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Existe un inigualable santuario de 140.000 metros cuadrados de tupido robledal donde 150 animales conviven en armonía a la manera de Amanece que no es poco, aquel retablo fílmico de Cuerda donde lo imposible se hacía realidad.
Nos explicamos mejor.
Aquí hay aparcado un Tesla en el que su propietario ha metido cabras que ha llevado al veterinario o ha ido a recoger unos corderos recién paridos.
Aquí hay un suricato que nadie quería y que estuvo conviviendo un tiempo en la vivienda de nuestro protagonista, hasta que éste decidió que no era buena idea. «Suri me robaba la comida en la casa, tiraba cosas cuando trepaba por los muebles, te muerde... Es como un demonio pequeño cuando está en celo. Está mejor al aire libre».
Aquí hay una incubadora que ha sacado adelante a decenas de cachorros de perro lo mismo que los dibujaron en 101 dálmatas.
Y aquí hay también unas gallinas bien informadas, con humano sentido del humor, que cogen el sueño escuchando la radio.
-¿Perdona?
-Sí, muchos de los animales están en fincas grandes porque necesitan espacio y comida... Pero hay otros (los que pueden acabar siendo comidos por los depredadores) que tengo que guardar cercados junto a la casa. Las 80 gallinas, por ejemplo... Duermen entre estos árboles que estás viendo. Durante toda la noche les pongo el podcast Nadie sabe nada, de Buenafuente y Berto... Las voces humanas ahuyentan a los zorros.
El hombre extraordinario se llama Fran González, tiene 38 años, hace cuatro fundó en una finca de La Vera (Cáceres) el santuario de animales Dharma (150 animales de 14 especies diferentes), vive aquí con su pareja y tiene algo de Superman rural: si aquel se metía en una cabina y se enfundaba un traje con capa para salvar a los humanos, aquí es un poco al revés. El abogado y gestor administrativo se quita el traje y corbata y se pone una camiseta ajada y unos pantalones verde oliva y se lanza a salvar a los más animales.
Que se lo digan a Pancho.
«Pancho es un cerdo que le regalaron a una niña en Cádiz. El día del cumpleaños era muy pequeñito y muy mono. Pero ay cuando empezó a pasar el tiempo... Comenzó a crecer y a crecer. Así que lo abandonaron. Acabó perdido en una finca. Los vecinos se pusieron de acuerdo para alimentarlo y luego hacer la matanza con él y repartirse la carne», recuerda Fran.
«Entonces alguien se enteró y lo llevó a una perrera. Estaba enjaulado, muriéndose, cuando un grupo animalista lo rescató y se lo llevó al chalé de uno de ellos. El animal destrozó media casa. Los vecinos denunciaron. Había que buscarle un sitio», prosigue.
«Yo estaba empezando y no quería un cerdo. Pero se acercaba el día y fui a por él con el todoterreno. Puse una jaula en la parte de atrás, con los asientos abatidos. Nada más lograr meterlo en la jaula y arrancar, hizo un par de movimientos para hacerse hueco y la reventó. ¡Crac! Luego se tumbó tranquilamente... Estuvo cinco horas de viaje sin moverse atrás. Entonces pesaba unos 150 kilos. Hoy Pancho va por los 250», concluye.
-Vaya historia. ¿Y cómo lo hiciste para que estuviera tranquilo?
-Nada. También le puse el podcast de Berto y Buenafuente.
-Ah, ya.
(...)
¿Pero qué hace un hombre de leyes en mitad del ordenamiento animal? ¿Qué hace un abogado con la toga del heno y del estiércol?
Hace más de una década, nada más acabar la carrera de Derecho, Fran era un culo inquieto que empezaba a ejercer y que también apostó por montar un restaurante en Málaga. «Tenía 24 años. Iba a comprar a Mercamálaga, que estaba frente al matadero, y, mientras hacía cola, veía entrar camiones de animales. Aquello me hizo pensar».
Aquel fue el primer hito del cambio.
Otro hito: Fran ve un vídeo sobre el trabajo de Vivotecnia -un laboratorio que experimenta con animales denunciado como la casa de los horrores--y decide acudir con su novia de entonces al rescate.
Otro más: Fran ve el documental Terrícolas (un filme referencial de Shaun Monson sobre la explotación animal) y decide hacerse vegano.
«Y cada vez más, cada vez más, hasta que empecé con esto...».
Esto es Dharma, el santuario que arrancó hace cuatro años en una finca de Ciudad Real y, desde hace dos -buscando una zona con más pluviosidad-, aumenta su leyenda y su población en este robledal de Madrigal de la Vera cosido al río Tiétar.
Al principio de todo, fue Fantasma -ahí lo tienen en la fotografía-, la increíble historia de un perro Houdini que ha escapado de ser sacrificado hasta cuatro veces.
Fue el primer animal con el que compartió su proyecto de vida. Primero, en su piso. Luego, en el santuario de Ciudad Real. Ahora, en este.
Si dicen que un gato tiene siete vidas, al menos Fantasma -que se llama así porque llegó a su existencia un día de Halloween- puede decir que tiene cinco: las cuatro anteriores y ésta de ahora.
«Es un podenco campanero de ocho años. Nació con una malformación en las patas traseras. Su dueño (supongo que un cazador) no lo quería y lo tiró dentro de un chalé. El dueño de aquel chalé tampoco lo quería y lo tiró al chalé del vecino. Este acabó llamando a una protectora de Puertollano», relata. «Al cabo, le detectaron parvovirus y lo iban a eutanasiar en minutos. Una chica dijo por redes que ella se hacía cargo del tratamiento hasta que le encontrasen una familia. Y, mientras eso ocurría, me lo quedé yo en el piso».
«Una chica contactó con nosotros desde Normandía diciendo que ella se hacía cargo del animal. Allá que mandamos a Fantasma en una furgoneta gracias a un convenio entre protectoras de animales», prosigue. «Pasó un tiempo y mi novia encontró a aquella adoptante por Facebook... Había abierto una encuesta... ¡¡preguntando si tenía que eutanasiarlo o no!! Así que pedí que no lo hicieran. Y me hice cargo yo».
(...)
Todo lo que un urbanita pueda imaginar de idílico fabulando con una postal de Disney, queda en entredicho cuando se vive el inconmovible día a día en un santuario de animales.
Sol. Tierra. Polvo. Insectos. Austeridad espartana. Gallos que cantan a las dos de la madrugada y a las cuatro. Dar de comer. Y limpiar. Y curar. Un trabajo diario bestial. Vivir con menos tú para que ellos vivan más.
Lo deben de haber descubierto ya las dos jovencísimas voluntarias que han venido hace tan solo unos días a colaborar.
De los 1.500 euros de gastos mensuales que supone Dharma, el 80% lo sufraga Fran con su empleo corbatero y el 20% restante viene de las donaciones. Como para no abrir los brazos al entusiasmo del voluntariado animal.
«Ser animalista es dedicar tu vida a proteger a los animales. Sin más. Se pueden hacer un montón de cosas. Con la ropa, con los cosméticos... Yo en esta época cojo el coche lo menos posible para no atropellar bichos. Por ejemplo, a las aves, que en verano están muy torpes con el calor».
Pero amanece, que no es poco. Y las distintas criaturas se despiertan como si no fuesen conscientes de lo que tienen. Porque lo normal -ahí fuera- es que, cada una a su manera, todas estuviesen ya muertas. Amanece Pimpollo, el animal favorito de Sabela, la actual pareja de Fran: una gallina que tiene la cabeza descolgada y del revés. «Apareció en un huevo abandonado y no tenía fuerza para nacer. Con cuidado, le quitamos la cáscara y, al haber estado más tiempo del que debía dentro de huevo, se le quedó así el cuello». Si no fuera por ellos, ya habría servido para hacer caldo.
Amanece Cacao, un cordero que fue rescatado antes de que lo sacrificaran y después de que hubiesen sacrificado a su madre en la investigación de un medicamento. Si no fuera por ellos, ya habría servido de asado. «Un vecino del pueblo me colocó un perro diciéndome que me valdría para las ovejas... 'Es un perro pastor muy bueno', me dijo. Pero qué perro pastor ni qué perro pastor... No sale de casa, el tío. Y cada vez que ve un cordero, echa a correr», sonríe feliz.
Habría estado bien ver en acción a nuestro superhéroe aquella noche de luna llena. Cómo sería de necesario el rescate, que Superman ni siquiera tuvo tiempo para cambiar de ropa en la cabina.
«Era Nochevieja y fui a cenar de traje con mis suegros y mi novia de entonces. A la salida, ya de vuelta, vimos un cercado con corderitos que estaban destinados a formar parte del menú del día de Reyes... Así que no me lo pensé. Me dije: 'Vamos a indultar a un corderito'. Salté con el traje, pillé a uno, lo trajimos aquí, ahora vive en el santuario. Se llama Claus».






