SAN FERMÍN

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La batalla de Escolar: Rafaelillo y Juan de Castilla vuelven a nacer en Pamplona

Una corrida emotiva y correosa, pero con más opciones de las sospechadas, mantiene la tensión de la tarde; heroicos el colombiano y el murciano, cogidos ambos y recompensados con una oreja

La batalla de Escolar: Rafaelillo y Juan de Castilla vuelven a nacer en Pamplona
Efe
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Juan de Castilla volvió a nacer a las 19.35 de la tarde; Rafaelillo lo hizo a las 19.50. La batalla de Escolar se convertía por momentos en un parte de guerra, una crónica bélica, un listado de resurrecciones. Volaban los toreros como si les estallaran granadas en los pies, girando entre los pitones de fuego.

La cosa es que los toros que atraparon al colombiano y al murciano no respondían, como se podría imaginar, a los parámetros más terribles de esta ganadería, sino que se prestaron para el toreo con su importancia y las aristas derivadas de la casta. Y ésta, cuando hace presa, te da hasta en el carnet de identidad. De aquellas faenas salieron Juan y Rafael como dos ecce homo, arrancados los chalecos, la taleguilla rota, sacado el aire, milagrosamente vivos y triunfantes: a oreja por cabeza, que aún tenían sobre los hombros. San Fermín trabajó a destajo con su capotillo.

La muy seria corrida de los cárdenos de albaserrada, con sus diferentes hechuras, sostuvo una emoción bárbara con su correa y unas opciones insospechadas dentro de su siempre difícil lineaje. Lo triste es que su último representante, el caballo de Atila, digno de las calles, fue literalmente ilidiable, tan distraído, provocando un final desacompasado con lo sucedido. Sobre todo para un Juan de Castilla heroico, que se quedó con la miel en los labios después de haber salido a triunfar en Pamplona con una fórmula infalible que en estos San Fermines aún no se había visto: a tumba abierta. A sangre y fuego. Por lo penal o por lo criminal.

La batalla con Chatarrero fue a bayoneta calada. Un toro bajo, cornipaso, exageradamente abierto y cornivuelto, encogido de atrás pero siempre en actitud de ataque. Juan de Castilla, que ya había presentado sus credenciales en un quite por gaoneras, arrancó la faena de rodillas, haciéndose esperar el albaserrada. Esto confirió al trance una emoción mayúscula. Para cuando JdC lo resolvió con agallas la plaza coreana gritos de "¡torero!". Chatarrero luego arreó y repitió por derecho -fue el mejor de los seis-, y la faena adquirió un ritmo trepidante. De una entrega formidable. Quiso acabar de rodillas también, por manoletinas, y se libró por los pelos. No escapó cuando se fue detrás de la espada como un titán. Lo agarró por el pecho y lo pudo atravesar. La saña en el suelo desprendió también el terror. Pero la conformación de los pitones y la fortuna evitaron la cornada. Enterró el acero en el segundo viaje, y la conmoción explotó en pañuelos con toda la justicia del mundo.

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A Rafaelillo le echó mano el suyo, en las antípodas de hechuras, cuando lo toreaba por la izquierda en los medios. Vio la ventana abierta y entró hasta la cocina. Trató de escapar el murciano pero le dio alcance en la carrera, lo elevó por salva sea la parte y abajo le propinó una paliza brutal. Como a un muñeco de trapo. Lo sacaron de la chaquetilla para que cogiera oxígeno. Y así, maltrecho y entre ostensibles gestos de dolor, volvió a la cara de la bestia para acabar lo que había empezado. A duras penas lo logró, pues rebañaba el toro que se había dado con raza por el pitón derecho. Cuando consiguió enterrar la espada, se fue a los medios casi entre llantos y desorientado. Imagen de patetismo desgarrador. Una vez que le entregaron el trofeo marchó a la enfermería, la puerta de al lado de toriles, donde media hora antes se había postrado a portagayola. Fue trasladado al Hospital Universitario de Navarra, donde quedó ingresado en la UCI con neumotórax y afectación de varias costillas.

Su primer toro había sido un animal basto y altísimo, cárdeno claro, sucio y astillado de pitones. De imposible humillación. Cobró lo suyo en el peto, un castigo que dejó tratable al mansón, siempre a la altura del palillo.

Fernando Robleño, que volvía a Pamplona después de caer herido hace dos años con una corrida de Escolar precisamente, se enfrentó a un lote exigente pero también con virtudes, haciendo de tripas corazón para llegar a ellas. Fue ganando en confianza agarrado a esa integridad que lo ha sostenido durante 25 años por caminos de pedernal, una senda que abrasa. Consiguió pasajes de menos a más -por la derecha en uno y por la izquierda en el otro-, en lucha con la memoria del cuerpo. Pero sin espada a la postre.

Postdata: Hace 28 años del vil asesinato (ejecución) de Miguel Ángel Blanco, que sacudió Pamplona, como a toda España, en plenos Sanfermines. Y recuerdo la noble y brava reacción de los pamploneses colgando masivamente los pañuelicos rojos en la puerta del Ayuntamiento y, algunos, en la sede de HB. Lo quiero recordar con especial tristeza ahora que los herederos de aquel tentáculo de ETA ocupan el edificio que fue símbolo del dolor de un pueblo y cuando la euskaldunización de Navarra avanza a cara descubierta.



Ficha

MONUMENTAL DE PAMPLONA. Sábado, 12 dejulio de 2025. Octava de feria. Lleno (20.000 espectadores). Toros de José Escolar, Toros de José Escolar, tres cinqueños -3º, 4º y 5º-; muy serios en sus diferentes hechuras; correoso, exigente y enrazado juego; el 3º fue el mejor; 1º y el infumable 6º los peores.

RAFAELILLO, DE VERDE HOJA Y ORO. Pinchazo y estocada honda (silencio); estocada (oreja).

FERNANDO ROBLEÑO, DE GRIS PLOMO Y ORO. Pinchazo y estocada (saludos); tres pinchazos y ocho descabellos. Aviso (silencio).

JUAN DE CASTILLA, DE SANGRE DE TORO Y ORO. Pinchazo y estocada delantera. Aviso (oreja); media estocada atravesada y media estocada desprendida delantera. Aviso (silencio).