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«Todo el hotel se estremeció. Era como si estuviera encima del mar». El pasado 21 de enero, Ulrike Zwiebel sintió que el pequeño hostal que levantaron sus padres hace más de 50 años en la primera línea de la playa de Tavernes de la Valldigna (Valencia), Villa Úrsula, lo iba a arrasar la fuerza descomunal del oleaje que acababa de engullirse el balcón de su vecina María. «Fue terrible», cuenta a EL MUNDO mientras observa cómo desde la terraza hay «un abismo de cuatro metros al vacío». «Quién va a querer venir aquí si tiene que hacer un salto al vacío para llegar a la playa», se lamenta mientras recopila papeles para poder cobrar las ayudas del Consorcio de Seguros con las que hacer frente a los daños.
La borrasca Harry golpeó con fuerza, pero Zwiebel tenía la lección aprendida de Gloria, el temporal de hace seis años que reventó su negocio, que también es su casa. «El mar arrancó las ventanas, las puertas y las olas bailaban por encima de las camas. Gloria hizo un daño tremendo, por eso aprendí», advierte. Blindó su casa con planchas de hierro de 200 kilos y aisló las ventanas, «gracias a eso esta vez no me he inundado», se consuela.
El de Villa Úrsula es solo un ejemplo del impacto que están teniendo los temporales en la primera línea de playa, especialmente la del Mediterráneo. El mar no solo está demostrando su capacidad para avanzar y ganar metros a la arena, sino que está devorando directamente las playas y destruyendo edificios o paseos marítimos. La regresión de las playas es una constante en los últimos años que, en el caso de la Comunidad Valenciana, ha abierto incluso un conflicto entre administraciones. El debate, y más en una región eminentemente turística, sigue siendo cómo evitar que las playas desaparezcan.
De hecho, nadie sabe si estará a salvo con el próximo temporal. «Hay edificios que se están quedando sin cimientos», asegura Zwiebel, que vive en España desde los nueve años. «Cuando vinimos aquí, para llegar a la orilla tenías que andar 170 metros. Hace seis años, antes de Gloria, eran 120 y ahora ya no queda arena. El mar se la engulló y nos ha dejado un acantilado entre nuestras casas y la playa. El acceso es casi imposible porque las escaleras públicas han desaparecido», explica.
Para ella, una de las causas de esta brutal afectación a las playas de Tavernes es el cambio en las corrientes: «Hace 30 años construyeron un dique en Cullera y eso, junto al cambio climático, creo que ha hecho que el impacto de los temporales sea mayor».
El Ayuntamiento de Tavernes, la Generalitat y Costas buscan soluciones para habilitar la playa, «trayendo camiones de arena que nos ofrece Cullera o, ahora dicen que es más eficaz, con barcos que succionan la arena allí y la depositan aquí». «Pero, de momento, solo están limpiando troncos», asegura la hostelera. Ella, mientras, piensa si podrá volver a abrir su hotel familiar. «Lo dejo en el aire», cuenta.
Pero cada vez son más los expertos que advierten de que el problema de la regresión de la costa será recurrente. «Lamentablemente», según Pepe Serra, catedrático de Puertos y Costas de la Universidad Politécnica de Valencia, porque «a la marcha que vamos enlazando borrascas, es de esperar que la playa sufra con cada temporal». Su diagnóstico de la situación actual es que «a las playas les falta arena».
«Las playas se han ido formando de forma natural a partir de los sedimentos que traían los cauces. La arena y la grava se depositaban en la desembocadura y la corriente transportaba esos sedimentos a lo largo de toda la costa, dando lugar a las playas», explica. Por tanto, «si las playas no se alimentan, van a desaparecer». «En Valencia ya están desapareciendo algunas», advierte, a pesar de que se ha intentado protegerlas con aportes de arena. ¿Qué ha ocurrido? «Que viene otro temporal y la arena que se acababa de echar para proteger la playa desaparece también».
Según este experto, estamos ante «la pescadilla que se muerde la cola». En su opinión, «si no hay una alimentación de las playas desde el continente, el problema persistirá». «Hay otra alternativa que es verter arena, aunque sea una alimentación artificial, y proteger ese vertido con diques exentos, arrecifes artificiales a baja profundidad o espigones diseñados en función de cada playa», añade.
Aun así, advierte Serra, no puede obviarse la huella del cambio climático: «Hay una mayor incidencia de temporales con una mayor energía y altura de ola. Y la altura de ola es la que nos marca el volumen de arena que el temporal se lleva». Cuanto más altas sean las olas, mayor será la cantidad de arena que se pierda, tal y como se ha visto en Tavernes de la Valldigna.
Los polémicos deslindes
En Guardamar del Segura (Alicante) está otra de esas playas que se está comiendo el mar y que ha sido foco de conflicto. En la Playa de Babilonia, a escasos metros de la orilla, se ubica un centenar de casas tradicionales, muchas de las cuales están amenazadas de derribo por Costas. Si bien los vecinos lograron frenar hace unos meses la demolición de sus viviendas, Costas mantiene que suponen un riesgo para la seguridad de las personas al encontrarse dentro del dominio público marítimo-terrestre.
Contra los polémicos deslindes se han alzado vecinos y decenas de ayuntamientos, pues hasta donde llegan las olas puede llegar el dominio público marítimo-terrestre. Las edificaciones que queden dentro pasan a ser de titularidad pública. Dicho de otro modo, los dueños de las casas dejan de serlo porque pasan a manos del Estado, y solo pueden mantenerlas en régimen de concesión durante 30 años, prorrogables hasta 75, que es lo que ha sucedido en Guardamar.
¿Es esta la solución? El catedrático de la Politécnica lo pone en duda: «Si derribas casas, en unos años el problema será la siguiente línea de edificaciones». Serra recuerda que, según la Ley de Costas, «la obligación de la Administración es proteger el litoral de la acción erosiva del oleaje». «Si nos ceñimos a eso, lo que hay que hacer es proteger y recuperar», sentencia.
Somos Mediterrania, que agrupa a colectivos de afectados por la Ley de Costas, también clama contra los deslindes. Según argumenta su portavoz, Manolo López, lo que están provocando en España es un problema de inseguridad jurídica.
«Cuando el mar alcanza la costa, la respuesta de la Administración es deslindar. Si el mar ha avanzado 20 metros, la línea del dominio público marítimo-terrestre automáticamente se mete 20 metros tierra adentro», critica, para denunciar en consecuencia que esto «afecta de una manera muy grave a gente que vive en primera línea de playa sin haber cometido ni una sola ilegalidad». López se refiere al caso particular de Guardamar, cuyas casas de la playa «jamás estuvieron cerca del agua cuando se construyeron».
«No hay seguridad física y, en consecuencia, se genera un problema de falta de seguridad jurídica», reflexiona el portavoz de esta asociación, que advierte igualmente del serio problema de erosión costera. Pero «el mar no alcanza una casa si antes no ha desaparecido una playa», advierte.
Amparo Peris, presidenta de la Asociación Vecinal de las playas de Almardà, Corinto y Malvarrosa, en el término municipal de Sagunto (Valencia), opina en la misma línea: «No se puede defender que cuando llegue una ola haya que tirar una casa. Eso es no respetar la propiedad privada, cuando la primera obligación de la Administración es proteger».
Peris va más allá al censurar «el abandono del litoral por parte del Ministerio para la Transición Ecológica». En su caso, critica la construcción de diques y espigones que retienen sedimentos al norte de las playas de Sagunto: «Se están creando playas artificialmente al norte, con muchísima retención de sedimentos, que son los que nos tendrían que llegar a las playas del sur y no llegan». Es decir, la protección de unas playas deja a su vez desprotegidas a otras.
«Estamos totalmente desamparados frente a los temporales y, por eso, reclamamos urgentemente un aporte extra de arena», expone. Eso sí, una vez se refuercen las playas con más arena, lo que piden los vecinos a continuación son «mecanismos de protección» que la retengan. Y «no pueden ser los espigones que se han hecho siempre, porque acaban perjudicando al sur».
Sin embargo, desde la Delegación del Gobierno se esgrime que la Comunidad Valenciana cuenta en la actualidad con «el mayor volumen de inversión en costas de su historia», con más de 373 millones de euros en actuaciones finalizadas o en marcha. La inversión este año será de 43 millones, una cantidad insuficiente para la Generalitat, que denuncia que el 70% de los proyectos de regeneración siguen pendientes desde 2015. Además de batallar contra los deslindes, la Generalitat pide las competencias en la gestión del litoral.





