Hace ya medio año, comencé una suerte de privado experimento que consiste en testar la capacidad de resistencia entre todos mis contactos de WhatsApp ante la mera visión del horror más insoportable. Para ello, decidí empezar a colgar todas y cada una de las 179 fotografías de un exhaustivo informe forense que documenta el genocidio del pueblo palestino -a razón de una imagen por día, nada más despertarme- en el estado de la aplicación de mensajería, que desaparece pasadas 24 horas.
Son fotografías hechas por el médico de urgencias y anestesista valenciano Raúl Incertis, quien no solo ha estado sobre el terreno ayudando a salvar vidas, sino que ha inventariado gráficamente el exterminio para la OMS.
Hay instantáneas, por ejemplo, donde se ve a Amal, una joven de 15 años con «amputación bilateral de ambas piernas a la altura de la inglés» provocada por una bomba israelí, horas antes de morir. Está Haitham, de dos años, «con traumatismo craneoencafélico severo», cuya cara es un amasijo negruzco y agonizante. Está Misbah, de nueve, «herida de bala en la cabeza por el ejército».
Yo cuelgo una fotito cada mañana lo mismo que una madre envía un elfo con florecillas en el grupo que comparte con los hijos: para dar los «buenos días». Cada imagen va acompañada del consiguiente diagnóstico médico: el nombre, la fecha, el tipo de herida, el motivo y el pronóstico (casi siempre infausto).
Los resultados del experimento: de los 300 contactos que se asomaron a la imagen del primer día, hubo una abogada que me insultó llamándome antisemita. A las semanas, decenas de personas se bajaron. Cada día, había una fuga nueva. Medio año después, no llega a 140 los que resisten numantinamente asomándose a diario. Los contactos que aguantan me dicen: «Es insoportable mirar, pero más insoportable sería dejar de hacerlo».
Ya solo me restan ocho imágenes del informe por colgar a diario en el estado de WhatsApp. Ya solo me restan ocho de las 179 fotos y sin embargo todo está peor que cuando se hicieron. El anestesista valenciano ha vuelto allá y me cuenta que «siguen cayendo bombas», que algunos de los hospitales donde se tomaron aquellas imágenes ya no funcionan porque sus «generadores fueron destruidos», que el agua y la leña son inencontrables. La paradoja es que acaba de comenzar el Ramadán en Gaza y decenas de miles de familias no saben si tendrán con qué romper el ayuno.
A pesar de la incesante deriva exterminacionista, es curioso ver cómo el asunto ha ido difuminándose de los medios hasta casi desaparecer. ¿Mirar o no mirar? Lo hizo el cineasta palestino Hamdan Ballal a través de su cámara en la oscarizada No Other Land y recibió una paliza de los colonos en 2025.
Decía ayer la escritora argentina Tamara Tenenbaum en este periódico: «Soy muy crítica con las posiciones sionistas, para mí ser judía significa estar en contra de las injusticias y la violencia. No creo en un judaísmo tribal donde solo nos importa lo que les pasa a otros judíos, creo en un judaísmo humanista y lo que pasa en Gaza se tiene que calificar de genocidio».

