumbres que padecemos. Mientras, la declinación del concepto de seguridad en puro control territorial es un torpedo en la línea de flotación del precario equilibrio de intereses que hemos venido sustentando.
Tres actores encarnan rotundamente esta quiebra -Rusia, China y Europa-, cada uno a su modo. Rusia afianza una desacomplejada ambición decimonónica, que lleva fraguando por lustros. China, mayor beneficiario del orden de posguerra, lo desafía desde dentro. Los europeos desconcertados por la inquina que muestra la Casa Blanca y su entorno, trasterrados de la Comunidad Atlántica, esencial en su andadura, buscan una respuesta unívoca. Trump ignora estas dinámicas.
Rusia, en tanto que URSS, aliada crucial en la segunda parte de la contienda, quebró al ejército alemán, a precio inmenso: 27 millones de muertos. Pero Moscú jugó un papel ambiguo. El pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 dividió Europa del Este a pachas con los nazis; la crueldad distinguió a las fuerzas soviéticas en la ocupación de los bálticos o Polonia; y a Yalta fue a consolidar anexiones territoriales. Su peso en San Francisco dio autoridad a la ONU, aunque ya perseguía una agenda divergente, sembrando las semillas de la Guerra Fría. Hoy, Putin reescribe la historia para anclar su expansionismo, por el momento concentrado en la agresión a Ucrania desde 2014 y escalada en 2022.
China ha navegado las preciosas aguas con sutileza. Durante el diseño del andamiaje multilateral, devastada por Japón y la guerra civil, su participación fue figuración. Su ascenso está íntimamente ligado al favorable marco jurídico de posguerra. Hoy, Xi Jinping, con un PIB que rivaliza con el de EEUU, y la Franja y la Ruta -150 países signatarios- que compite con el Banco Mundial, no se amilana. El PCC usa la ONU para legitimar el régimen, cortejando al Sur Global y explotando los errores de Washington. Pekín no aspira a desmantelar el orden existente; su objetivo es liderarlo, mudando la base para priorizar el colectivo sobre el individuo y la seguridad sobre la libertad.
La gesta de los europeos se tambalea por incapacidad de enfrentar la amenaza cierta de colapso. La invasión de Ucrania expuso la dependencia energética de Rusia y la debilidad militar. Trump se regodea en su animadversión con todo tipo de amagos. La UE, desgarrada por el Brexit y el populismo, titubea. Medidas imprescindibles como una defensa coordinada carecen de consenso, y la política exterior es un mosaico de intereses nacionales. Europa no encuentra una voz propia. Debe unificarse y apoyar el comercio reglado, allegando las muchas capitales que lo suscriben, pero le falta la voluntad para hacerlo.
El orden de 1945 se desmorona porque sus valores -cooperación, soberanía, libertad- se diluyen. Mientras Trump distorsiona el relato, presentando el atlantismo como un error, China arrolla la primacía Occidental, Rusia socava las reglas internacionales, y la Unión Europea -huérfana de liderazgo- no acaba de salir de la parálisis. Necesitamos un atlantismo renovado, que integre a Canadá y todos aquellos que entiendan que, en el puro transaccionalismo del Art of the Deal, Occidente se pierde.
