SAN FERMÍN

San Fermín

Un palco a caño abierto: puerta grande para Fortes y Adrián bajo una lluvia de orejas en Pamplona

La terna se hace con un abultado botín de una toreable corrida de La Palmosilla, falta de finales y entrega; Ginés Marín se va andando con un trofeo

Fortes y Adrián salen por la puerta grande de Pamplona
Fortes y Adrián salen por la puerta grande de PamplonaEfe
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Faltaba en estos Sanfermines la clásica corrida de entusiasmo sanferminero, pañuelos locos y palco desbocado, y ésta se desató este domingo como la tormenta: la tarde empezó lloviendo y acabó con el presidente Aitor Silgado a caño abierto. Fortes y Fernando Adrián, en diferentes grados de meritocracia, pero beneficiarios los dos de la generosidad de la autoridad por la puerta grande. Y una oreja más para Ginés Marín. Un recuerdo para el novillero Aarón Palacio, el torero más severa e injustamente juzgado en la Feria del Toro.

Cualquiera que lea el marcador de cinco orejas, el abultado botín, pensará un corridón de toros. Y bueno, en verdad, La Palmosilla cumplió en eso que llaman toreabilidad o manejabilidad, pero le faltó finales, el empuje definitivo, la entrega última; la clase se concentró toda en un Sucesor, que fue el toro de más categoría del cinqueño envío de Javier Núñez.

[Antes de seguir vaya por delante la denuncia de que hasta cinco faenas, cinco, concluyeron por manoletinas (dos) y bernadinas (3)].

Había abierto la corrida un toro bien conformado, bajo y bueno, morfológicamente hablando. Una armonía torera. El único cuatreño. La bondad venía también por dentro. Pero con algunos condicionantes: el poder y el empuje medidos y la humillación contada, de más embroque que final. Y, por tanto, toro de mejores inicios que finales, manejable en definitiva. Fortes le puso lo que le faltaba con plomada -que marcó la diferencia-, asiento y pulso para echarlo siempre hacia delante. Desde que principió de rodillas, ese objetivo de correr la mano hasta más allá de lo ofrecido. Todo por su camino, templadamente. Y con el hándicap de la lluvia y la gente buscando refugio. Rayos y truenos cruzaban el cielo de Pamplona, hasta que en un momento de la faena salió el sol para el torero de Málaga, en todos los sentidos. Había puesto mucho: a porta gayola con un farol, las caras verónicas, el castigo dosificado y la media distancia para alegrar la embestida, que a izquierdas se hacía más cortita. La manoletinas de despedida y una estocada (algo delantera) con rectitud de vela le auparon con un trofeo.

Otro sumaría Saúl Jiménez Fortes ante un cuarto más alto, de obediente pero afligido fondo, con el impulso de la fulgurante efectividad, digo yo, de un espadazo rinconero. La faena, que comenzó sentado en un silla -ya podía ser de enea- para acabar sentándose sobre la puerta grande pamplonica, trató de fijar la superioridad desde la base de la colocación, pero costaba encontrar el lucimiento de una embestida que se desinflaba pronto. SJF buscaba el sitio, dárselo también, pues la ligazón se hacía imposible. Hubo tres naturales sobresalientes, y algunos pases de pecho templadísimos. Unas bernadinas como epílogo antes del volapié ya contado, los pitones en el cuello, la rápida muerte, la insistente petición y la sorprendente concesión.

Pero la cosa amable del palco habría de superarse todavía con la concesión de las dos orejas, dos, a Fernando Adrián de un quinto amplio, con codicia para repetir más que para empujar. La lanzadera de la propulsión para que saliese, también, a hombros fue un volteretón: avanzada la faena que había arrancado por cambiados de hinojos, sin que sucediese mucho, Adrián buscó el efectismo, acortando distancias. Y en esas, con la muleta escondida y el cuerpo por delante, el toro lo lanzó a la estratosfera. La caída sobre el cuello fue durísima. Hubo que quitarle la chaquetilla, echarle agua por la nuca, resucitarle para que acabase el trabajo, nunca mejor dicho. Unas bernadinas -hubo cinco cierres entre manoletinas y este derivado-, un espadazo desprendido y, zas, la loca petición y los dos pañuelos.


Había pasado en blanco su turno anterior con un toro de lavada expresión, un punto pitorrón y montado, que descolgó poco. De más venirse que irse, siempre frenado sobre las manos. Adrián quiso jugar con las inercias con escasos resultados brillantes. Unas manolas y se nubló malamente con el acero: tres pinchazos, ocho descabellos.

Sucesor fue el diferenciador de clase, punto de inflexión de una corrida in crescendo en presentación. Un toro notable pese a su final rajadito. Ginés Marín alcanzó sus mejores registros con la izquierda en una faena que no alcanzó la conexión necesaria y no sé muy bien explicar por qué. Fue la única con un final más torero. Enterró la espada en el segundo viaje, y eso seguramente le dejó en tierra. La oreja ante un sexto serio, de más venirse que salirse de los engaños, como casi toda la toreable corrida, fue premio de consolación para una faena de mucho querer. No comprendo cómo un torero con tantas virtudes ha acabado con el tiempo fuera de juego. Suyas fueron las estocadas más cabales, otra vez al segundo viaje. Y por eso GM se marchó andando.

Ficha

MONUMENTAL DE PAMPLONA . Domingo, 13 de julio de 2025. Novena de feria. Lleno (20.000 espectadores). Toros de La Palmosilla, todos cinqueños menos el 1º; de distintas hechuras, de creciente seriedad; destacó el enclasado 3º en un conjunto toreable pero falto de finales y el empuje último de la bravura.

FORTES, DE ROSA Y ORO. Estocada algo delantera (oreja); estocada rinconera (oreja).

FERNANDO ADRIÁN, DE TABACO Y ORO. Cuatro pinchazos y siete descabellos. Aviso (silencio); estocada rinconera. Aviso (dos orejas).

GINÉS MARÍN, DE VERDE ESMERALDA Y ORO. Pinchazo y estocada. Aviso (silencio); pinchazo y estocada. Aviso (oreja).