Los Detroit Red Wings están entre la realeza de la NHL, la liga profesional de hockey americana. Aaron Ekblad es una de las figuras de los Florida Panthers, otro de los grandes de la NHL. Suraya Bonaly es la patinadora artística más galardonada del mundo y Javier Fernández es bicampeón del mundo y seis veces campeón de Europa. Todos ellos tienen algo en común entre sí y también con el Circo del Sol o el Carnaval de Río de Janeiro: que patinan sobre hielo (sintético) fabricado por la empresa sevillana Xtraice, la empresa que hoy capitanea Adrián Ortiz, su propietario y CEO, pero que fundó su padre, Francisco, hace algo más de dos décadas, cuando patinar sobre hielo que no es hielo sonaba a desvarío. Cuando patinar en mitad del desierto o en pleno verano sonaba a excentricidad.
La chifladura de Francisco Ortiz es hoy un negocio consolidado y pujante que vende (o alquila) sus pistas de patinaje por todo el mundo y que llamó la atención de uno de los primeros bancos del país, Caixabank, que hasta hace solo unos años formaba parte, a través de su brazo inversor, Criteria, del accionariado de Xtraice. La compañía era entonces adolescente y hoy, ya madura, enfila una nueva etapa de crecimiento y diversificación con la segunda generación al mando.
Cuenta Adrián Ortiz que en esta época del año, en Navidad, la demanda se dispara y que la plantilla de Xtraice, 40 trabajadores, se multiplica hasta los 2.000 para poder montar, mantener y desmontar las pistas de hielo que ciudades, ferias y centros comerciales ofrecen como reclamo para atraer visitantes. Solo en Europa, en estos días se patina en más de un centenar de sus pistas de hielo sintético.
Cuando termine el año y cientos, miles de personas hayan patinado sobre las pistas sevillanas, Xtraice habrá facturado cerca de seis millones de euros, frente a los cinco millones de los dos últimos años, y encarará dos años decisivos para su futuro. En 2027, habrá saneado sus cuentas y liquidado la mayor parte de su deuda, lo que le permitirá, explica Ortiz, dar el salto definitivo. Crecer y multiplicarse en los más de cien países en los que ya ha desembarcado con su hielo que no es hielo. Desde Alaska a Sudán, Malasia o Indonesia. Donde una pista de hielo sonaba a desvarío y hoy celebran las navidades deslizándose sobre patines de cuchilla.
La culpa de todo la tuvo el padre del CEO de Xtraice, de la visión que tuvo, allá por 2003, cuando en una feria dedicada al ocio que se celebraba en Orlando, en EEUU, descubrió que había pistas de patinaje que no necesitaban frío ni estar enchufadas y pensó que a este lado del Atlántico podían ser un éxito. Se convirtió en distribuidor de la firma canadiense que las había patentado y compró su primera pista tras pedir un préstamo hipotecando su propia casa.
Como tantas otras historias de éxito, el fracaso marcó el principio. Las pistas canadienses tenían una capa de madera que se resquebrajaba con los cambios de temperatura que se daban aquí y era preciso rociarlas con un líquido que, al sol de estas latitudes, se evaporaba.
Planteó a los canadienses una reformulación del producto, "pero el líder estaba dormido y no se quería despertar" y el padre del actual CEO se puso los patines y se echó a la pista con la ayuda de amigos que se convirtieron en inversores para financiar una investigación que, de la mano del CSIC y de la Universidad de Sevilla, alumbró un nuevo material que no necesitaba madera y, tampoco, el líquido que se evaporaba con el calor.
Aquel eureka marcó el comienzo del éxito de Xtraice, aunque a Ortiz, el fundador, aún le faltaría por encontrar el mercado adecuado en el que vender sus pistas. Pensó primero en los ayuntamientos, pero resultó que no eran los clientes más entusiastas. Luego, en los feriantes y ahí sí dio en el clavo.
Las primeras pistas de patinaje para ferias las vendió a 60.000 euros y la mitad, 30.000 euros, ya los recuperaba el feriante con la aportación de los ayuntamientos, mientras que los patrocinios y la taquilla permitían que, en unos pocos meses, la inversión estuviera amortizada. El Palenque, un antiguo recinto de espectáculos de la Expo de Sevilla, o el municipio de Dos Hermanas fueron los primeros campos de pruebas.
Los resultados fueron tan buenos que permitieron, en poco tiempo, iniciar la aventura internacional con la ayuda de Extenda, la agencia de promoción exterior de la Junta de Andalucía (rebautizada como Andalucía Trade). Actualmente, apenas el 10% de su facturación corresponde al mercado nacional, mientras que el 90% del negocio está fuera de España, con Estados Unidos como el gran cliente extranjero. Sólo allí factura Xtraice 1,5 millones de euros, el 25% del total.
2011 marcó un antes y un después en la trayectoria de la compañía sevillana, que ya facturaba en torno a dos millones de euros. El gerente que había fichado el fundador decidió marcharse a Estados Unidos y montar su propia empresa de pistas de hielo artificial y entró el hijo, Adrián. "No tenía ni idea de pistas de hielo", confiesa y tampoco sabía patinar (tampoco es que ahora sea un patinador avezado, aunque se defiende), pero tenía un plan de negocio escalable para el que necesitaba inversión. Y fue ahí en ese momento cuando Criteria entró en la empresa haciéndose con el 20% del capital.
"Somos los mejores"
Eso permitió no solo crecer sino apostar por la investigación y el desarrollo, por la promoción del producto y por crear un stock suficiente y todo con el convencimiento de que "somos los mejores".
Se mejoró aún más la fórmula de plástico prensado con aditivos (como grafeno o nanopartículas) que aumentaron el deslizamiento y la calidad de las placas que forman las pistas, hasta el punto de poder ofrecer hasta doce años de garantía, y se emprendió el camino de la diversificación, con la producción de patines con cuchillas más resistentes, botas más confortables e, incluso, las vallas que rodean la pista.
Xtraice no dejó de vender sus pistas de hielo sintético ni siquiera durante la pandemia, aunque los clientes fueron entonces particulares de gran poder adquisitivo que no dudaban en desembolsar 150.000 euros para tener una pista en su propia casa que les hiciera más llevadero el confinamiento.
En la sede de la empresa, en un polígono industrial de Salteras, hay montada una de esas pistas que parecen de hielo pero que no están frías ni húmedas. Que no necesitan electricidad ni un gran mantenimiento. Como las que hay en Disneyland, en el parque Lego de Nueva York o en lo más alto del hotel Península de París y como las que Adrián Ortiz quiere vender (o alquilar) por decenas, por cientos, en los próximos años mejorando, de paso, su tecnología para aumentar el deslizamiento y que sus pistas puedan ser usadas de forma profesional por equipos como los Detroit Red Wings.


