Si Noé se hubiese reencarnado en una mujer de nuestros días, ella bien podría ser Lucía Martínez. Con algunas diferencias importantes entre ambos. 1) Los escritos bíblicos hablan de que el profeta metió en el arca 16.000 animales y, en el santuario más grande de España, Lucía cuida y alimenta en torno a 300; 2) aquel hombre protagonizó el diluvio universal y aquí, en La Puebla del Río (Sevilla), no llueve ni aunque pongas a cantar a Melody; 3) la proeza de Noé termina con la suelta de una grácil paloma y el milagro de Lucía empieza con la suelta de una bestia tuerta, mutilada y medio quemada que fue rescatada a tiempo justo antes de su sacrificio.
Se llama Polvorín, es del color del melocotón, debe de rondar los 600 kilos, no se fía demasiado de los humanos y es el único caso de toro de lidia documentado -nos cuentan- que ha sido liberado por animalistas y cuyo estado de salud ha podido ser chequeado por un veterinario tras el espectáculo taurino.
"Fue seleccionado para ser el toro embolado de Medinaceli [Soria] en 2015. Solo tenía dos añitos. Es un horror que consiste en el que al pobre animal le prenden los cuernos y luego se divierten con él en el pueblo", explica. "Lo que pasó es que, al acabar el evento, el animal, que supuestamente tenía que ser devuelto para su sacrificio a su ganadería (tal y como manda la ley), no pudo ser retornado porque en el destino se detectó un brote de tuberculosis bovina", prosigue. "Polvorín se quedó así en tierra de nadie, en una explotación intermedia, y no fue transportado a destino. Supimos de su existencia en ese momento y decidimos intervenir: me hice pasar por una ganadera de lidia, les dije que quería ese toro bravo de esa raza en concreto... porque quería cruzarlo... Y coló".
Entonces, ya con ellos, el veterinario exploró detenidamente al animal. E hizo lo mismo que el médico de campaña cuando le ponen delante a un herido en el campo de batalla.
"Tenía el lomo con quemaduras muy importantes. Estaba ciego de un ojo que había sido abrasado. Le habían cortado las cuerdas vocales... Lo hacen así para que no se les oiga mugir durante las fiestas y, de esa manera, los niños no se asusten...".
Los defensores de aquel festejo presumen de que -en los prolegómenos- el toro embolado de Medinaceli es recubierto de barro para protegerlo de las quemaduras y de que el animal no sufre daño alguno. Pero, según la experiencia de Lucía, esto no es así. "Lo torturaron. Llegó totalmente traumatizado. No quería un ser humano a veinte metros... Y míralo ahora".
Levantamos la cabeza y allí está. Detrás de un cercado. Un toro que no dice ni mu.
Estamos en el santuario de animales La Candela, el más grande de España, un total de 80 hectáreas de jara y pino cosidas al Parque de Doñana.
"Con los animales he aprendido a respetar los espacios y los tiempos. Todos los animales te enseñan eso... Solo que hay que tener los ojos abiertos"
Si Noé buscaba la perfección y la pureza de los animales en su arca, Lucía -quien es trabajadora social, estudia Psicología y vive en el santuario que fundó hace ya 16 años- propende a lo contrario. Su debilidad: los animales que no quiere ni dios. Los más imperfectos. Los tullidos. Los que estuvieron a punto de morir... Bienaventurados esos animales que no hay por donde cogerlos, porque aquí los cogen.
"Nuestra especialidad -dice orgullosa- son los casos extremos y delicados".
Pasemos revista.
Está Popeye, un pitbull rescatado de las peleas de perro. "Lo trajimos reventado y famélico [vemos el vídeo y es un saco de huesos cojo y lleno de heridas]. A estos perros nadie los quiere porque están catalogados como potencialmente peligrosos. Pero hoy es apto para vivir con personas y niños".
Está Goliath, un cruce de mastín que llegó hace siete años después de ser atropellado. Había sido abandonado en la carretera con la columna rota. Solo movía (y mueve) las patas delanteras. A un perro así se le suele sacrificar; en La Candela, no. "Le operamos, le tuvimos que amputar, pero hoy vive conmigo y tiene una vida muy plena... Cuando tocan los paseos largos, le pongo su silla de ruedas".
Está Mari Carmen, una cerdita rescatada de la DANA en Valencia. "Llegó con cuatro meses, la encontraron los activistas en la quinta ronda que hicieron para sacar animales que se ahogaban. Estaba en una esquina en el agua, asustada, medio muerta... Ahora es una personaja graciosísima".
Está Loki, un caballo maltratado que ha dado pie a una causa penal. "Nos dieron un aviso. Cuando llegamos encontramos a tres caballos en el suelo. En los huesos. En junio. A más de 40 grados. Iban a morir en horas. Gracias al microchip que llevaban pudimos encontrar a los dueños, que los habían vendido a unos tratantes... Dos caballos murieron en el día. Loki acaba de cumplir un año con nosotros".
Y gatos. Y burros. Y aves. Y vacas. Y hasta petauros, esos marsupiales con pinta de ardilla y con membranas para volar de árbol en árbol...
-El vídeo de Loki se hizo viral -concluye Lucía-. Nos escribió Demi Moore y todo....
-¿Y?
-Nos dio las gracias por lo que hacemos...
-¿Y qué más os dio?
-No nos hizo ninguna donación, si es lo que querías saber.
Lisbeth nació en Gante (Bélgica) y, al igual que Lucía, frisa la media treintena. Tiene una sonrisa sin domesticar. Si hay algo que tenía claro nada más acabar la carrera de Veterinaria en 2020, era que amaba locamente a las vacas -sonríe-, pero que no estaba tan loca como para trabajar en la industria.
"Busqué santuarios en mi país, pero solo los encontré de perros, gatos y cabras. Así que, como mis padres tienen casa en Vinaroz [Castellón], decidí venirme a España a buscar lo que quería... En cuanto leí que necesitaban una veterinaria aquí...".
Lucía resume mejor aquel encuentro: "...un día nos escribió esta muchacha y nos vino dios a ver".
Y desde entonces este equipo tan salvaje y tan humano, tan manso y tan animal.
Esto no es un trabajo propiamente dicho. Esto es una forma de vida. En el santuario La Candela viven seis personas en distintas cabañas que se ocupan de los animales de un modo permanente y hay un equipo de cuatro voluntarios internacionales que rotan procedentes de Japón o Estados Unidos, de Francia o México. Limpian, dan de comer, hacer acarreos de pienso, reparan cercados, vigilan, acompañan... Todo por esta Galia de Astérix de la utopía animal.
¿Los ingresos económicos? La mayoría provienen de las donaciones. En un enclave donde hay poca comida nutritiva para los rumiantes, es necesario comprar camiones y camiones de heno: los gastos mensuales ascienden a 11.000 euros.
¿Los ingresos físicos? El ayuntamiento de La Puebla del Río da 50 euros al santuario por cada ejemplar que acoge, el Seprona de la Guardia Civil les lleva todo tipo de animales decomisados, los vecinos de la comarca avisan cuando ven criaturas abandonadas.
Y aquí están Lucía o Lisbeth o el propio Pedro, que tienen un maravilloso problema: no saben decir que no.
Pedro tiene 28 años y estudió Ingeniería de la Salud. Cursaba el máster para ejercer como profesor de Secundaria, cuando vio la luz: ahora vive aquí y viene de darle de comer a Mari Carmen.
"La yegua se llamaba 'Khaleesi'. Le estuve limpiando las heridas. La desinfectaba una y otra vez. A diario. Con unas pinzas le quitaba los gusanos... Murió al mes y pico"
Porque todo es una cuestión de mirada, concluyen en La Candela.
Verlo como Pedro.
"Me di cuenta de que quería cambiar el rumbo de mi vida", confiesa él. "Con los animales he aprendido a respetar los espacios y los tiempos. Todos los animales te enseñan eso... Solo que hay que tener los ojos abiertos".
Verlo como Lisbeth.
"Porque los seguimos viendo como objetos", señala ella. "Muchas veces no se piensa tanto en lo que necesita el perro, pongamos, sino en lo que le conviene al dueño".
Verlo como Lucía.
"¿Cómo puede la gente no ver?", se pregunta. "¿Cómo puede el ser humano estar cómodo en un mundo que es injusto con otros seres vivos?".
Con unos ojos que no habían visto casi nada, llegó la veterinaria belga a esta sartén sevillana. Un poco como en La tesis de Nancy de Ramón J. Sender.
"Fue mi primera intervención. Lo más duro que he vivido. No sabía una palabra de español. Llegamos a un rescate. Allí estaban los animales. Una yeguada famélica. Algunas preñadas y en los huesos. Fíjate cómo estaban que una de ellas tenía las heridas llenas de gusanos. Se llamaba Khaleesi [como la protagonista de Juego de Tronos]. Le estuve limpiando las heridas. La desinfectaba una y otra vez. A diario. Con unas pinzas le quitaba los gusanos... Murió al mes y pico".
Un poco antes de irnos, preguntamos por un nutrido grupo de perros pequeños y nerviosos que conviven al margen, perimetrados con todo lo necesario.
"Todos los que ves estaban en la casa de una mujer fallecida en Espartinas. Eran de una señora de más de 70 años. Una profesora jubilada. No estaba bien de la cabeza, la pobre, y la enfermedad la hacía vivir así. Con más de 80 animales. Nosotros rescatamos a 26 perros. Cuando llegó la autoridad, estaban sin castrar, en muy malas condiciones, unos animales se habían medio comido a otros y también a la mujer".
Es el nombre clínico de un trastorno mental: la acumulación enfermiza de animales en una casa. Se llama síndrome de Noé.
Es bueno que las cosas tengan nombres, pero es mejor que los animales no las puedan nombrar. Que no puedan largar. Que no puedan hacer declaraciones a la prensa sin necesidad de que les corten las cuerdas vocales. Porque si estos perros hablasen...



