Que sea rico en vitaminas y minerales. Que, además de aportarnos las proteínas y las grasas 'buenas' que necesita nuestro organismo, nos proteja con su poderoso efecto antioxidante a la vez que mima nuestro microbiota, manteniendo a raya a la dichosa inflamación. Que nos sacie y nos nutra. Y que, sumado a todo eso, sea sostenible para que, además de velar por nuestra salud, contribuya a salvaguardar la de nuestro planeta. Sin pesticidas ni contaminantes como microplásticos o elementos tóxicos. ¿Existe algún alimento en el mundo que reúna todas estas características (y más que todavía están por descubrirse)? Blanca Hernández Ledesma y Pilar Gómez Cortés, investigadoras del Instituto de Investigación en Ciencias de la Alimentación (CIAL) -centro mixto de titularidad compartida entre el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Autónoma de Madrid (UAM)-y asesoras científicas de Macami Biotech, tienen la certeza de que sí.
¿De qué tesoro nutricional estamos hablando? De las microalgas. Para ser más exactos, del fitoplancton que, a pesar de su tamaño microscópico, tiene una riqueza bioquímica extraordinaria. Origen de toda la vida vegetal en el planeta y base de la cadena alimentaria en los océanos, aparecieron hace 3.000 millones de años y cambiaron nuestra atmósfera (producen más del 50% del oxígeno que respiramos y cada kilogramo de biomasa cultivada puede eliminar aproximadamente 2 kg de CO2, contribuyendo a reducir el exceso de carbono en el planeta). En este tiempo, se han adaptado a todos los ecosistemas y se estima que existen más de 200.000 especies con funciones muy diversas y únicas que Gómez Cortés -especialista en lípidos y distinguida con el premio H.P. Kaufmann Award por su trayectoria investigadora- y Hernández Ledesma - experta en desarrollo de Innovación de proteínas alternativas a la que la Universidad de Stanford/Elsevier incluyó en su exclusivísimo ránking 'World 2% Top Scientists'- estudian desde hace años junto a un brillante equipo de jóvenes investigadores en campus de Cantoblanco (Madrid).
"Nuestros grupos de investigación -de lípidos y de proteínas- se unieron en busca una fuente alternativa de alimentos y empezamos a trabajar con las microalgas", explica Gómez Cortés.
¿Por qué las microalgas? "Son una fuente sostenible de compuestos que, además, está muy poco evaluada todavía, porque hay muchísimas especies distintas. Se estima que entre 200.000 y 800.000, pero, por el momento, solo se están investigando alrededor de 100 para comprobar sus beneficios para la salud. Su potencial es extraordinario", asevera Hernández Ledesma.
Cuando hablamos de algas, la primera imagen que se nos viene a la cabeza es de las llegan a la arena de la playa, pero esto no tiene nada que ver con eso. "No hay que pensar en las plantas marinas, que son las macroalgas, sino en el fitoplancton marino. O sea, en esa parte microscópica, que, en el caso de los océanos, está favoreciendo la absorción de CO2, lo que la convierte en el auténtico pulmón de nuestro planeta", relatan estas investigadoras.
Estas especialistas aclaran que "mientras que las macroalgas, que son las plantas que vemos en el mar, son un conjunto de células, cada microalga es una única célula independiente".
Diseñadas por la naturaleza a modo de 'cápsulas inteligentes', dependiendo de su tipo o método de crecimiento, son ricas en proteínas con todos los aminoácidos esenciales, minerales (hierro, magnesio, calcio, potasio, zinc y selenio), antioxidantes, ácidos grasos omega-3 (EPA Y DHA) y vitaminas A, B, C, E, y K, propiedades que la convierten en un poderoso aliado para nuestro bienestar. "Hay infinidad de especies y cada una de ellas es un mundo. Algunas, como la espirulina, puede llegar a tener un 60 o 70% de proteína. Son una fuente sostenible de nutrientes, de proteínas, de lípidos y de carbohidratos que aportan múltiples beneficios para la salud".
El hito que hizo 'despegar' -nunca mejor dicho- la investigación sobre las microalgas fue cuando "la NASA empezó a utilizarlas para hacer barritas para los astronautas, porque permitía condensar muchos nutrientes en muy poco espacio".
El proceso para que los órganos gubernamentales competentes en la materia -en nuestro caso, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)- aprueben el consumo humano de microalgas es largo y complicado. Por eso, hoy en día, prácticamente solo se habla de "la espirulina (limnospira platensis), la chlorella vulgaris, la tetraselmis chuii y extractos como la astaxantina. Sin embargo, hay muchas más microalgas en fase de evaluación que, en cinco o 10 años, comenzarán a comercializarse".
Mientras llega ese momento, la mayor parte de las investigaciones se centran en la espirulina y chlorella. "Lo que se ha constatado ya en seres humanos es que, además de combatir la obesidad, pueden tener efectos beneficiosos en la reducción de los niveles de colesterol y triglicéridos, la disminución de la presión sanguínea y el aumento de la saciedad. En estudios 'in vitro', además, se ha podido comprobar su efecto positivo frente a la diabetes, la mejora que favorece en la salud intestinal e, incluso su potencial antibacteriano y anticancerígeno, pero todavía queda mucho que evaluar".
¿Llegarán a convertirse las microalgas en una alternativa a loa fármacos que hay ahora mismo para combatir la obesidad? Como buenas científicas, Blanca Hernández Ledesma y Pilar Gómez Cortés se muestran cautelosas. "Es fundamental tener claro que los alimentos no curan. En el caso de la obesidad, las microalgas podrían utilizarse para elaborar alimentos funcionales o nutracéuticos que ayuden a consolidar una buena estrategia de prevención de la obesidad gracias a sus cualidades saciantes o, merced a su efecto coadyuvante, potenciar el efecto de un medicamento, pero nunca sustituirlo. Y todo eso, obviamente, en el marco de un estilo de vida asentado sobre los pilares de una dieta equilibrada, una ingesta calórica adecuada y la práctica de ejercicio físico".
De hecho, prosiguen, "ya hay estudios que constatan como personas con sobrepeso u obesidad que incorporaban nutracéuticos de espirulina a dietas hipocalóricas acompañadas de ejercicio físico lograban bajar de peso, una reducción del perímetro abdominal, una mejora de perfil lipídico, así como una disminución de los niveles de colesterol y triglicéridos. No obstante, todavía queda mucho camino por recorrer para determinar qué otras microalgas, además de la espirulina, podrían tener ese efecto y a qué dosis hay que incorporarlas a la dieta".
También se sabe ya con certeza su papel benefactor para nuestro microbiota. "Hace un par de años, arrancamos un estudio, que terminamos en 2024, para averiguar qué efecto podían las microalgas en nuestro microbiota y, para ello, intentamos simular 'in vitro' lo que ocurre durante el proceso de la digestión en el estómago y el intestino. Y lo que comprobamos es que, efectivamente, alguna de las especies que estábamos utilizando tenía un efecto muy beneficioso, de tal manera que era capaz de aumentar las poblaciones de bacterias beneficiosas a la vez que disminuía las de las perjudiciales".
Cuando hablamos de suplementación siempre damos por sentado -o deberíamos hacerlo- que no nos referimos a sustituir, sino a cubrir las lagunas que podrían existir en una alimentación saludable. Probablemente, uno de los casos más claros en este sentido es el del omega-3, a cuyos requerimientos diarios no llegamos ni por asomo. En este escenario, ¿qué nos pueden ofrecer las microalgas con respecto a las 'fuentes tradicionales'? "Muchísimo, de hecho, las microalgas son una fuente de omega-3 mucho más sostenible que el aceite de pescado que estaba ahí sin explotar. Al final, lo que hacemos es volver al principio de la cadena, a ese fitoplancton marino que van ingiriendo los peces y que es el origen de esa grasa tan saludable".
Saludables y sostenibles... Quien nos iba a decir que la clave de nuestro futuro iba a estar en el origen de todo.


