Han transcurrido más de catorce meses ya desde que abandonó su casa y el misterio que rodea el destino de Roberto Lanau Broto permanece intacto. Durante los primeros catorce días, se movilizaron patrullas de Seguridad Ciudadana, el Seprona, el GREIM de Benasque y Viella, además de un helicóptero, buzos del GEAS para peinar pozos y balsas, drones con cámaras térmicas, perros de búsqueda y centenares de voluntarios organizados con la app Wikiloc. Todo ese pequeño ejército barrió el valle de La Fueva en círculos concéntricos de entre 250 y 500 metros, ampliados día a día, pero no encontró ni rastro.
Dos semanas después, la Guardia Civil desmontó el dispositivo oficial, pero mantuvo patrullas selectivas de la Tercera Compañía y equipos de montaña mientras el hermano de Roberto, Joaquín Lanau, seguía convocando en el salón social del pueblo cada día a las 9 de la mañana a voluntarios para continuar buscando en los aledaños de Morillo de Monclús (Huesca).
Tras muchas jornadas de vuelos de helicóptero, mapas llenos de tracks y cientos de ojos cribando sendas y barrancos, todo lo que se halló fueron cuatro colillas. Según el comandante Arturo Notivoli, jefe de la compañía de la Guardia Civil de Graus/Sobrarbe y responsable de la búsqueda, los restos de pitillos de LM Blue Label pertenecían a la misma marca de tabaco que fumaba el desaparecido «y que no es del todo habitual», de ahí que coligieran que podría ser suyo.
Si en efecto esas colillas le pertenecían, podríamos estar seguros de que abandonó su casa caminando, circundó algunos campos de labranza por una pista y comenzó a adentrarse sin dejar la pista por una zona boscosa tras cruzar el barranco del Trunco. Lo que sucedió después son una docena de «quizás», que su familia —conocidos agricultores de la comarca— , ha tratado de ordenar de acuerdo a una jerarquía de plausibles que no descartan nada. No hay cadáver y, por lo tanto, no hay certezas. Solo un duelo postergado y una especie de resignación que no suprime el dolor de sus allegados.
La noche en que desapareció, en su casa se hallaban tanto sus padres como su hermano y sus sobrinos, pero nadie le escuchó salir. Como no bajó a desayunar, subieron a su habitación y descubrieron que su cama estaba vacía. 49 años tenía Roberto cuando se esfumó.
Su hermano Joaquín, un año mayor que él, no ha dejado de buscarle desde entonces. «No voy todos los días, pero cuando dispongo de algún rato, salgo a dar un paseo», nos dice tras recibirnos a unos pocos metros de la puerta de la hermosa vivienda familiar de piedra donde el desaparecido vivía con sus padres, su hermano y sus sobrinos.
Los carteles de búsqueda precisan que es de complexión atlética, pelo castaño, ojos marrones y una estatura cercana al 1,95, tan solo dos centímetros más bajo que Joaquín, quien, con su rala barba roja y ese poso genético claramente céltico o germánico, parece transportado desde un caserío de Donegal o una aldea del Bearne, aunque, como el resto de su familia, sea un aragonés cien por cien forjado en el Sobrarbe.
EL ESCENARIO DE LA DESAPARICIÓN
Morillo de Monclús es un diminuto balcón de piedra colgado sobre un llano. Apenas treinta vecinos viven allí todo el año entre casas rurales, segundas viviendas restauradas y la silueta imponente de la casa de los Mur. Los inmuebles, de tejados de losa y portaladas remozadas, componen una especie de maqueta de «bonito pueblo pirenaico»: gloxinias en las jardineras, muros de sillares perfectamente rejuntados y chimeneas coronando las viviendas.
Bien entrado el otoño, cuando las tardes comienzan a encogerse, se encienden unas pocas bombillas macilentas tras las ventanas. A apenas unos metros del anillo de viviendas, la población termina estrangulada por un bosque enmarañado en todos los puntos cardinales. A partir de ahí ya manda el monte.
Para deshojar la margarita de este misterio no resuelto, hay que tener en cuenta dos cuestiones relevantes. La primera es que Roberto padece o padecía un trastorno psiquiátrico que pudo haberle inducido a tomar una decisión absurda, aunque jamás en sus 49 años se había escapado de casa ni hay precedentes de nada parecido.
«Tenía un trastorno bipolar diagnosticado, pero no solía realizar actos profundamente irracionales ni habíamos tenido que salir nunca en su busca», nos dice Joaquín. «Es cierto que pasaba temporadas mejores y peores, dependiendo de si era verano o invierno o si llovía o escampaba, pero nunca hasta ese punto».
Se sabe a ciencia cierta que dejó la casa a pie. La noche en que partió helaba. ¿Falleció acaso de hipotermia? En el momento de su huida, atravesaba una fase maniaca que tal vez desencadenó un episodio de confusión, pero que no resuelve ni de lejos el enigma. «No nos consta que se llevara consigo ningún arma o un cuchillo. Tampoco es difícil desaparecer en esta zona porque es un terreno completamente despoblado», afirma su hermano.
MAFIAS DE LA MARIHUANA Y HIPPIES
Y esa es precisamente la segunda de las grandes claves que complica la comprensión de lo acaecido. Morillo de Monclús se halla en el epicentro de una de las zonas más aisladas y de más difícil acceso de toda la Península, tan aislada que durante la última década ha sido colonizada por las mafias de la marihuana y señalada por la propia Guardia Civil como territorio de cultivo predilecto de los narcos albaneses. El mismo comandante que coordinó la búsqueda de Roberto, el citado Arturo Notivoli, ha pasado muchos meses de servicio en esa zona buscando cannabis entre los níscalos.
No hay un lugar mejor para ocultar la hierba. El valle de La Fueva, donde se perdió el rastro de Roberto, es una inmensa cuenca verde de unos 220 kilómetros cuadrados largos y apenas 600 habitantes, un erial demográfico de menos de tres personas por kilómetro cuadrado.
Quien se pone a caminar desde Morillo en dirección sur, hacia Secastilla o la zona de Torreciudad, atraviesa una especie de océano de escuálidos pinos de repoblación y de yermos en el que las huellas humanas se vuelven episódicas: un bancal comido por las hierbas, una paridera derrumbada, un caserío toscamente restaurado por donde, de cuando en cuando, asoma un neorural o un budista, a los que los locales se refieren como «hippies». No es difícil avanzar kilómetros encadenando cortafuegos sin ver a nadie, una anomalía en un país donde casi todo parece estar ya cartografiado.
«Batimos las zonas más cercanas al pueblo. En línea recta, lo hemos buscado a unos diez kilómetros de casa, pero solo en las proximidades de lugares habitados. A medida que te alejas, hay miles de hectáreas de bosque cerrado y aselvado», asegura Joaquín. «Dejó su ropa de vestir junto a la cama, así que es igualmente probable que se fuera con pijama sin ningún plan meditado. Supongamos, por ejemplo, que estuviera en la cama y tuviera alguna fantasía paranoica o algo le infundiera miedo. Quizá salió sin rumbo fijo y las cosas se le complicaron».
Nunca han considerado seriamente que Roberto fuera víctima de un homicidio premeditado. «Lo que sí nos hemos planteado es que echara a andar sin rumbo y se diera de bruces con alguno de los vigilantes de las plantaciones de marihuana», asegura Joaquín. «Pero los narcos cosechan en torno a octubre y mi hermano desapareció en noviembre, que es cuando apenas hay presencia de ellos».
¿Es posible que eligiera desaparecer? Casos se han dado, de hecho. Un ejemplo muy citado en los círculos de desaparecidos es el de Carlos Sánchez Ortiz de Salazar, médico bilbaíno afincado en Sevilla que se desvaneció en noviembre de 1996, fue dado por muerto tras años sin rastro y, casi dos décadas después, reapareció convertido en un ermitaño en un bosque de la Toscana italiana.
Lo encontraron dos buscadores de setas en una zona selvática entre Cala Violina y las colinas de Scarlino, a más de tres horas a pie del núcleo habitado más cercano, viviendo en una tienda camuflada entre la vegetación, con un pequeño huerto, un sistema rudimentario para recoger agua de lluvia y documentación española caducada de los años noventa.
UN LUGAR LEJANO
No hay un lugar mejor en toda España para evaporarse que el valle de La Fueva. Desde hace más de 40 años, este hoyo verde ha sido ocasionalmente ocupado, siempre de un modo muy disperso, por gente que llegó precisamente buscando la manera de perder de vista el mundo. Primero fueron los mentados hippies quienes compraron casas en ruina por cuatro duros u ocuparon pueblos de la Confederación Hidrográfica del Ebro mientras el resto del país se subía al carro del desarrollismo. Luego llegaron neorurales, parejas con niños que huían de las ciudades, ascetas salvajes, mountain men y algún lobo estepario.
El valle se ha convertido en un imán discreto para toda esa fauna humana que reivindica vidas lentas, espirituales o directamente excéntricas. A pocos kilómetros en línea recta, ya en la boca oriental del valle, se levanta un monasterio budista, el centro Dag Shang Kagyu de Panillo, con sus estupas blancas, sus lamas residentes y su régimen de retiros prolongados.
En un lugar así, donde conviven agricultores de toda la vida como la familia de Roberto, monjes tibetanos, jubilados centroeuropeos y tipos martirizados que han venido expresamente a reescribir su biografía, la idea de alguien que elige no existir para el sistema se vuelve al menos verosímil. Si quieres prenderle fuego al DNI, tu lugar es La Fueva. Pero si estuviera allí, alguien le hubiera visto.
«¿Y si mi hermano sigue vivo?», se pregunta Joaquín. «He elucubrado incluso con la idea de que contactara en Internet con alguien que le propusiera algo o que, por algún motivo, acabara de indigente. Claro que incluso los sintecho que duermen entre cartones o a las puertas de los bancos en las ciudades son finalmente identificados».
Todas las hipótesis «domésticas» —el tropiezo absurdo, la caída por un talud, el ataque de pánico que le empuja a correr sin rumbo, incluso un suicidio premeditado— tienen en La Fueva un elemento común: la posibilidad real de que el cadáver no aparezca. En un valle donde el bosque se come los senderos en una temporada, donde hay cortados tapados por el boj, simas discretas, barrancos encajados y laderas cubiertas de pedreras y matorral, basta con que un cuerpo quede oculto unos pocos metros fuera de una pista para convertirse, a las pocas semanas, en parte del paisaje o sea devorado por fauna.
Salió aquella noche de noviembre sin cartera, no ha habido un solo movimiento en sus cuentas desde entonces y no consta que haya tirado de tarjeta, lo que reduce el abanico: o ha optado por una existencia completamente off-the-grid —economía de trueque, trabajos en negro, techo prestado o auto-construido, identidades verbales que no dejan huella— o bien alguien le está ayudando a sostener una vida en la sombra. En ambos casos, la paradoja es la misma: si de verdad sigue vivo, cuanto más radical y coherente fuera la decisión de borrarse, menos rastros deja para quienes aún lo buscan en el mundo oficial de los padrones y los partes de incidencias.




