ACTUALIDAD ECONÓMICA
En resumidas cuentas

Capitulación arancelaria europea

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en Virginia.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en Virginia.Jacquelyn Martin
Actualizado

Hay decisiones que se anuncian como pactos, pero se sienten como diagnósticos. La reciente aceptación, por parte de la Unión Europea, de los términos arancelarios impuestos por la administración estadounidense no parece un ejercicio de diplomacia, sino una confirmación: la UE ya no juega para ganar, lo hace para que no se note cuánto ha perdido. Se ha evitado lo peor, se nos dice. Se ha contenido una guerra comercial. Se ha optado por el mal menor. Pero las teorías del mal menor suelen ser también las del poder menor. Tirando de los manuales de teoría de juegos, esto ha sido identificado como un juego del gallina en el que dos coches se dirigen uno hacia el otro y gana quien no se aparta. Europa ha girado el volante una vez más.

Desde el prisma económico, la maniobra tiene un coste directo: aranceles del 15 % sobre buena parte de las exportaciones europeas, con estimaciones que proyectan una caída del PIB europeo de entre 0,2% y 0,8%. Para España, con apenas un 5 % de sus exportaciones destinadas a EE. UU., el impacto puede parecer modesto. Sin embargo, la economía europea no es una colección de países, sino una red: cuando Alemania pierde competitividad, las fábricas catalanas y vascas se resienten. El coste está en lo que no se factura, en las inversiones que se posponen, en los planes que se callan. Y en la evidencia de que la UE está políticamente rota en aspectos cruciales, con algo más que división de opiniones.

Lo más caro quizá sea lo que no se mide. Lo que se entrega es también reputación estratégica. Al aceptar condiciones impuestas sin contrapartidas claras, la UE renuncia a actuar como jugador de equilibrio y se resigna a un papel secundario en una partida que conoce bien. Y lo hace, además, sin árbitro: la OMC —otrora pilar del comercio multilateral— lleva años descabezada, su órgano de apelación bloqueado, su autoridad reducida a la cortesía técnica. Las reglas existen, pero nadie las hace cumplir.

Todavía hay algo más profundo. Un arancel no solo penaliza productos: también recauda. Puede perjudicar al productor europeo, pero lo paga el consumidor americano. La caja del Tesoro de EEUU está muy tocada. El gobierno estadounidense quiere pensar en alivios fiscales para unas arcas necesitadas, formas de contribuir al músculo presupuestario de un país que, con esos ingresos, financia subsidios industriales, política exterior, gasto militar. Venden que Europa acaba ayudando a financiar la pólvora con la que se le apunta en el discurso diplomático, pero los aranceles no benefician a nadie ni van a solventar el desequilibrio de la deuda estadounidense.

Entre tanto, el euro se refuerza porque los tipos de interés son comparativamente más altos, pero no por la fortaleza que se presupone a un bloque de 342 millones de habitantes. No hay moneda fuerte a largo plazo sin estrategia coordinada, ni estrategia sin voluntad. El dólar reina no solo por inercia, sino por la fuerza que lo respalda. La UE, sin unión fiscal ni capacidad de respuesta creíble, cede terreno no solo comercial, también financiero.

Podría haber sido distinto. La propuesta inicial de "cero por cero" —arancel cero a cambio de arancel cero— no era heroica, pero sí simétrica. La negativa estadounidense era previsible. Pero retirarse sin más ha sido una declaración de intenciones: Europa ha elegido evitar el daño inmediato a costa de perder palanca futura. Ceder se antoja una costumbre.

Se dirá que se ha salvado la estabilidad. Tal vez, a corto plazo. Pero es una estabilidad hueca, que ya no descansa en el equilibrio de fuerzas, sino en la resignación del más débil. En tiempos de reconstrucción geoeconómica, Europa no puede permitirse seguir siendo la parte que cede. No sin que empiece a ceder también la idea misma de Europa.

*Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y economista sénior de Funcas