- Crónicas bestiales (I) 'Polvorín', el toro quemado y ciego al que le habían cortado las cuerdas vocales: "Lo hicieron para que los niños no se asustaran con los mugidos"
- Crónicas bestiales (II) 'Fermín', el jabalí criado a biberón del que abusan los cerdos vietnamitas: "Lo hallaron junto a su madre muerta por cazadores"
- Crónicas bestiales (III) 'Christian', el cabritillo que fue rescatado de ser degollado en un ritual de santería cubana: "Cuando llegó aquí, estuvo tres días sin comer ni beber"
- Crónicas bestiales (IV) 'Fantasma', el perro que estuvo a punto de ser sacrificado cuatro veces: "Tenía una malformación. Su dueño no lo quería y lo tiró a un chalé"
Cuando Dolores era una niña, su padre y su mejor amigo compraron a medias un caballo. Echaron a suertes cómo se llamaría y acordaron que el animal llevaría el nombre de la marca de tabaco que fumaba el ganador. Si vencía su padre, la criatura sería bautizada como Winston; si vencía el amigo, le pondrían Kaiser.
Ganó el amigo y -quién sabe- acaso se encendió un pitillo para celebrarlo. Aquel caballito creció y creció. Pero a Dolores le quedó aquella afrenta infantil y una promesa de amor filioparental: si algún día tenía un caballo de adulta -se dijo-, éste sería conocido como la inmortal marca rojiblanca de tabaco estadounidense.
Así, Winston se llamó aquel caballo que su ex le regaló en 2009, nada más dejar atrás Madrid, para venirse a vivir en plena naturaleza en La Cañada (Ávila).
Así, Winston se llamó también el refugio de animales que Dolores Pérez decidió construir en 2012, al poco de morir aquel caballo emblemático, y que -viendo lo visto- lo mismo podría haber terminado llamándose santuario Ducados, Lucky Strike o Fortuna.
"A Winston le alquilábamos una montaña entera en una zona más cálida cuando llegaba el invierno, siempre con un compañero", evoca. "Un día, al ir a hacer una revisión al lugar, me lo encontré muerto y devorado. Es imposible saberlo, pero creo que ese día hubo niebla y que algún disparo se escapó".
A aquella muerte le sucedió la depresión de la mujer. A la depresión de la mujer le sucedió un santuario único. Y al santuario único le sucedió un corolario común: historias de maltrato caballuno, biografías de abandono equino, vidas perras de rumiante.
Un total de 54 caballos, tres burros y dos ponis libérrimos conviven repartidos en varias fincas en el principal refugio para estos animales en nuestro país.
"No han nacido para ser un capricho del hombre. Nos han ayudado cuando no había coches ni maquinaria, en la agricultura, en el correo, en las guerras... Ya no hacen falta para nada de esto. Dejémosles ser libres. Queremos darles la vida para la que han nacido", comienza diciendo esta mujer, a la que le ha pasado por encima una manada de caballos dos veces. "Queremos que la relación con ellos sea de pie a tierra, de igual a igual, hablándoles de frente y mirándolos a los ojos como a una persona; no como hace el jinete, que les habla por la nuca... Queremos que sean criaturas libres sin doma ni monta. Porque la monta y la doma son una aberración".
Y nos explica su opinión sobre las dos.
"A veces, les rompen el tabique nasal para que tengan esa zona mucho más sensible y, al tirar, frenen en seco..."
La doma: "Para montarles, hay que domarles. La doma es una forma de robarles el alma, de hacerles no-caballos; no está pensada para el animal, sino para el jinete. Les doman haciéndoles dar vueltas y vueltas en el picadero, los dejan días al sol atados a una cuerda corta... Es una dominación a base de dolor. A veces, les rompen el tabique nasal para que tengan esa zona mucho más sensible y, al tirar, frenen en seco... El bocado metálico se les mete en el paladar de tal forma que, en ocasiones, les inflama las encías, les parte la lengua...".
La monta: "Hay estudios que concluyen que, a los 25 minutos de empezar, comienzan las isquemias musculares en el dorso del animal por falta de riego. Es como si nosotros fuésemos obligados a llevar una pesada mochila con decenas de kilos a la espalda".
(...)
Si con Winston empezó todo, ahora el futuro se llama Althea, una potra que -en el momento de escribir estas líneas a finales de julio- tiene poco más de un mes, se jama hasta 22 litros de leche artificial al día, requiere de la compañía humana a todas horas para salir adelante (noches incluidas) y fue hallada a punto de morir cuando era un miserable saco de huesos desorientado y deshidratado.
"Me llamó una chica del pueblo diciéndome que se acababa de encontrar un caballo en el monte, con poco tiempo de vida, tirado contra una caseta. La potra estaba exhausta. Tendría un par de días. Iba a ser comida por los buitres. Pregunté y varios ganaderos me dijeron que la potra era suya. La gran mayoría de los caballos termina en el matadero. Es el pago que reciben por sus servicios. Cuando ya no los pueden montar, o les molestan, o el coste es demasiado alto... muchos acaban en el matadero. Althea iba a ser destinada al sector cárnico", asevera. "Cuando a esos ganaderos tan interesados les comuniqué que, solo en el primer día en que me hice cargo del animal, llevaba gastados 1.150 euros, ya no aparecieron más".
El paciente equino necesitó una transfusión de plasma para subir las defensas. Permaneció tres semanas ingresado en el Hospital Clínico Veterinario Complutense, donde la nueva factura duplicó la anterior. Fue dado de alta y transportado al santuario como si fuese una de esas cajas Muy Frágil de finísimo cristal. Hoy, por sorprendente que parezca, la cosa es literalmente como sigue: al animal hay que darle su tanque de leche con probióticos y vitamina E cada hora y media durante el día y cada tres horas durante la noche. Así que, lo mismo que si fuera un bebé que ha de tomar con regularidad suiza su biberón, hay que estar encima de Althea.
Encima o al lado, vaya. Igual que ese familiar que pernocta con el convaleciente por si necesita cualquier cosa: un fármaco, comida, conversación.
En efecto, lo estamos viendo en el habitáculo compartido: la cama para que duerma el acompañante del caballo está a la derecha; el lecho de heno donde descansa el animal está a la izquierda. Pero quién diablos puede echar un sueño con el demonio de Tasmania de compañero de dormitorio.
"Tengo que marcarle mucho, como hacen las yeguas con sus hijos", cuenta Dolores. "A veces quiere comer tierra y no hay que dejarle. Cosas así. Es imposible dormir con ella. Es como tener trillizos malos. A veces quiere pegarte. A veces se te quiere subir encima en la cama. O te da mordisquitos... El caso es no estarse quieta".
"Llevo dos días durmiendo con ella. Bueno, durmiendo, durmiendo... ¡No he dormido nada! Es como un bebé, pero en caballo".
Solo hay que ver la cara que trae Carmen Buenavista, una voluntaria sevillana de 37 años que ha pasado esta noche con la potra, para saber que todo lo anterior es cierto: nada más elocuente que ese bostezo, nada más sincero que esas gafas de sol.
"Llevo dos días durmiendo con ella. Bueno, durmiendo, durmiendo... ¡No he dormido nada! Es como un bebé, pero en caballo".
Carmen estudió diez años en el conservatorio y es una virtuosa del violín. Trabajó un tiempo en el mundo de la música y, después -tras pasar por un momento vital complejo que no viene al caso-, decidió darle un vuelco a su vida.
Y qué vuelco, oiga. "A las siete y media estás en pie. Estás todo el día haciendo cosas. La comida, la limpieza... No hay nada de glamuroso", sonríe.
Todo lo ha ido viendo desde allí arriba El Abuelo, ese imponente roble que preside el prado de la finca principal.
Vio llegar a Briana, una yegua procedente de Hoyo de Pinares que llegó con las mismas carnes que una raspa de sardina. Estaba tan habituada a sobrevivir sin apenas comida que hubo que desacostumbrarla a que se comiera sus heces.
Vio llegar a Malak, que fue recogido por la policía de Arganda del Rey: se encontraba noqueado y atado a un árbol. Como no servía para nada por culpa de una artrosis feroz, había sido entregado a la muerte.
Y hoy también ve la felicidad inabarcable de David, ese joven que acaba de apadrinar a Althea y que esta mañana ha venido a ver cómo está su animal favorito.
-¿Qué te dan los caballos?
-Mucho trabajo -contesta Dolores, quien nunca se ha ido de vacaciones, y se echa a reír-. He hecho verdaderas burradas, nunca mejor dicho, para tratar de sacar esto adelante. Tengo dos hernias... Mira qué manos llevo por culpa de la artrosis y de la artritis...
Nos las muestra y no miente: parecen nudosas y retorcidas ramas de sarmiento.
-En serio, mujer.
-¿Quieres que te hable en serio de lo que me dan los caballos? Te voy a contar una historia. Un día me hice 180 kilómetros con el coche para estar diez minutos con Briana, que estaba hospitalizada. Cuando llegué y me vio, vino y me abrazó: esto es, apoyó su cabeza en mi espalda y me trajo hacia ella... Me dio la sensación de que me estaba dando las gracias. Gracias por llevarla a curar y por no haberla abandonado... Eso me dan los caballos.


