La cumbre informal de los Veintisiete que ayer acogió el castillo de Alden Biesen, en Bélgica, no era solo de carácter económico. Lo que Europa está debatiendo, más allá de la competitividad, es su rumbo estratégico: qué dirección tomar para agilizar sus decisiones y convertirse en un actor geopolítico fuerte en un mundo dominado por las grandes potencias y la quiebra del multilateralismo. En ello la UE no puede perder más tiempo. La fórmula de una Europa «a dos velocidades» abanderada por Friedrich Merz junto a Giorgia Meloni, con Alemania e Italia como primeros motores del bloque, es una propuesta realista, viable y respetuosa con los valores de la Unión. Si España se queda fuera de ese espacio de toma de decisiones, el riesgo cierto es multiplicar su irrelevancia.
En un tablero marcado por la pugna EEUU-China y por la ruptura de la confianza entre los aliados -agravada por la posición de Donald Trump respecto a Ucrania y Groenlandia-, Europa no puede continuar paralizada en debates eternos, como está ocurriendo. La falta de competitividad es un diagnóstico compartido por los Veintisiete. Ahora se trata de actuar sin más demora.
Mario Draghi constató allí que la mayoría de las reformas que propuso en su informe de 2024 para frenar el declive europeo no se han puesto en práctica. El ex presidente del BCE insistió en avanzar hacia el mercado único con la unión energética y de capitales, y en lanzar un programa masivo de inversión. En este marco, el mejor camino para el refuerzo geoestratégico de la UE es el de forjar acuerdos comerciales como el de Mercosur. Pero, como advierte la primera ministra italiana, la estrategia basada en el libre comercio es radicalmente incompatible con una sobrerregulación que está debilitando a Europa.
La estabilidad interna de Merz y Meloni ha propiciado la fórmula italogermana. No se trata tanto de modificar la arquitectura institucional como de habilitar cambios en el funcionamiento político para agilizar la toma de decisiones en el seno de la UE, sorteando la exigencia de unanimidad. Con esta propuesta, el eje Berlín-Roma emerge como motor europeo ante las reticencias de Emmanuel Macron, cuyo liderazgo en Francia es débil y que acaba de dar la espalda a una decisión tan trascendental como Mercosur.
Desde la perspectiva de España, el Gobierno ha vuelto a quedarse en un segundo plano. Pedro Sánchez no fue invitado a la cumbre previa impulsada por Alemania, Italia y Bélgica, y a la que sí asistieron 19 mandatarios europeos. El hecho de que el presidente no le planteara su malestar a Meloni, mientras ante los medios el Gobierno la culpaba de su exclusión, revela que el interés de la Moncloa sigue siendo la confrontación táctica y la polarización electoralista. El precio es que España no tuvo voz en un cónclave decisivo también para nuestro futuro. La cuarta economía del euro no puede conformarse con un papel gregario en medio de una encrucijada histórica para la UE.
