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Las mujeres de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando: entre la tradición y el hambre de cambios: "Hay que convertir el nuestro en un museo vivo"

En 1983 la institución admitió a su primera académica. Hoy representan una tercera parte del total. Otras manos femeninas son clave en su funcionamiento.

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La académica Blanca Muñoz con la escultura original de su fuente 'Lustral' de la Plaza de España en Madrid.
La académica Blanca Muñoz con la escultura original de su fuente 'Lustral' de la Plaza de España en Madrid.

Antínoo tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia delante y a la izquierda, y el cabello, rizado, caído sobre la frente y enredado sobre las orejas. Parece despreocupado, como pensando en las musarañas, ahí puesto sobre un extremo de una mesa de trabajo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El busto del joven dios -porque tras ahogarse en el Nilo antes de cumplir los 20 años, su amante, el emperador Adriano, lo elevó a los altares- es reproducción del original romano que guarda el Museo del Prado, pesa 30 kilos, está realizado en escayola, cuesta 403 euros y es uno de los greatest hits del Taller de Vaciados de la institución. Los venden como churros, explican allí, lo cual resulta sorprendente si tenemos en cuenta las dimensiones de la pieza que reproduce, 98 x 76 cm, e incluso los tiempos -y los espacios, diminutos- que se estilan hoy en día.

Pero no es ni de lejos lo más sorprendente que guarda en su laberinto de espacios y tiempos el palacio de Goyeneche, donde se aloja, a un tiro de piedra de la Puerta del Sol madrileña, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (RABASF). Su museo, por ejemplo, está entre los más desconocidos de la ciudad, por mucho que allí se exhiban joyas como un Velázquez que es copia fiel de La Última Cena de Tintoretto. O Susana y los viejos, de Rubens. O nada menos que 13 pinturas de Goya, entre ellas dos autorretratos y el celebérrimo El entierro de la sardina.

Creada vía Real Decreto de 12 de abril de 1752, la Academia nació como un exclusivo centro de enseñanza reglada donde aprender escultura, pintura o arquitectura. Ha tenido entre sus profesores a Francisco de Goya (que no fue admitido como alumno pero llegó a ser su director), y entre sus alumnos a Pablo Picasso, Dalí o Antonio López. Incluso el modista dominicano Óscar de la Renta pasó por aquí en 1950, antes de que su destino virase hacia la moda. Por aquel entonces, eso sí, las mujeres ni estaban ni se las esperaba. De hecho, llegaría antes a sus vidas el divorcio que ellas a la Academia. Habría que esperar hasta 1983 para asistir al nombramiento de la primera académica, la escritora Elena Quiroga. Hoy, 43 años más tarde, suman 14, un tercio del total. Entre ellas se encuentra la grabadora y escultora Blanca Muñoz (Madrid, 1963), que entró con mascarilla, en los arrabales de la pandemia del covid, allá por 2022.

"La verdad es que ser académica no entraba para nada en mis planes", se sincera hoy, "ni tenía el perfil... Pero Antonio Bonet Correa, que había sido director de la Academia, cada vez que me veía me insistía en ello. Tanto, que al final pensé que tal vez yo podría aportar algo... Al fin y al cabo los artistas vivimos muy aislados. De repente me pareció que era una forma de devolver algo a la sociedad". Muñoz concreta más aún: "La Calcografía Nacional (institución integrada en la Academia, fundada en 1789 para llevar a cabo proyectos de grabado relevantes, también de recoger, conservar y reestampar las láminas de cobre en su poder) ha sido uno de mis grandes apoyos. Así que, pensé, si yo ahora puedo serle útil, tal vez debería aceptar".

El laberinto de la Academia (y el de la vida)

A través de un sube-baja de escaleras y pasillos se accede a la mencionada Calcografía Nacional. Pero antes de entrar, paradita en un nuevo dato significativo: aunque sobre los sillones de la institución las mujeres sean aún minoría, la cosa cambia radicalmente cuando hablamos de la nómina de trabajadores: ellas suman 41, el doble que varones.

En este grupo se encuentran María Dones (31 años) y Constanza López (44 años), del Taller de Estampación de la Calcografía Nacional. «Entré en la Academia hace siete años a través de una bolsa de trabajo, para ser vigilante de sala [colaborador de atención al público, según propia denominación]», explica la segunda, licenciada en Bellas Artes, máster en Estudios Avanzados en Museos y Patrimonio Histórico-Artístico por la Complutense. Al cabo de cuatro años «surgió la oportunidad de dar apoyo al Taller de Vaciados. Pero, claro, yo en Bellas Artes me había especializado en arte gráfico. Así que cuando un año después el jefe de esto, Javier Blázquez, necesitó a alguien de apoyo, me vine con él».

María Dones (izq.) y Constanza López, del taller de estampación.
María Dones (izq.) y Constanza López, del taller de estampación.

La labor que acomete su equipo es la edición de arte gráfico contemporáneo. "Trabajamos con artistas muy importantes. Hace poco con Jaume Plensa o con Lita Cabellut. Ahora estamos haciendo una edición de Alfonso Albacete", explica Constanza, que desgrana los detalles que hacen de su trabajo una labor compleja y también fascinante "porque tienes que entender muy bien al artista". Como el suyo, el camino de María Dones para llegar aquí no ha sido precisamente una línea recta. Arranca en la carrera de Historia del Arte, que abandonó "porque en realidad a mí lo que me gustaba era dibujar y pintar". Así que saltó a Bellas Artes, "la carrera de mi vida", donde se especializó en grabado. Al terminar, hizo un máster en Grabado y Diseño Gráfico en la Casa de la Moneda. Aunque en el fondo-fondo, explica, la verdadera razón por la que acabó en la Academia fueron sus abuelos: "Su Trabajo Fin de Máster consistió en un conjunto de grabados con la casa de mis abuelos [en Cabanillas del Campo, Guadalajara] en el centro y el recuerdo y la memoria como trasfondo".

Uno de aquellos grabados lo presentó María al concurso de Jóvenes Creadores que hace la RABASF: "El primer año me dieron la mención de honor". El segundo, el primer premio. La edición de su obra le permitió conocer el taller, "tan limpio, tan recogido, donde hay tantas tintas, papeles, posibilidades... Es una maravilla", explica. En aquel tiempo María estaba becada en el departamento de Márketing de la Casa de la Moneda y trabajaba en el Primark de Gran Vía, "y justo cuando se me iba a acabar la beca me contactaron de la Academia para preguntarme si me interesaría trabajar aquí durante tres meses para hacer la edición de Lita Cabellut". Y... hasta hoy. "Nunca pensé que viviría algo así", se sorprende todavía hoy María. Su primera "edición seria" de grabados fue la de Lita Cabellut, toda una experiencia "porque que venga el artista y se quede maravillado con tu trabajo, pues impacta", dice. Las dos compañeras realizan además trabajo de archivo "que también es importante, porque se trata de donaciones que han hecho artistas, o de planchas antiguas que se testan para ver su estado, si han sufrido algún deterioro...".

Para qué sirve una Real Academia

A pesar de tener poco de sencillo, es posible que el trabajo que hacen María Dones y Constanza López en este rincón de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando esté para muchos bastante más claro que el que hacen los propios académicos. Blanca Muñoz lo aclara: «La academia trata de velar por el patrimonio. Por poner un ejemplo, en el caso de la sección de escultura, que es a la que yo pertenezco, se tiene en cuenta todo lo que forma parte del patrimonio artístico de Madrid, que cuida poco del suyo, por cierto. Así que tratamos de sensibilizar al ciudadano, transmitirle que no vale todo, como subirse a la Cibeles cuando ganas un partido y cargarte la escultura por una foto. También se organizan muchas actividades, conciertos, encuentros, ciclos de cine, actividades multidisciplinares...".

Le pregunto a la académica si la desigualdad numérica entre hombres y mujeres al frente de la institución tiene algún impacto en su funcionamiento. "Yo me sentí muy bien acogida desde el principio", se apresura a responder, y destaca las ganas de "sangre nueva" que se percibe entre muchos de los miembros. Al final, explica, si existe algún tipo de tensión no suele estar relacionada con el género, sino con el concepto que unos y otros académicos tienen sobre qué debe definir a la RABASF: "Para mí se debería primar que fuera un museo vivo, como lo es la Royal Academy de Londres, que tiene un gran prestigio porque convive mucho con la ciudad. Muchos estamos luchando por eso aquí, por que nadie se vaya de Madrid sin haber visitado nuestro museo, que es una maravilla».

Jóvenes... para salvar la tradición

Inevitable preguntarse: en una institución cuya media de edad (la de los académicos) es superior a los 76 años... ¿aumentar la presencia de jóvenes, al menos en entornos como los de los talleres, ¿cambia en algo la ecuación? "Sí, claro que sí", responde sin dudarlo Blanca Muñoz, "son profesionales estupendas y lo dan todo, deberíamos valorar mucho más lo que hacen. La realidad es que cada vez quedan menos talleres artesanales. Los nuestros son prácticamente únicos y a veces no nos damos cuenta de su importancia". Ella misma es fan absoluta del de Vaciados: "Me encantan las escayolas, son objetos maravillosos. Tener un vaciado de nuestra colección por una cantidad irrisoria en comparación con el esfuerzo que conllevan... es un lujo".

Paula Alonso (dcha.), del taller de vaciados, con su hasta hace poco compañera Paola Beatriz.
Paula Alonso (dcha.), del taller de vaciados, con su hasta hace poco compañera Paola Beatriz.

En la tienda (también online) de la RABASF te puedes comprar media cabeza de Minerva, un busto de Alejandro Magno, un torso de Hércules, una Victoria de Samotracia... o el ya mencionado busto de Antínoo por precios que oscilan entre los 30 y los 3.000 euros. En el lugar donde se elaboran, el Taller de Vaciados, trabaja la salmantina Paula Alonso (35 años), que tras estudiar Bellas Artes se trasladó a Madrid a hacer un máster de Educación Artística en la Universidad Complutense. "Pero en 2019 salió una beca de la Comunidad de Madrid para aprender el oficio en la RABASF. Significaba reconectar con la escultura, apliqué y, nada, aquí estoy desde entonces porque al acabar la beca me contrataron».

De hecho, Paula compagina su empleo aquí con la creación escultórica, pese a la exigencia del horario y física que supone aquél. "A ver, este es un trabajo muy bonito, muy agradable", explica. Aunque nada es perfecto, claro, ni siquiera en este templo a la perfección lleno de torsos clásicos que gestionan solo tres personas. "Tenemos tantos encargos que eso nos impide innovar, hacer moldes nuevos. Sería maravilloso que se abriera la puerta a la entrada de más gente para poder llegar a todo", añade. Blanca Muñoz le da la razón: "Creo que esta sección tiene mucho más recorrido. Hay que darle un plus de merchandising, en el mejor de los sentidos". ¿Modernizarse o... modernizarse?