Va para 78 y se ha sacado de encima las escopetas. Cinco llegó a tener: una semiautomática Benelli de repetición; dos paralelas del calibre 16, y otras dos del 12. «Las tuve que entregar porque me operaron de cataratas y me obligaban a revisar los ojos cada cuatro días, pero, ¡ey, yo veo mejor que nadie!», dice mientras amaga con patear a uno de sus perros para que deje de ladrar.
Habla desde el otro lado de una malla rústica de alambre que cerca el acceso a su caserón, la típica vivienda del Prepirineo. Se nota que su hermana está con él porque sobre el poyo corrido de cemento que hay bajo la fachada, hay alineadas con cuidado una batería de macetas reventadas de geranios y lantanas. Él era más de cabras y de cereal que de claveles moros y caléndulas.
Si fuera americano podría llamarse Earl McCoy, pero es aragonés ribagorzano (hablan castellano con fuerte acento catalán y sin el ramalazo maño) y, aunque hay algo en el paisaje montaraz donde se halla su casa que recuerda a la atmósfera áspera de los Apalaches, José María Vivas habita en la sierra de Sant Gervás, que es la clase de lugar sin carreteras asfaltadas donde hay que buscar la señal de teléfono a la manera de los zahoríes.
Cuando el reportero le pide que pose para la foto, cruza los brazos a lo gangsta, como si estuviera grabando la portada de un mixtape. Hay que ser un tipo duro para pasar casi ochenta años prácticamente solo hablando con los pinzones. Cada vez que se le menciona el asunto de la soledad, Vivas cambia de tema. No parece muy adicto al drama ni la clase de individuo que lee a Sartre o a Montaigne. En la sierra de Sant Gervás no hacen falta epifanías porque el misterio de la vida orbita en torno a necesidades menos arcanas: aguantar el invierno, que no falte la leña y que los perros no se mueran antes que tú.
Para llegar hasta su casa ha sido necesario conducir en transversal casi veinte kilómetros por una pista polvorienta. Las calizas y las margas grises del Prepirineo son materiales blandos que se erosionan y configuran esos caminos pedregosos, llenos de lascas sueltas y socavones, estrangulados por pequeños bosques de robles pubescentes, carrascas y pinos laricios de repoblación. El propio Vivas ayudó a acabar con los conejos que se comían las raíces de los árboles cuando los plantó el Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA). Le pagaban por sacar a pasear su hurón.
«¿Y por qué no te casaste?», se le pregunta. Tras un segundo amago de patada al perro ratonero que acompaña de un par de maldiciones, responde (no parece muy cómodo hablando de ello): «Sí, estoy soltero, pero es que había problemas para casarse. A ver, si hubiera tenido familia, ¿qué hubiéramos hecho? ¿Yo aquí en el monte y mi mujer a cuarenta kilómetros, en Benabarre? Y si tienes un hijo, ¿qué plan es ese? Porque si supieras que no hay hijos pues es una cosa, pero con hijos es otra. Y después que se necesita dinero para casarse y para desgraciado ya está uno».
Al cabo de media hora, José María franquea el paso hasta la parcela de su casa, y desde la ventana, se asoma la cabeza de su hermana, que espeta: «¿Y a ustedes quiénes les ha dado permiso para hacer lo que hacen?». «Deja, mujer, que igual todo esto nos trae algo bueno», le tranquiliza Vivas.
Bajando el tono de voz, aclara: «Éramos cinco hermanos y yo fui el único que se quedó aquí como heredero de mi padre. Esta casa era arrendada y la compró mi hermano, que luego se murió. Ahora la ha heredado mi hermana. Tengo dos en total: una viene de vez en cuando y la otra está aquí ahora, pero ni siquiera se encuentra empadronada (en el censo del municipio). Antes estaba en Barcelona».
«Yo aquí he vivido toda mi vida del ganado», continúa. «Cultivábamos lo típico. Cebada, avena, esparceta y también alfalfa, que es peligrosa porque al ganado le gusta y se harta. Yo tenía una explotación con cuatrocientas cabras. Pero no sé que pasaba que no tenía mucha salida la carne esa. Luego vino la tuberculosis y me las hicieron matar todas».
A unos metros se han construido un invernadero. El ganado se lo han sacado ya. Les quedan unas gallinas, pero están pensando en convertirlas en escudella porque, según José María, les sale más barato comprar los huevos de granja de Monegros, en el supermercado de Graus, que alimentarlas. 40 kilómetros deben conducir cada semana para llegar hasta su tienda de confianza.
Tiene un viejo Land Rover y un tractor Deutz D 6006 de los 70, un modelo que fue caballo de batalla en media Europa, muy popular en España porque eran máquinas duras, sencillas de reparar y con motores refrigerados por aire (famosos por aguantar lo que sea). Pero cuando sale del monte, viaja en la Picasso.
«Mis hermanas me dicen de marchar, pero yo estoy muy bien aquí», asegura. «Solo me iré a morir a la casa que tengo en Benabarre cuando ya no pueda más y no pueda ir a comprar una vegada (vez) a la semana. Podríamos ir a Arén, pero el camino está fatal, así que vamos hasta Graus. No me he cruzado nunca de brazos, ¿sabe? Sólo me aburro el día en que llueve. Como no puedes hacer nada en la agricultura, el día se me hace largo y la noche, más aún. Por lo demás, aquí todos los días son iguales. Solo sé que es domingo porque escucho misa en la radio».
La aldea más cercana al lugar en el que José María vive ahora con su hermana está a doce kilómetros. Allí reside solo una persona. Aquello es un desierto demográfico, uno de los lugares más salvajes de España y también de Europa. Hace algunos años, un puñado de budistas compraron un caserón y sesenta hectáreas a unos pocos kilómetros (no confundir con el Dag Shang Kagyu de Panillo).
«No tenemos vecinos», dice José María. «Creo que en Caixigar no queda nadie y la aldea de Claravalls está vacía. Uno de Arén compró Soliva para hacer un coto, pero allí tampoco vive un alma».
"A UNO LO MATARON POR PROBLEMAS CON EL TEMA"
Las dos aldeas que menciona son un par de despoblados situados sobre el altiplano. «¿Y no le visitan los budistas del Palpung Samphel Chöling ?», le pregunta el reportero. Se trata de un pequeño centro del linaje kagyu tibetano. «Dicen que esos jipis no son malos», replica. «Solo sé que compraron esa casorreta que hay sobre el tossal (cerro). No hace mucho vino uno de ellos con un perro negro muy nervioso y no paraba de preguntar». De la visita que menciona hace ya casi un año. ¿Cómo decirle que no eran en verdad budistas, sino nosotros mismos prospectando esas montañas?
Cada vez que se interpone algún silencio entre el montañés y el periodista, Vivas saca a colación cierto conflicto relacionado con la caza. Es algo retorcido y muy oscuro. Todo lo que se alcanza a entender es que no se ponen de acuerdo los dueños de las tierras y el Instituto Aragonés de Gestión Ambiental para hacer un coto, y se diría que eso le preocupa. «A uno lo mataron por problemas con el tema», insinúa. «O eso es lo que dicen». Vacaciones en Camboya, veraneo en Puerto Hurraco. No es la primera vez que alguien saca a pasear una escopeta en la España salvaje por un quítame de allá esa cerca o un puñado de monedas. «Yo quiero hacer un coto privado, pero es que es un merdel».
«La caza aquí sí que podría dar dinero», nos cuenta Vivas. «Me refiero a hacer un coto. Porque de la caza propiamente dicha no sacas ni para la munición. Yo la tenía como afición. He disfrutado mucho. Antes había perdices y conejos. A mí me autorizaron a cazarlos con hurón porque se comían las raíces de los pinos. Me iba con el guarda a meterlo por los agujeros. Trece, catorce, quince cada día... Ojo, que pagabas por el hurón hasta mil pesetas, si es que estaba bien enseñado. Antes no había corzos como ahora, ni tampoco jabalíes. Ahora vas a cosechar y está lleno de agujeros todo. El corzo vale dinero. Por el jabalí te dan cincuenta céntimos».
Vivas es, a todos los efectos, uno de los últimos hombres de montaña a la española, uno de los pocos que aún quedan en el Pirineo, una criatura casi única en su especie: gente que vive, esencialmente, como hace 200 años y que ha retenido habilidades esenciales y ancestrales. «Por supuesto que soy un manitas. Me lo he hecho casi todo yo. La gente joven podría vivir aquí si tuviera a su lado alguien que le dijera cómo y cuándo. Y aun así hay que valer para esto».
«Aquí los ricos siempre han ido un poco sobrados pero el pobre ha tenido que levantarse cada día a trabajar mucho y, aún así, tirar de prístamos (créditos)», vuelve a decir. «Lo de tener la luz solar es como quien dice de hace cuatro días. Antes teníamos carburos y candiles de butano, pero aquello era la cruz a cuestas. No podías tener ni una nevera. Y luego lo peor es la comunicación. Ochenta kilómetros de ida y vuelta, una vegada a la semana como poco. Nunca me he quedado aislado, pero sí he tenido sustos, como aquella vez que estaba con el peine de la cosechadora y se me quedó atrapada la sandalia. He tenido accidentes. Pero soy duro y me recupero rápido».


