La Unión Europea y Estados Unidos están ultimando un acuerdo comercial con unos aranceles genéricos del 15%, a los que se podrían aplicar tasas adicionales o inferiores en determinados sectores. El acuerdo está muy próximo, según ha adelantado el Financial Times y confirman fuentes diplomáticas.
"Más cerca", "todo parece indicar" y "puede llegar pronto", apuntan fuentes comunitarias, aunque todo debe recibir todavía el visto bueno el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Y esto no es un paso sencillo, ni mucho menos, ya que no es la primera vez que ambas partes están cerca y que el magnate decide finalmente no dar su aprobación. Una cosa son las conversaciones técnicas o incluso a nivel muy alto, y otra lo que acaba decidiendo Trump.
El presidente estadounidense es imprevisible, volcánico, y puede hacer que todo salte por los aires por algún detalle específico, por las quejas de algunos de los grupos de presión que tienen acceso a su oficina. O, como ha ocurrido más a menudo estos seis meses, si lee alguna frase, algún comentario, de otros líderes mundiales que le resulten ofensivo. Pero al mismo tiempo está muy necesitado de victorias y buenas noticias, ya que las noticias sobre su relación con el financiero pederasta Jeffrey Epstein y las decisiones de su Gobierno sobre el caso están drenando su apoyo y sus índices de popularidad.
Hasta la fecha, Trump ha festejado con mucha fanfarria acuerdos comerciales con Reino Unido o con Vietnam. El problema es que ninguno de ellos es tal. Hubo acuerdos políticos al máximo nivel, pero todos los detalles técnicos, las especificaciones, el producto a producto no han concluido. Esta semana ha anunciado también los acuerdos de Japón. Filipinas e Indonesia, que están en situación parecida, aunque más avanzada. Así que un gran acuerdo con la UE, el mayor bloque comercial que existe, sería un tanto muy goloso que apuntarse a sólo una semana de que el 1 de agosto concluya la enésima prorroga anunciada desde el Despacho Oval.
De hecho, las fuentes consultas señalan que el acuerdo alcanzado con Tokio y que incluye igualmente un arancel del 15% habría dado un impulso adicional a las conversaciones, y de concretarse evitaría la entrada en vigor de las tarifas del 30% por parte de EEUU que estaban previstas para el próximo 1 de agosto.
De concretarse, ese 15% no supondría una gran diferencia respecto a las condiciones actuales. Ahora mismo, Estados Unidos aplica unos aranceles del 10% tras la suspensión el 9 de abril de los mal llamados aranceles recíprocos, que hay que sumar a las tarifas del 4,8% que estaban vigentes anteriormente. Por lo que de confirmarse, sería seguir con el status quo de los últimos meses, y lejos del 30% con el que amenazó por carta hace pocas fechas a Bruselas. Pero supone un incremento significativo y unilateral en la comparación con las condiciones previas a la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca. Europa, dividida y sin mucho margen, asumiría en el mejor de los escenarios que contempla tragarse esos aranceles, el mayor muro proteccionista en un siglo.
Pero en todo caso, desde Bruselas se insiste en que la preparación de contramedidas continúa. "Para hacer nuestras contramedidas más claras, simples y fuertes, fusionaremos las listas uno y dos en una única lista [que no entraría en vigor hasta el 7 de agosto] y enviaremos esto a los Estados miembros para su aprobación", apuntaba hace unas horas el portavoz de Comercio de la Comisión Europea, Olof Gill. Estas dos listas sumarían un impacto total de casi 100.000 millones.
Merz, Macron y Meloni
Tras conocerse el avance de las conversaciones, tanto el canciller alemán, Friedrich Merz, como el presidente de Francia, Emmanuel Macron, han subrayado que la UE debe aspirar a los aranceles más bajos posibles. Ambos líderes celebran este miércoles una cena de trabajo en la Villa Borsig, en las afueras de Berlín, y en la que hablarán de la "ofensiva arancelaria".
Y no sólo eso, también ha adelantado que los líderes europeos se coordinarán esta noche. "Hemos estado en contacto permanente con el canciller tras los intercambios de los últimos días, también con nuestra homóloga italiana [Giorgia Meloni], los otros colegas europeos y la presidenta de la Comisión [Ursula von der Leyen], para dar seguimiento, impulsar y coordinar nuestra respuesta a la ofensiva arancelaria que ha sido lanzada", ha afirmado Macron en declaraciones recogidas por EFE. Esto es, todos los líderes de las grandes economías salvo el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez.
El proceso está siendo muy complicado por varias razones. Una, que la UE, una superpotencia en materia comercial y regulatoria, negocia de una forma que nada tiene que ver con la norteamericana, y eso saca de quicio al presidente.. Los técnicos europeos están acostumbrados a ir muy lentamente, producto a producto, y a consultar cada paso con las 27 capitales. Eso explica que Mercosur tardara lustros en concluirse, que el CETA con Canadá fuera un suplicio o que el TTIP nunca llegara a cerrarse en la época de Barack Obama. Trump no negocia así. Él quiere titulares, escenografía, anuncios en televisión, aplausos y grandes palabras, no engorrosos procesos.
Para él es mucho más importante la narrativa, la idea de claudicación y sometimiento, el poder decir que la otra parte llamó antes y pidió clemencia que los aspectos concretos. Por eso puede sacrificar ingresos, o puntos porcentuales de sectores concretos como el del automóvil, si cree que podrá presentarlo como un éxito inapelable y muestra de su habilidad, su dominio.
El segundo gran problema es de acceso. El lado comunitario no tiene trato privilegiado a la Casa Blanca. Lo ha tenido Giorgia Meloni. Han venido Emmanuel Macron o Friedrich Merz, pero no Ursula von der Leyen. Y las negociaciones comerciales son competencia exclusiva de la Comisión Europea. El comisario responsable último de Comercio Maros Sefcovic, ha viajado una y otra vez a Washington, y se ha visto con sus contrapartes, el secretario Lutnick o el negociador jefe comercial, Jamieson Greer. Pero nunca con Trump o en la Casa Blanca. Y en EEUU las decisiones últimas las toma el presidente. Hay que llegar a él, estar cerca, convencerlo, seducirlo. Y Bruselas no tiene esa relación.
Hay un desprecio evidente, que se ha plasmado con evasivas a encuentros más allá de los márgenes de grandes citas internacionales, del entierro del Papa a un G7 o la cumbre de la OTAN. Pero no más. Ni siquiera los vicepresidentes comunitarios han recibido trato apropiado, como le ocurrió a la estonia Kaja Kallas, que recibió un portazo del secretario de Estado Marco Rubio después de haberse desplazado a Washington


